Agroecología y comunidades empoderadas: tándem para luchar contra el cambio climático

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Hace menos de un año se firmó el acuerdo de París contra el cambio climático. Seguí de cerca las negociaciones y cuando salí de la capital francesa me sentí optimista y preocupado al mismo tiempo. Ahora los Estados tienen que hacer frente a la necesidad urgente de que se aplique dicho acuerdo, pues la crisis climática ya nos está afectando.

Para mitigar el cambio climático y adaptarnos a sus consecuencias debemos abordar urgentemente los vínculos existentes entre el clima, la agricultura y el sistema alimentario. El 16 de octubre celebraremos el Día Mundial de la Alimentación, con su mensaje fundamental: “El clima está cambiando. La alimentación y la agricultura también”. Sin embargo, resulta que la forma en la que están diseñados los sistemas alimentarios actuales agravan la crisis climática.

La industria agrícola es responsable de un enorme porcentaje de las emisiones de gases de efecto invernadero en el mundo [Nota del editor: el 30%, según cifras de 2014 publicadas por el IPCC]. Los monocultivos que dominan los actuales sistemas agrícolas no solo contribuyen a dichas emisiones, sino que hacen a la gente más vulnerable a las crisis. Además, la promoción de los sistemas de monocultivo puede provocar enormes pérdidas de cosechas cuando suceden desastres climáticos. Un círculo vicioso y mortífero.

Asimismo, la industria agrícola está debilitando en muchos sentidos el tejido de las comunidades rurales. Una comunidad sólida es uno de los prerrequisitos para poder adaptarse y reaccionar ante el cambio climático. El sector agrícola convencional no garantiza el derecho a la alimentación de mucha gente, pues en realidad satisface las necesidades de los mercados mundiales. Además, limita el acceso de la gente y de los pequeños agricultores a los cultivos, lo que constituye un obstáculo a su autonomía.

Aunque el modelo de la industria agrícola puede producir un gran volumen de alimentos, está claro que más comida no significa necesariamente menos hambre. El hambre debe resolverse garantizando que los agricultores puedan acceder a recursos como la tierra y las semillas, así como a los mercados.

Recientemente, la CIDSE (Cooperación Internacional para el Desarrollo y la Solidaridad), una alianza internacional formada por organizaciones católicas de cooperación que colaboran en pro de la justicia global, reunió a agricultores y organizaciones en un taller para determinar las experiencias de los agricultores de todo el mundo sobre el terreno. Los testimonios revelaron que numerosas iniciativas locales en el ámbito de la alimentación están consiguiendo unos resultados increíbles con un apoyo mucho menor que la agricultura convencional.

Entre las iniciativas se encuentran: la revitalización de terrenos improductivos, el desarrollo de nuevos cultivos más resistentes y adaptables, el fortalecimiento de nuestra relación con la naturaleza y con nuestros vecinos, la creación de empleos de calidad y el uso creativo y eficiente de espacios urbanos.

Estos ejemplos y los principios de la agroecología sobre los que se sustentan representan la mejor opción para el avance de nuestros sistemas de alimentación, y en general de nuestras sociedades, mientras nos enfrentamos al cambio climático. Las prácticas agroecológicas basadas en la cultura local, la diversificación, el respeto a la naturaleza y el fortalecimiento de las comunidades aumenta la capacidad para luchar contra el cambio climático, lo cual ya se ha demostrado con resultados muy tangibles.

La agroecología no solo consiste en cambiar las prácticas agrícolas. También promueve cambios sociales, fomenta comunidades más unidas y crea espacios para cuestionar obstáculos como los valores patriarcales. En muchas comunidades en las que se adoptaron enfoques agroecológicos surgieron oportunidades para que las mujeres se reunieran, lograran unos derechos a la propiedad de la tierra más igualitarios, compartieran conocimientos y crearan una red de apoyo más estrecha.

 

¿Climáticamente inteligentes?

Sé que urge un cambio drástico, pero también soy consciente de las numerosas soluciones falsas que se están impulsando y que no debemos apoyar aunque sintamos la necesidad de actuar.

En septiembre se celebró el segundo aniversario de la Alianza Global para una Agricultura Climáticamente Inteligente (GACSA). Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO): “La agricultura climáticamente inteligente promueve sistemas de producción que incrementan de forma sostenible la productividad, desarrollan resiliencia al cambio climático (adaptación), reducen y/o eliminan las emisiones de gases de efecto invernadero (mitigación) y contribuyen a la consecución de los objetivos del desarrollo y de la seguridad alimentaria nacional”. Aunque puede sonar prometedor, en la CIDSE creemos que plantea graves problemas.

No define claramente lo que es o no ‘climáticamente inteligente’, no incluye garantías sociales ni medioambientales y no promueve la rendición de cuentas para garantizar que las empresas que invierten en agricultura climáticamente inteligente reduzcan su huella ecológica. Además, la agricultura climáticamente inteligente desvía la atención de las prácticas que ya existen y funcionan en los pueblos.

Inspirándome en la encíclica papal Laudato Si, creo que todos los retos a los que nos enfrentamos están interconectados y que no podemos plantear soluciones que no tengan en cuenta el bienestar general de la gente. El prerrequisito para las futuras estrategias que aborden la crisis climática y alimentaria debería ser un sistema social justo, en el que todos los miembros de la comunidad puedan prosperar.

En este sentido, el cambio climático nos está ayudando a entender dichos vínculos; está revelando que hay algo que no funciona para el planeta y sus habitantes y está sacando a la luz el problema de la justicia social. Por tanto, cambiar los sistemas de alimentación no es solo una cuestión técnica; también se trata de una lucha de poder. Para promover las soluciones de las comunidades rurales debemos otorgarles el poder para seguir usando, desarrollando y ampliando estas iniciativas.

Sin embargo, la situación general no parece muy esperanzadora. Poco después del anuncio de la fusión de DuPont-Dow y Syngenta-ChemChina, la reciente fusión de Monsanto y Bayer completa el cuadro de un sector agroindustrial cada vez más consolidado, con tres empresas que dominan el mercado de las semillas y los pesticidas. Entre los problemas que puede crear se encuentra el aumento del poder de presión de dichas empresas para promover enfoques como el de la ‘agricultura climáticamente inteligente’ y definir los términos con arreglo a sus propios intereses.

Como explicó en nuestro taller George Dixon, de la Federación Internacional de Movimientos de Adultos Rurales Católicos: “En muchas regiones del mundo los gobiernos no escuchan a los agricultores. Pero cuando las empresas hablan de la agricultura climáticamente inteligente, ¡los gobiernos escuchan!”.

A pesar de este sombrío panorama, debemos depositar nuestra esperanza en las soluciones de las comunidades rurales como vanguardia de la lucha contra el cambio climático. Debemos apoyarlas, pues sabemos que constituyen la base para un mundo justo, un mundo preparado para reaccionar y adaptarse a los mayores retos.