¿El legado de Ariel Sharon? Guerra, racismo y expansionismo

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Ariel Sharon, uno de los personajes más icónicos y polémicos de Israel, falleció sábado 11 enero 2014, tras ocho años en coma.

Su larga y accidentada carrera como soldado y político giró principalmente en torno a un solo asunto: el conflicto entre Israel y sus vecinos árabes.

Como soldado estuvo implicado en los episodios más amargos de este conflicto.

Políticamente se le conocía como “el bulldozer”, debido a su desprecio por sus contrincantes políticos y a su firmeza para aplicar medidas.

Mientras ocupaba diversos cargos ministeriales fue uno de los principales responsables de la construcción de asentamientos judíos en tierras palestinas ocupadas.

Sin excepción alguna, dichos asentamientos son ilegales y constituyen el principal obstáculo para lograr la paz. Sharon era un personaje con muchos defectos, famoso por su megalomanía, brutalidad, falsedad y corrupción.

A pesar de estos defectos, ocupa un lugar especial en los anales de la historia israelí.

Cinco primeros ministros han ejercido una fuerte influencia en la determinación del curso de la historia del Estado de Israel.

David Ben Gurion, el fundador del Estado, firmó los acuerdos del armisticio de 1949, donde se incluyeron las únicas fronteras reconocidas a nivel internacional que ha tenido Israel en toda su historia.

Tras la rotunda victoria militar en la guerra de junio de 1967, su sucesor, Levi Eshkol, fue el responsable de la expansión de estas fronteras y de la subsiguiente transformación de la osada y pequeña democracia en un brutal imperio colonial.

Menachem Begin fue el primer líder que firmó un tratado de paz con un Estado árabe. Devolvió hasta el último centímetro cuadrado de la península del Sinaí ocupada a cambio de un tratado de paz con Egipto, sentando así un precedente.

Isaac Rabin fue el primer líder israelí que se aproximó a los palestinos en el frente político. Lo dejó claro en septiembre de 1993 al firmar el acuerdo de Oslo con el presidente de la OLP y cerrar el histórico compromiso entre las dos naciones con el famoso apretón de manos en el jardín de la Casa Blanca.

El quinto personaje destacado en la historia del Estado de Israel fue Ariel Sharon, un agresivo expansionista.

Su principal objetivo al llegar al poder en 2001 consistía en eliminar la solución de los dos Estados y fijar unilateralmente las fronteras del Gran Israel.

Cuando entró en coma cinco años más tarde, ya había recorrido parte del camino para lograr dicho objetivo.

Sin embargo, su victoria a corto plazo redujo enormemente las perspectivas de un acuerdo negociado con los palestinos.

Por tanto, el legado de Sharon es tan polémico como su vida.

 

“Fuerza en lugar de diplomacia”

Sharon siempre fue un ferviente nacionalista judío, partidario convencido de la línea dura y despiadado derechista radical.

Al tratar con los árabes, también demostró una preferencia sistemática por la fuerza en lugar de la diplomacia.

Invirtiendo la famosa máxima de Clausewitz, consideraba a la diplomacia como la continuación de la guerra por otros medios.

El título que eligió para su autobiografía le resume muy bien en dos palabras: El guerrero.

Como el Coriolano de Shakespeare, era en esencia una máquina de guerra.

Sus críticos le describían como un profesional del “sionismo bélico” y una perversión del ideal sionista del judío fuerte, justo y audaz.

 Para los palestinos, Sharon representaba el rostro frío, cruel y militarista de la ocupación sionista.

Como ministro de Defensa dirigió la invasión israelí de Líbano en 1982, una guerra llena de engaños que no consiguió materializar ninguno de sus grandiosos objetivos geopolíticos.

Una comisión de investigación concluyó que Sharon fue el responsable de no evitar la masacre de refugiados palestinos llevada a cabo por falangistas cristianos en los campos de refugiados de Sabra y Chatila en Beirut.

Este veredicto lo llevaba grabado en la frente, como la marca de Caín.

Pero, ¿quién podía prever que el hombre que fue declarado incapacitado para ser ministro de defensa regresaría como primer ministro?

Durante la campaña electoral de 2001, Sharon intentó reinventarse como un defensor de la paz.

Sus asesores de imagen cultivaron la idea de que su avanzada edad venía acompañada de una transformación personal: de soldado sanguinario a verdadero defensor y partidario de la paz.

El presidente estadounidense George W. Bush le describió en una ocasión como “un hombre de paz”.

Durante los últimos cuarenta años, el conflicto árabe-israelí ha sido mi principal campo de investigación.

En todos esos años no he encontrado ni una sola prueba que respaldara esta idea.

Sharon era un ferviente partidario de la guerra que odiaba a los árabes y demostró ser un entusiasta defensor de la doctrina del conflicto permanente.

Opinaba que los palestinos eran “asesinos y traicioneros” y no creía que el conflicto se pudiera resolver a través de medios diplomáticos.

Por tanto, tras su ascenso al poder siguió siendo lo que siempre había sido: el defensor de las soluciones violentas.

Baruch Kimmerling, el sociólogo israelí, acuñó un nuevo término para describir el programa político de Sharon: politicidio.

Es decir, denegar a los palestinos cualquier tipo de existencia política independiente en Palestina.

 

Terrorismo

La lógica predominante durante el mandato de Sharon fue la de “la guerra contra el terrorismo”.

En ella se encontraba como pez en el agua, convirtiendo la lucha contra los grupos militantes palestinos como Hamás y la Yihad Islámica en la principal prioridad de su gobierno.

Tras los atentados del 11 de septiembre en Estados Unidos, Sharon fue el primer líder mundial en subirse al carro de la “guerra mundial contra el terrorismo”.

El mensaje que transmitió a los neoconservadores estadounidenses fue que ambos estaban en el mismo bando: ellos luchaban contra el terrorismo en todo el mundo mientras él lo hacía en su propio patio trasero.

Según él, la Autoridad Palestina (el gobierno del Estado palestino embrionario) era una organización terrorista. Por tanto, propuso que se la tratara como debía tratarse a los terroristas: con mano dura.

A los responsables de la elaboración de políticas estadounidenses les convenció este argumento, por lo que dejaron a los palestinos a merced del general Sharon.

Entre 2001 y 2006 no se celebró ninguna negociación de paz. Resulta muy revelador que Sharon considerara esto como algo de lo que sentirse orgulloso.

Según su punto de vista, las negociaciones implicaban forzosamente compromisos y, por consiguiente, las evitaba como a la peste.

Por eso mismo también rechazó todos los planes internacionales de paz que tuvieran como objetivo la solución de los dos Estados.

Uno de ellos fue la iniciativa de paz árabe de 2002, que ofrecía a Israel la paz y normalización con los 22 miembros de la Liga Árabe a cambio de aceptar un Estado palestino independiente en Cisjordania y Gaza con Jerusalén Este como capital y una solución justa para el problema de los refugiados.

Otro fue la Hoja de Ruta del Cuarteto de 2003, que planteaba la creación de un Estado palestino junto a Israel para finales de 2005.

El momento decisivo del mandato de Sharon fue la puesta en marcha de la “operación Escudo Defensivo” en marzo de 2002, en represalia por un atentado suicida perpetrado por Hamás que provocó un gran número de víctimas.

Sharon ordenó al ejército israelí que reocupara las grandes ciudades palestinas de Cisjordania que el segundo acuerdo de Oslo había puesto bajo el control de la Autoridad Palestina.

En cierto modo, esta operación de nombre engañoso fue una repetición de la primera guerra de Líbano.

La operación fue dirigida contra el pueblo palestino; se basó en la misma noción de que todos los palestinos son terroristas y en la misma negación de sus derechos nacionales; empleó la misma estrategia de una fuerza militar aplastante y despiadada; y demostró el mismo desprecio cruel por la opinión pública, el derecho internacional, las resoluciones de la ONU y las normas del comportamiento civilizado.

La verdadera agenda de Sharon era más ofensiva que defensiva. Consistía en volver al pasado; erradicar todos los vestigios de los acuerdos de Oslo; provocar dolor y sufrimiento a los palestinos; y acabar con todas sus esperanzas de lograr la libertad y un Estado propio.

 

“El unilateralista por excelencia”

Sharon era el unilateralista por excelencia. Su objetivo primordial consistía en modificar unilateralmente las fronteras de Israel, incorporando grandes extensiones de territorios ocupados.

La primera fase consistió en construir en Cisjordania la llamada valla de seguridad que los palestinos llaman el muro del apartheid.

La Corte Internacional de Justicia condenó este muro calificándolo de ilegal. Es tres veces más largo que la frontera anterior a 1967 y su finalidad primordial no es la seguridad, sino la apropiación de tierras.

Puede que las vallas ayuden a mejorar el trato entre los miembros de una vecindad, pero no cuando se erigen en el jardín del vecino.

La segunda fase consistió en la retirada unilateral de Gaza en agosto de 2005. Para ello, se tuvo que sacar a 8.000 judíos de sus comunidades y desmantelar 22 asentamientos, un giro sorprendente para un hombre al que solían llamar el padrino de los colonos.

La retirada de Gaza se presentó al mundo como una contribución a la Hoja de Ruta del Cuarteto, pero en realidad no era nada parecido.

La Hoja de Ruta pedía negociaciones entre ambas partes para la creación de un Estado palestino independiente. Sharon se negó a negociar.

Su retirada unilateral se diseñó para congelar el proceso político, impidiendo así la creación de un Estado palestino y manteniendo el statu quo geopolítico en Cisjordania.

Sin embargo, fue al mismo tiempo una medida trascendental que le granjeó numerosos enemigos en el ala más derechista de su propio partido y en la comunidad de los colonos.

El término jurídico “indiferencia depravada” se refiere a conductas tan crueles, insensibles, imprudentes e insuficientes en un sentido moral de la palabra, tan reprobables y con tal falta de respeto por las vidas de los otros como para justificar la responsabilidad penal.

Sharon personifica este tipo de indiferencia en su relación con los palestinos.

La propaganda sionista repite hasta la saciedad el eslogan: “nuestras manos están extendidas hacia la paz”.

Sin embargo, la mano de Sharon siempre estuvo cerrada en un puño para hacer la guerra.

Hacia el final de su vida activa abandonó el partido Likud para crear el partido de centro Kadima, aunque este no consiguió sobrevivir a su fallecimiento.

Hoy en día solo cuenta con dos escaños en la Knesset (parlamento) de 120 diputados. Por tanto, su intento de última hora de provocar un realineamiento de la política israelí ha acabado siendo un fracaso total.

Su legado más perdurable ha consistido en otorgar poderes y alentar a algunos de los elementos más racistas, xenófobos, expansionistas e intransigentes del cada vez más disfuncional sistema político israelí.

 

Este artículo se publicó por primera vez en openDemocracy. Asimismo, se publicó una versión más reducida en The Guardian.