Brote de cólera en Haití: es hora de asumir alguna responsabilidad

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A principios de este año, el pueblo haitiano y sus aliados conmemoraron el quinto aniversario del horrible terremoto que sacudió el país en 2010. El mes pasado se cumplió el quinto aniversario del terrible brote de cólera que se produjo después.

La mayoría ha oído hablar del terremoto. Sin embargo, el cólera fue peor.

No meramente por la pérdida de vidas, aunque la epidemia se cobrara 9.000 vidas y afectara a una de cada 15 personas en el país. El cólera fue peor porque constituyó una tragedia de derechos humanos.

Mientras que el terremoto fue un desastre natural, aunque agravado por las generaciones de explotación internacional, la epidemia de cólera fue un fenómeno provocado totalmente por el ser humano. Esto demuestra que la nación más poderosa del mundo —Estados Unidos— y su organización internacional más respetada —las Naciones Unidas— no tienen intención de tratar a los ciudadanos haitianos como seres humanos de pleno derecho que merecen disfrutar de los derechos más básicos.

El cólera es una forma terrible de morir. El bacilo vibrio cholerae llega hasta las fuentes de abastecimiento de agua a través de heces infectadas. Sus víctimas padecen diarrea que tanto los expertos como las víctimas describen como “explosiva”. Si no se trata rápidamente, el cólera puede causar la muerte en cuestión de horas.

Gracias a los sistemas modernos de tratamiento del agua, el cólera es una enfermedad prácticamente desconocida en la mayor parte del mundo. En Estados Unidos, los médicos y los expertos en salud pública lo describen como una enfermedad del siglo XIX.

Sin embargo, la mayoría de los haitianos vive sin acceso a ningún tipo de agua tratada y utiliza el agua de los ríos para beber y bañarse. No existen sistemas de alcantarillado municipales, por lo que las enfermedades transmitidas por el agua se propagan rápidamente. Cuando una organización internacional elaboró un índice de pobreza del agua de 147 países, Haití aparecía en el último puesto.

Es decir, la infraestructura de Haití se ha quedado estancada en el siglo XIX y está sumamente expuesta a las enfermedades del siglo XIX.

No tenía por qué ser así. En 1998, el gobierno haitiano obtuvo 54 millones de dólares estadounidenses en préstamos del Banco Interamericano de Desarrollo, dinero que se iba a destinar a efectuar mejoras muy necesarias en el sistema de abastecimiento de agua del país. Sin embargo, el gobierno de George W. Bush, indignado por el gobierno haitiano de izquierdas dirigido entonces por el Presidente Jean-Bertrand Aristide, bloqueó los préstamos. “Es razonable trazar una línea directa entre la anulación de estos préstamos y la epidemia que surgió”, dice el Dr. Evan Lyon, de la oficina en Haití de Partners in Health.

Así que cuando el bacilo del cólera fue introducido en el sistema de abastecimiento de agua haitiano este mismo mes hace cinco años, no existía nada para evitar que arrasara el país con una velocidad y unas consecuencias devastadoras.

 

¿Quién tiene la culpa?

Pero, ¿qué, o quién, trajo el cólera a Haití en primer lugar? Haití siempre ha sido víctima de infortunios, pero el maltrecho país no había registrado ningún caso de cólera en el último siglo.

El origen del brote resultó no ser un gran misterio.

En el afluente Meille del río Artibonite en la región central de Haití, se encuentra un campamento en el que se alojan soldados de la ONU a unos cientos de metros de las casas de las primeras víctimas de cólera. Incluso antes del brote, los residentes locales se habían quejado de que la ONU había vertido aguas residuales en el río.

Periodistas que visitaron el campamento en los días posteriores al inicio del brote de cólera vieron un tanque de aguas residuales que desbordaba y un líquido oscuro fétido que caía desde una tubería al río. El área estaba envuelta por un hedor penetrante.

En el campamento se alojaban tropas de Nepal, enviadas a Haití de un área en el valle de Katmandú donde se había producido un brote reciente de cólera. La ONU, a pesar de ser totalmente consciente de la vulnerabilidad de Haití a las enfermedades transmitidas por el agua, no siguió los protocolos de detección de la enfermedad en las tropas. El análisis posterior del bacilo del cólera haitiano confirmó que coincidía con la cepa de Nepal. Un estudio de la ONU también reconoció que el saneamiento del campamento era “descuidado” y que los soldados no habían sido sometidos adecuadamente a pruebas de detección.

Es imposible imaginar que la ONU se comportaría con tanta imprudencia en un país en el que respete los derechos de sus ciudadanos o al menos tema al sistema judicial.

El fundamento de los derechos humanos y del estado de derecho es la rendición de cuentas, especialmente cuando un individuo u organización poderoso ha perjudicado a aquellos que no pueden protegerse. Vale la pena tomar un momento para reflexionar sobre cuál habría sido la respuesta si una catástrofe similar hubiera ocurrido en un lugar en el que las personas disfrutan de derechos humanos básicos.

¿Qué habría ocurrido si una organización, privada o pública, hubiera introducido una toxina en las vías fluviales de la ciudad de Nueva York que se hubiera cobrado la vida de 9.000 personas? Habría sido el caso de salud pública más denunciado y litigado de la historia. Las disculpas se apilarían. Los responsables serían despedidos inmediatamente. Se dictarían autos de procesamiento. Se pagarían miles de millones de dólares en indemnizaciones.

No en Haití.

Primero, la ONU negó claramente su responsabilidad y después dijo que no era productivo hablar del origen del brote. Las quejas presentadas por las víctimas contra la ONU fueron selladas con el desdén burocrático de “no admisible”. En cuanto a quién era responsable, la portavoz de la ONU en Haití dijo: “Desde nuestro punto de vista, no importa realmente”.

Se había transmitido el mensaje a la población de Haití: la comunidad internacional se había cagado literalmente en ellos y a la comunidad internacional le gustaría que dejaran de quejarse.

La razón aducida por la ONU para resistirse a cualquier conversación sobre la responsabilidad del brote de cólera fue el deseo de centrarse en prevenir brotes en el futuro. Prometía un proyecto de infraestructura para agua y saneamiento, así como un plan de suministro de vacunas.

Para los haitianos era una respuesta familiar. Su país se considera desde hace mucho tiempo como un objetivo ideal para la caridad; hay tantos esfuerzos sin ánimo de lucro desconectados esparcidos por todo el país que los haitianos se refieren irónicamente a sí mismos como una “nación de ONG”.

No obstante, la caridad es deficiente como sustituto de la justicia, como se demostró después del brote de cólera: hasta la fecha, el plan anunciado a bombo y platillo por el Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, en 2012 ha obtenido menos de un quinto de los fondos necesarios.

 

Inmunidad absoluta

Las víctimas haitianas del cólera han presentado sus denuncias contra la ONU ante un tribunal federal en Estados Unidos. Miles de activistas internacionales de derechos humanos, el grupo de legisladores negros e incluso antiguos funcionarios de la ONU han apoyado su causa. Yo mismo firmé una nota de apoyo en nombre de mi clínica de la facultad de derecho.

Por desgracia, para rematar la situación provocada por Estados Unidos con el bloqueo de los préstamos de Haití para el sistema de abastecimiento de agua, el gobierno de Obama se ha involucrado en el pleito para defender a la ONU. El gobierno de EE.UU. ha argumentado que la ONU tiene inmunidad absoluta en cuanto a la responsabilidad por la devastación causada por sus prácticas imprudentes de saneamiento. El juez de un tribunal de distrito de EE.UU. se mostró de acuerdo y ordenó que se desestimara el caso. Se ha presentado un recurso y el Tribunal de Apelación del Segundo Circuito de EE.UU. está reexaminando el caso en estos momentos.

La ironía es ineludible: El máximo impulsor del mundo de la rendición de cuentas y el estado de derecho ha adoptado la postura de “¿Quién? ¿Yo?” de una empresa tabacalera en la década de los cincuenta.

Aunque esta respuesta sea demoledora para el pueblo de Haití, puede ser todavía peor para el futuro de los derechos humanos en todo el mundo.

Tras su renuncia cobarde a la justicia en Haití, ¿cómo podemos tomarnos en serio los llamamientos de la ONU para que se hagan cumplir las leyes relativas a los derechos humanos? La promoción de los derechos humanos por parte de la ONU internacionales después del brote de cólera puede convertirse en algo tan fútil como los llamamientos de EE.UU. para un debido proceso internacional después de Guantánamo.

Como el Colectivo haitiano de movilización para la indemnización a las víctimas del cólera ha preguntado: “¿Qué derecho moral tiene ahora la ONU para hablar de derechos humanos o democracia en Haití o cualquier otra parte?”

Cinco años después de que fallecieran 9.000 personas y enfermaran cientos de miles, no se ha pagado ni un centavo de indemnización. No se ha disciplinado a nadie. Nadie ha admitido ni siquiera su responsabilidad. Ya sea por medio de una orden judicial o de movilización política, ya va siendo hora de que la comunidad internacional ofrezca una respuesta justa a la población haitiana mediante la indemnización total a las víctimas y la construcción rápida de un sistema moderno de tratamiento del agua.

Los terremotos no se pueden evitar, las tragedias en materia de derechos humanos sí.

 

Este artículo ha sido traducido del inglés.

Este artículo es una publicación conjunta de The Nation y Foreign Policy In Focus, y se vuelve a publicar aquí con el permiso de la Agence Global.