De abejas y de seres humanos: el destino de las polinizadoras vinculado más que nunca a la agricultura

Las abejas no están desapareciendo en todo el mundo, y su extinción no necesariamente amenazaría toda la agricultura. Sin embargo, poner coto a estas creencias alarmistas nos permite comprender mejor lo que revelan las pérdidas sin precedentes que padecen los apicultores en algunas regiones del mundo, y los graves peligros que representan los profundos cambios en los sistemas agrícolas.

Desde los primeros rayos de sol que anuncian la primavera, las abejas melíferas (Apis mellifera) ya se encuentran manos a la obra. Distinta de otras abejas sociales o solitarias, esta especie, originaria de una extensa región que abarca Europa, el Oriente Próximo y África, ha sido domesticada en todo el planeta, y ahora existen numerosas variedades locales.

Apiñadas en racimos, las abejas forrajeras han pasado los períodos más fríos del invierno en su colmena, contando únicamente con sus reservas de miel. Es en esta época en la que el apicultor hace sus primeras incursiones a la colmena... y descubre la hecatombe.

“Cuando empecé, tenía un 5% de pérdidas invernales. ¡Hoy tengo un 30%!”, exclama Bernard Tiron, quien trabaja desde hace treinta y cinco años en Valgaudemar, una región situada en los Alpes franceses.

Desde la década de los años 1980, la mortalidad de las abejas se ha disparado en la mayoría de las regiones templadas del mundo: Europa, Japón, América del Sur, América del Norte. En Canadá, por ejemplo, un autor se preocupa por su país: “Las tasas actuales en torno al 25% son excepcionales, y serían catastróficas desde el punto de vista económico si persistieran a mediano plazo”.

“Vistas las condiciones actuales, si tuviera que iniciar mis actividades en la apicultura, no lo haría”, asegura Tiron, al tiempo que enumera las dificultades que se han sucedido, una tras otra: “Ya no se ven flores en los prados, los cortan antes de la floración para poder hacer dos cortes de heno y dar de comer hierba verde a las vacas para que den el máximo de leche. Los setos también están desapareciendo”.

Un ecosistema alterado

Algo anda mal en los campos a los que se dirigen las abejas en busca de alimento: “las variedades de colza o girasol que se cultivan actualmente dan menos néctar”, afirma.

“En el caso de la lavanda, la floración duraba entre tres semanas y un mes, ahora solo ocho días. La recolección de flores comenzaba antes, y no todas las plantaciones se cosechaban en un corto período de tiempo. Antes se cortaba a mano, con una hoz, las abejas tenían tiempo de alimentarse y escapar cuando llegaban los campesinos. ¡Ahora las máquinas aspiran por igual flores y abejas forrajeras!", elabora.

Las propias abejas parecen afectadas, concluye Tiron: “Las colonias están menos pobladas y las reinas mueren más pronto. Yo tenía colmenas que producían con la misma reina durante tres o cuatro años. Hoy, cuando una reina vive dos años, es algo extraordinario”.

Las razones de esta degradación son múltiples, aunque todas están relacionadas con la intensificación de la presión sobre el ecosistema con fines comerciales.

En primer lugar tenemos el varroa, un ácaro que ha infestado la mayoría de las colonias. Se reproduce en la cría (huevos, larvas y ninfas) y se alimenta de la hemolinfa (la “sangre” de los invertebrados).

Este ectoparásito de una especie asiática se transmitió a las abejas melíferas europeas en la década de los años 1950, cuando se introdujeron en el este de Asia, y se extendió rápidamente siguiendo las rutas del comercio mundial de mercancías. Estos últimos años, se ha observado a un depredador que sigue las mismas rutas y que ya está planteando dificultades a los apicultores: el avispón asiático.

A estas consecuencias de la globalización se añaden los efectos de los pesticidas. Como es bien sabido desde que se inició la larga lucha por el reconocimiento de los peligros carcinogénicos del tabaco, la carga de la prueba resulta sumamente “pesada”, incluso para los científicos, cuando se trata de productos comercializados a gran escala por empresas multinacionales.

No obstante, varios estudios convergen para resaltar el impacto del uso de neonicotinoides. Un estudio reciente muestra que triplicarían la mortalidad de las abejas silvestres, y otro, establece un vínculo entre las colonias de abejas melíferas en dificultades y una disminución de la viabilidad de los espermatozoides de los falsos abejorros.

Cada vez menos apicultores

El número de colmenas se ha reducido a la mitad en Estados Unidos y a un tercio en Europa desde la década de los años 1960. Y aun cuando su número se ha estabilizado en torno a los 17 millones en Europa y 2,6 millones en Estados Unidos, últimamente el que disminuye año tras año es el número de apicultores.

Es así como las granjas restantes tienen más colmenas, más gastos y más trabajo. Hoy día, el tema de la reproducción tiene prioridad sobre el de la producción de miel y a menudo les exige comprar enjambres de apicultores especializados en la cría de abejas.

Italia se ha convertido en un importante proveedor de enjambres en Europa, al igual que Nueva Zelanda, que los exporta por avión a Canadá (35 toneladas en 2015). Los apicultores también deben criar abejas reinas, o procurárselas con criadores profesionales, para reemplazar las reinas de las colmenas poco dinámicas y acelerar la producción de colonias.

Salvo en algunas regiones apartadas, la apicultura ya no forma parte de una economía recolectora; desde hace mucho tiempo se ha integrado en un proceso de explotación y transformación del entorno natural.

Karl von Frisch, el etólogo que descifró el lenguaje de las abejas, ya lo explicaba en 1963: “Los apicultores están acostumbrados a sustraer tanta miel de sus colonias que las provisiones que dejan a las abejas ya no les son suficientes para el invierno. Es por eso que, en otoño, le dan a cada una entre dos y cinco kilos de azúcar diluida en agua, lo que conviene muy bien a las abejas y resulta muy beneficioso para el apicultor, ya que el valor de la miel es mucho mayor que el del azúcar”.

Las virtudes de la alimentación con azúcar recomendadas por von Frisch son objeto de discusión. Sin embargo, si bien los hay que tratan de reducir este método al mínimo, la mayoría de los apicultores buscan el mejor tipo de jarabe que pueden usar, cuando no se trata del más barato.

La lucha contra el varroa también implica uno o dos tratamientos por año, ya sea con acaricidas sintéticos tales como el amitraz, o con ácido oxálico, ácido fórmico o aceites esenciales.

En Europa y América del Norte, la apicultura es cada vez menos una actividad complementaria y cada vez más una ocupación a tiempo completo, con la consiguiente dependencia económica. Los apicultores en estas dos regiones se enfrentan a los mismos dilemas y dificultades que el resto de los agricultores: insumos, costos de instalación, tratamientos sanitarios, métodos de producción, ingresos, etc.

No cabe duda de que son los mejor situados para darse cuenta de los efectos nocivos de ciertas prácticas de sus compañeros agricultores. Sin embargo, encuentran limitaciones similares y recurren a los mismos circuitos globalizados de mercancías. Así, el plástico para alimentos está empezando a reemplazar la importación de madera entre los proveedores de equipos apícolas, el azúcar proviene principalmente de Brasil, y las mismas grandes fábricas químicas chinas fabrican el amitraz –para luchar contra el varroa– y el imidacloprid –el pesticida neonicotinoide que desea prohibirse en nombre de las abejas–.

El contraejemplo de Australia y las zonas tropicales

La mayoría de los apicultores de las zonas templadas experimentan más o menos las mismas dificultades. Pero no ocurre lo mismo en todas partes, especialmente en Australia, donde se ha introducido la variedad de abejas melíferas europeas. Gracias a una estricta política de control de aduanas para las especies animales y vegetales, el varroa no ha infestado las colmenas del país.

Además, las abejas conservan en esa región amplios espacios naturales. El resultado es que los apicultores no registran pérdidas excepcionales, al tiempo que los enjambres vuelven al estado salvaje y colonizan ciertas zonas, hasta el punto de que ahora se considera a las abejas una especie invasora. En algunos parques protegidos, los programas de erradicación están diseñados para luchar contra la competencia que hacen, a través de sus opciones de anidación, a las especies autóctonas.

En el resto del mundo, el número de colmenas se ha más que duplicado durante los últimos cincuenta años, por lo que ahora se cuentan 83 millones de colmenas en todo el mundo, en relación con los 49 millones en 1961.

Aun cuando el ritmo de destrucción de los espacios silvestres no aminora, la agricultura industrial intensiva aún no se ha extendido de forma tan generalizada en detrimento de los hábitats naturales en el África subsahariana y la América tropical como ha ocurrido en las zonas templadas.

Además, las variedades de abejas melíferas de África tropical son más resistentes a los ácaros varroa y pueden migrar cuando el entorno se vuelve desfavorable. Es así como una de estas variedades (Apis mellifera scutelatta) se introdujo accidentalmente en la América tropical, donde se desarrolló tanto como en su región de origen, sustituyendo así las variedades europeas introducidas durante la época colonial.

En estas regiones también abundan las colonias salvajes. En Sudáfrica, por ejemplo, en una zona menos favorable que los bosques europeos para las abejas melíferas, y desprovista de actividad apícola, se registraron densidades de 12,4 a 17,6 colonias por kilómetro cuadrado. El mismo estudio mostró que Alemania, donde la apicultura está muy extendida, tenía densidades de 2,4 a 3,2 colonias por kilómetro cuadrado, lo que corresponde a la densidad de colmenas explotadas por apicultores y a la densidad media en Europa.

En cambio, en algunas regiones de Estados Unidos, especialmente California, casi han desaparecido las colonias de abejas salvajes. Parece casi seguro que las únicas abejas melíferas que quedan se han sometido a un proceso de domesticación y dependen por completo del cuidado de los seres humanos.

Su desaparición como especie silvestre en por lo menos gran parte de las regiones templadas, y su transformación en animales de granja, incapaces de sobrevivir sin la intervención humana, dice mucho sobre la pérdida de biodiversidad causada por el desarrollo y la industrialización de la agricultura intensiva. Lo mismo podría ocurrir en los trópicos, donde la destrucción de los espacios naturales continúa a un ritmo sin precedentes.