El aceite de oliva, “el oro verde de Palestina”, se exporta ya con la etiqueta de comercio justo y ecológico

El aceite de oliva, “el oro verde de Palestina”, se exporta ya con la etiqueta de comercio justo y ecológico

Palestinian farmer Mohammad Zen Aldin owns 500 olive trees in the Jenin region, north of the West Bank. He now sells most of his crop to a fair trade cooperative that enables him to earn a higher income from his olives. 15 August 2017.

(Mathilde Dorcadie)

Cuando Nasser Abufarha habla del aceite de oliva palestino no escatima elogios e historias sobre este producto al que se atribuyen tantas virtudes desde hace generaciones. Recibe a los visitantes en los inmensos y flamantes locales de Canaan Fair Trade, la cooperativa y compañía exportadora que fundó en 2004.

A pocos kilómetros de Jénine, una ciudad al norte de Cisjordania, se encuentra la sede de la empresa de este palestino, literalmente rodeada de olivares.

El olivo, omnipresente, ancestral y majestuoso, suele asociarse al símbolo de la paz y, en este territorio en conflicto, se ha erigido, además, en sinónimo de resistencia. Desde hace generaciones es costumbre que las familias posean al menos unos árboles y produzcan su propio aceite para consumo diario. No hay plato de cocina sin este manjar tan mediterráneo. Es muy frecuente que la primera comida del día consista en un simple trozo de pan mojado en aceite con especias.

“En esta región lo consumimos desde hace 5.000 años. Es la primera fuente de grasa de nuestra alimentación, indispensable para nuestras células cerebrales. Cada hogar se asegura de contar con su reserva para el año siguiente. A lo largo del tiempo ha habido dos alimentos básicos: la harina y el aceite. Hoy, la harina se encuentra en el supermercado. Pero las familias siguen produciendo su propio aceite con las aceitunas que dan sus olivos”, explica Nasser Abufarha.

Cuando llega la época de cosecha, el Gobierno sigue concediendo un día festivo en la escuela para que escolares y estudiantes puedan echar una mano en los campos.

En el mes de octubre, la prensa de Salim y Fouad Al-Rantisi bulle de intensa actividad, como el resto de los 270 molinos que hay repartidos en Cisjordania. Su familia extrae el preciado líquido desde hace más de un siglo; primero en Lod, su ciudad de origen, que hoy forma parte de Israel y, desde 1948, en Ramala, donde se refugió la familia.

Los habitantes de la región vienen a su molino a extraer el aceite de sus aceitunas, que después transportarán de regreso a casa en bidones, que guardarán cuidadosamente al fresco, en una cueva o un antiguo pozo.

El aceite de oliva es, de lejos, el principal producto agrícola de los territorios palestinos, donde también se cultivan dátiles y verduras.

Sin embargo, a pesar de su experiencia milenaria y de la consecuente producción —24.000 toneladas anuales— de la que viven 100.000 familias, el aceite de oliva sólo se vendía hasta ahora en el mercado local. Hasta hace poco, la producción de aceite de oliva palestino era demasiado artesanal y descentralizada y no estaba estructurada para llegar a los consumidores extranjeros.

Apoyar la tradición y la identidad palestinas

Después de haber estudiado Antropología en Estados Unidos, Nasser Abufahra se interesó por la situación de los pequeños agricultores de su país natal.

Empezó creando una cooperativa para mejorar los ingresos de los productores, proponiéndoles precios más equitativos. “Se dejaban engañar en los precios y les ofrecimos un precio de compra por litro dos veces superior”, explica Nasser. En 2005, la cooperativa contaba sólo con 13 pueblos afiliados. En 2017, ya son 55 en todo el norte de Cisjordania, es decir, una red de 200 pequeños agricultores.

“Se trata de una iniciativa de empoderamiento social de los pequeños agricultores. Tanto desde el punto de vista económico, para ayudarles a ser más competitivos y a desarrollarse, como político, apoyando la tradición y la identidad palestinas”.

“También defendemos la diversidad agrícola frente al modelo productivista de los aceites españoles, italianos o israelíes”.

Canaan reivindica ser la primera marca de aceite de oliva de comercio justo del mundo.

Una etiqueta que se aplica fácilmente en este país, donde la estructura socioeconómica unida al contexto político, han dado como resultado que sólo haya pequeñas explotaciones —con una media de entre 500 y 700 árboles— y no existan grandes terratenientes, debido a la estrechez del territorio, fragmentado y muy limitado por la ocupación militar.

Mohammad Zen Aldin es uno de los cooperativistas. Su familia cultiva desde hace generaciones los terrenos que rodean el pueblo de Al-Yamoun. En su pequeña parcela bien cuidada, situada entre la mezquita y la cercana frontera de Israel, sus almendros y olivos cohabitan gracias a la técnica de los cultivos asociados propia de la permacultura. Tambien produce verduras, frijoles y lentejas.

Desde que se asoció a Canaan, hace siete años, afirma vivir mejor, gracias a su mayor remuneración. “Estoy expandiendo y desarrollando mi explotación”, anuncia con orgullo.

La ocupación, fuente de dificultades

Lo único que le preocupa a día de hoy es el suministro de agua. Desde los Acuerdos de Oslo, las autoridades israelíes controlan el acceso a este recurso. Los agricultores palestinos deben solicitar una autorización para poder cavar un pozo, pero en contadas ocasiones las conceden. Dependen de las cuotas y los precios fijados por Israel y denuncian sufrir cortes de suministro regularmente.

“Si no tuviera que comprar el agua tan cara sería perfecto. Por falta de agua se me han secado almendros este año y he perdido dinero” cuenta a Equal Times.

Además de los problemas ligados al agua, los productores de aceite se enfrentan a la destrucción de sus árboles. Desde 1967 el olivo está en el meollo del conflicto israelo-palestino, profundamente enraizado en el conflicto territorial.

Talados por orden militar, quemados o envenenados por colonos extremistas, en los últimos 50 años se han destruido cerca de 800.000 olivos, según estimaciones de la Autoridad Palestina.

En algunas regiones los agricultores han visto cómo sus tierras eran divididas por la barrera de separación de Cisjordania, por una ruta militar o el acceso a una colonia. Sólo pueden llegar a ellas escoltados por el Ejército, lo cual complica su día a día.

En el periodo de cosecha suele haber tensiones, sobre todo cuando los campos se encuentran cerca de las colonias. El Ejército israelí suele estar presente para evitar enfrentamientos, aunque no siempre logran impedirlos. Cuando atacan los árboles o las cosechas, pocos son los agricultores que lo denuncian, por desaliento.

“Cuando atacan los árboles supone una tragedia para el propietario, que los ha cuidado como si fueran sus hijos”, explica Nasser, “pero a escala nacional, replantamos a buen ritmo. Se estima que hay un número estable de entre siete y ocho millones de olivos en Cisjordania, plantados en aproximadamente el 50% de las tierras agrícolas”.

A pesar de los factores siempre imprevisibles de la irrigación o de la pérdida de parte de la cosecha, los productores esperan que el año 2017 sea bueno.

En abril, Palestina entró como miembro permanente del Consejo Oleícola Internacional (COI), una admisión pospuesta desde hace tiempo por razones políticas, ya que el COI es una organizacion de las Naciones Unidas.

Gracias a los intercambios de competencias entre los demás miembros de la organización, que reúne a productores y consumidores, el Ministerio de Agricultura palestino espera aumentar las exportaciones en los próximos años.

En 2015 se exportaron unas 6.500 toneladas, es decir, un cuarto de la producción, a los países del Golfo y, cada vez más, hacia Gran Bretaña y Estados Unidos, como sucede con la producción de Canaan.

Nasser Abufahra considera que lo que diferencia al aceite palestino de sus competidores es su naturaleza ecológica y el desarrollo sostenible.

“El olivo es un árbol extremadamente resistente, que puede llegar a vivir 4000 años. Aquí se encuentra en su lugar de origen. Está armonía con la tierra gracias a siglos de adaptación y no necesita ser tratado con productos químicos” asegura. “¡El aceite de oliva es, por naturaleza, un producto ecológico!”.

Este hombre, que además ha publicado escritos etnográficos sobre el pueblo palestino, concluye: “El desarrollo sostenible es, en definitiva, una noción que se aplica aquí de forma natural porque, en cierto modo, está anclado en nuestra tradición. La gente de aquí trabaja, desde siempre, con sus manos y su corazón.

This story has been translated from French.