El excesivo o inadecuado consumo de antibióticos que mata a niños en Malí

El excesivo o inadecuado consumo de antibióticos que mata a niños en Malí

Un pabellón del hospital de Koutiala, perteneciente a la unidad pediátrica gestionada por MSF, acoge a niños portadores de bacterias resistentes. Se trata de una medida adoptada para limitar su propagación y transmisión.

(Morgane Pellennec)

Junto a una de las doce camas del pabellón destinado al aislamiento de niños afectados por bacterias multirresistentes se encuentra, angustiada, la madre de Abdoulaye, un niño de tres años y medio que recibe asistencia respiratoria y está entre la vida y la muerte. Hace varios días, el niño fue admitido en el hospital de Koutiala, la cuarta ciudad más poblada de Malí, situada a 300 kilómetros de Bamako. Le tratan los doctores de Médicos Sin Fronteras (MSF), organización que gestiona la unidad pediátrica desde 2009.

Abdoulaye sufre una infección por la bacteria intestinal Escherichia coli, que normalmente se puede curar con bastante facilidad. Pero la que afecta a Abdoulaye es multirresistente. Debido al tratamiento antibiótico que le administraron sus padres, la bacteria mutó y desarrolló genes de resistencia a los medicamentos. “Le hemos prescrito un tratamiento que es nuestro último recurso”, explica la doctora Flora Kuate, que trabaja para MSF desde hace tres meses. “Si su bacteria desarrolla un nuevo tipo de resistencia que la hace insensible a este medicamento, no nos quedará ninguna otra opción”.

Abdoulaye es víctima de la resistencia a los antibióticos, es decir, la capacidad de las bacterias de resistir a los antibióticos. Es un fenómeno que causa estragos en todo el mundo en grados diferentes y que afecta tanto a niños como a adultos; además, sus causas son complejas. Principalmente, el consumo excesivo de antibióticos –a veces debido a la ingesta de carne tratada con antibióticos o de agua contaminada por este tipo de medicamentos– y el hecho de no respetar las posologías y la duración del tratamiento propician la aparición de cepas resistentes.

Posteriormente, la falta de higiene y de control de las infecciones puede favorecer su propagación. Mientras que las bacterias siempre se han “adaptado”, el desarrollo de nuevos antibióticos se ha estancado. La doctora Kuate expone el riesgo que plantea esta amenaza. “Si dejamos de disponer de medicamentos para tratar las infecciones bacterianas, volveremos a la era previa a los antibióticos, cuando nos moríamos de infecciones benignas”.

Demasiados antibióticos sin receta

En 2014, MSF abrió un laboratorio bacteriológico en el hospital de Koutiala que colabora con la unidad pediátrica. El objetivo es mejorar los diagnósticos de las patologías que padecen los niños para proponerles un tratamiento adaptado. En uno de los pequeños edificios que forman el complejo hospitalario, siete técnicos llevan a cabo tareas minuciosas rodeados de incubadoras, microscopios y congeladores: lectura de los medios de cultivo, trasplante de cepas, incubación, etc.

Son operaciones que permiten aislar las bacterias, identificarlas y encontrar el antibiótico adecuado para combatirlas. Durante los tres últimos meses, el laboratorio ha registrado 53 casos de niños con bacterias multirresistentes. Más de la mitad ha muerto. En 2016, el laboratorio instauró un conteo preciso del porcentaje de bacterias multirresistentes descubiertas en la totalidad de sus análisis, el cual asciende a alrededor de 20% cada año.

Según los especialistas de MSF, la mejora del diagnóstico efectuado por el laboratorio es una herramienta esencial, pero no es suficiente. Los esfuerzos se deben concentrar, sobre todo, en la toma de antibióticos. Los médicos que los recetan automáticamente, los enfermos que los toman sin receta y el consumo de medicamentos demasiado potentes o no adecuados dificultan la tarea.

A tan solo unos kilómetros del hospital, las “farmacias” se suceden en el suelo del mercado. Son puestos construidos con trozos de madera, sujetos los unos a los otros con clavos, donde las cajas de antiinflamatorios, analgésicos y antibióticos están ligeramente protegidas del sol sofocante por un toldo de plástico.

“La gente viene cuando tiene dolor de tripa o heridas”, explica Moussa, el propietario de una de estas farmacias improvisadas. “Los medicamentos vienen de Bamako; no sé si son buenos o no, en cualquier caso su venta me permite mantener a mi familia”. A unos cientos de metros, una farmacia, esta vez “oficial”, también vende antibióticos sin receta.

700.000 fallecimientos al año

Sin estudios a gran escala, es difícil evaluar la magnitud del fenómeno a nivel nacional, pero el doctor Ibrehima Guindo dice estar “preocupado”. Es el responsable del programa de resistencia a los antimicrobianos del Instituto nacional de investigación sobre salud pública (INRSP, pos sus siglas en francés), con sede en Bamako. “El hecho de que los profesionales clínicos acudan a nosotros con casos complicados, el fracaso de los tratamientos y los datos rutinarios nos han alertado y nos han hecho tomar conciencia del fenómeno”, resume.

“Solo disponemos de datos puntuales, pero una cosa está clara: reducir el consumo de antibióticos es una prioridad”. A finales de 2017, el INRSP y el Ministerio de Salud decidieron poner en marcha un plan nacional que prevé, entre otras cosas, revisar la ley que rige la venta de medicamentos. El INRSP también instaló cinco laboratorios de bacteriología en algunos hospitales con el fin de recopilar datos precisos.

El instituto desea participar en el programa GLASS, un sistema mundial de vigilancia de la resistencia a los antibióticos que, en 2017, reunía a 42 países. La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo puso en marcha en 2015 a raíz de la adopción ese mismo año del Plan de acción mundial sobre la resistencia a los antimicrobianos.

Actualmente, la resistencia a los antibióticos causa 700.000 defunciones por año, una cifra que podría alcanzar 10 millones en 2050. Ante este problema sanitario en todos los ámbitos de intervención, MSF comenzó a desarrollar en 2016 un “mini” laboratorio bacteriológico a través de su fundación.

El Mini-Lab se concibió con la idea de ser transportado y utilizado en los países de recursos limitados y en situaciones de emergencia.

“El Mini-Lab es un sistema que preconiza la racionalidad”, resume Jean-Baptiste Ronat, responsable científico y técnico de Mini-Lab. “El objetivo es adaptar las técnicas, los equipos de laboratorio y los manuales de funcionamiento para desarrollar un laboratorio ‘todo en uno’, que pueda ser utilizado por personas que no sean expertas. En los países en vías de desarrollo, los técnicos de laboratorio a menudo no reciben una formación en bacteriología”. En 2019 se pondrá a prueba un prototipo en un país que la ONG todavía no quiere desvelar.

El lanzamiento debería producirse en junio de 2020. “Solo somos la punta del iceberg”, recuerda Jean-Baptiste Ronat. “Al igual que en la lucha contra el cambio climático, en la batalla contra la resistencia a los antibióticos deben estar implicadas todas las esferas de la sociedad. Sin embargo, es difícil sensibilizar a la población sobre un fenómeno invisible, sobre todo cuando la población a veces tiene otras prioridades, como encontrar comida. Mi temor es que, como en la fábula de la rana en la cacerola [sumergida en agua hirviendo sale de un salto, pero sumergida en agua fría que se lleva a ebullición progresivamente, se acostumbra y muere], la gente no se da cuenta de la gravedad de la situación hasta que es demasiado tarde”.

Este artículo ha sido traducido del francés.