El pueblo sudanés, en perpetua lucha por su libertad, necesita ahora solidaridad

El pueblo sudanés, en perpetua lucha por su libertad, necesita ahora solidaridad

Sudanese protesters chant slogans during an anti-government demonstration in Khartoum on 6 January 2019.

(AFP)

Sudan está solo en su lucha. La reacción del Gobierno ante las protestas en todo el país ha sido brutal. Las manifestaciones se iniciaron el 19 de diciembre y continúan cobrando fuerza e intensidad un mes más tarde. Hasta la fecha la intervención de las fuerzas de seguridad ha ocasionado al menos 40 muertos, aunque probablemente sean muchos más. Cientos de manifestantes fueron golpeados y heridos de gravedad. Hay miles de detenidos.

Como siempre, las cifras ocultan el coste humano real de la violencia estatal. Tan solo en un día en la capital Jartum, un estudiante universitario, El Fatih Nimeir, recibió un disparo mortal en la cabeza; Babakir Abdelhamid, un médico que había venido tratando a los manifestantes heridos en su domicilio, al parecer fue ejecutado; Mauwia Khalil, otro médico que también atendía a los heridos, fue abatido cuando intentó aproximarse a la policía con las manos en alto.

Cada una de estas historias, que se repiten casi a diario en Sudán, un país en el que la población se rebela contra 30 años de opresión, constituye una tragedia que exige que se le preste atención.

Sin embargo, la respuesta fuera de Sudán ha sido contenida. La prensa internacional se mostró más bien discreta, y las reacciones gubernamentales fueron temperadas. Esto hizo que algunos apuntasen a los intereses de las potencias occidentales por mantener a Omar al-Bashir en el poder, ya sea porque sirve a sus propios objetivos de frenar la migración o para mantener una base para su personal militar, en el caso de Estados Unidos. Otros señalan que países vecinos como Egipto tienen también sus propias políticas represivas.

Es muy poco probable que las débiles manifestaciones de ‘preocupación’ por parte de esas potencias vayan a ser consideradas por al-Bashir como un anticipo de cualquier acción real, y efectivamente, no pretenden serlo. Así pues, ¿a quién puede acudir la población sudanesa?

Posiblemente a nadie. Los sudaneses están ya acostumbrados a luchar solos. El éxito de los levantamientos populares en 1964 y 1985 demuestra que la población tiene el poder de derrocar a los Gobiernos. Por otro lado, la amplitud y la duración de las actuales protestas están demostrando que el régimen de al-Bashir no ha sido capaz de debilitar la vitalidad de la resistencia.

No obstante, la lucha se está cobrando un precio muy elevado y no muestra señales de remitir. El Estado continúa encarcelando a líderes políticos y activistas y emplea una fuerza mortífera a voluntad. Luchar solos tiene un precio.

Escasa solidaridad internacional

Gastar energía en atraer la atención de Gobiernos extranjeros egoístas resulta una opción tan poco adecuada como continuar solos, pero debería haber otras posibilidades. Específicamente, opciones derivadas de la promesa de una solidaridad radical que atraviesa fronteras y deja de lado a los Gobiernos, a favor de un apoyo ciudadano más amplio. Opciones que se apoyan en la solidaridad africana, la solidaridad negra, la solidaridad feminista, la solidaridad obrera, y tantas otras. Se podría sacar partido de todas esas fuerzas políticas en Sudán, aunque hacerlo al parecer requeriría tales proezas de imaginación política que enseguida parecen idealistas.

La aparente escasa solidaridad internacional con Sudán no se debe a una falta de compromiso político respecto a cuestiones similares en otros lugares del mundo. Especialmente en el caso de África. El levantamiento en Sudán puede clasificarse libremente junto con toda una serie de protestas que Adam Branch y Zachariah Mampilly denominan la ‘tercera oleada’, en el libro Africa Uprising publicado por African Arguments.

Estas movilizaciones han desestabilizado regímenes africanos bien afianzados desde los inicios del Siglo XXI. En respuesta a la represión política y la corrupción, las desigualdades nacionales y mundiales, y el papel a menudo insidioso de actores occidentales apoyando a Gobiernos parásitos, estos movimientos de protesta tienen considerables elementos en común, pese a derivar de historias y contextos muy diferentes.

Hoy en día, por ejemplo, podemos constatar una dinámica similar entre lo que ocurre en Sudán y la situación vivida en otros países del continente, desde Uganda en el este, a Zimbabue en el sur, o Togo en el oeste.

Algunos movimientos contra el poder establecido también están adquiriendo una energía renovada fuera de África, que también resuena en el caso de Sudán. En Francia, los "chalecos amarillos" se han convertido en un símbolo particularmente visible de los llamamientos reclamando un cambio fundamental en toda Europa. Entre tanto, en EEUU, Black Lives Matter ha venido tomando fuerza desde 2014, para que se preste mayor atención al número de hombres, mujeres y niños afroamericanos que ha matado la policía. Esta cuestión encuentra claramente eco en la lucha común en Sudán: las fotos compartidas en Facebook y WhatsApp de jóvenes y hombres asesinados por las fuerzas de seguridad sudanesas nos recuerdan las fotos de Trayvon Martin, Michael Brown, Alton Sterling.

Los movimientos feministas en todo el mundo también han venido intensificándose, con acciones como #MarketMarch en Nigeria, protestas contra el trato político y social hacia las mujeres en Kenya, o la campaña internacional #MeToo. Este mismo mes, en la India, cinco millones de mujeres formaron una cadena humana de 620 kilómetros apoyando medidas a favor de la igualdad de género. Una vez más, la conexión entre estas luchas y los levantamientos en Sudán resulta evidente de inmediato. Vídeos de mujeres marchando, cantando y reclamando la caída de al-Bashir vienen a recordar que este régimen ha sido particularmente brutal hacia las mujeres –especialmente las mujeres racializadas, migrantes y provenientes de entornos económicamente pobres.

El caso de Noura Hussein, inicialmente condenada a muerte el año pasado por apuñalar al hombre con el que había sido obligada a casarse y que la violó, es simplemente el caso que más publicidad ha recibido entre otros muchos similares. Una vez más, existen semejanzas perturbadoras en muchos otros países donde la ley no protege a las víctimas de agresiones sexuales, incluyendo EEUU, donde mujeres como Cyntoia Brown se enfrentan a sufrir todo el peso del sistema carcelario estadounidense por defenderse de la violencia de género.

“Ignorar la necesidad de una lucha transnacional no es una opción”

No es una sorpresa que existan puntos en común entre distintos movimientos por la justicia y la libertad. Muchas de las fuerzas en juego aquí son globales y están interconectadas. La violencia del imperialismo no sólo ha causado estragos en todo el mundo, sino que queda reflejada en las políticas de explotación de la mano de obra y la penalización de comunidades vulnerables en sus países de origen. La misma lógica del capitalismo internacional que ha devastado naciones en el Sur global ha venido destruyendo sindicatos e incrementando los niveles de precariedad laboral en el Norte. Incluso el funcionamiento del patriarcado, a menudo desestimado como un fenómeno exclusivamente ‘cultural’, está entrelazado con la racionalidad jerárquica del capital y el imperio.

Esto no significa que las situaciones sean idénticas en todo el mundo o que a menudo distintos contextos no alteren fundamentalmente el significado de la lucha, sus desafíos y posibilidades. Los “ecos” de dolor compartido a través de las fronteras y los océanos muchas veces solo son eso. Ignorar las diferencias e intentar luchar “por” en lugar de luchar “con” otras poblaciones oprimidas, ha llevado a fracasos y a que muchos terminasen por abandonar esa aproximación. Estamos familiarizados, por ejemplo, con las críticas hacia intentos como el de la feminista Kate Millet durante su viaje a Irán, cuando el concepto de ‘hermandad mundial de mujeres’ ignoró las necesidades de muchas de las mujeres que se suponía estaba defendiendo.

La solidaridad puede resultar difícil incluso dentro de las propias fronteras. En Sudán, por ejemplo, las historias de marginación y violencia contra regiones con poblaciones predominantemente racializadas como Darfur y las Montañas de Nuba abrieron brechas entre el centro y la periferia que requerirán puentes cuidadosamente construidos. Sin embargo, no mostrar solidaridad por miedo a un traspié es mantener una posición privilegiada.

La solidaridad es siempre un proceso más que una condición. Sus muchos fracasos previos implican que cualquier nuevo intento requiere mucha imaginación política, pero ¿qué mejor momento para sacar partido de esa imaginación que durante un levantamiento, cuando la posibilidad de algo mejor aporta la fuerza necesaria para resistir la violenta opresión?

Para aquellos que no somos sudaneses o que vivimos lejos de Sudán, puede parecer que los levantamientos quedan fuera de nuestro alcance. Pero algunas de las herramientas necesarias para practicar la solidaridad están en nuestra mano. Los activistas corren enormes riesgos compartiendo la información ampliamente y de manera instantánea en las redes sociales; los esfuerzos de los Gobiernos por restringir el acceso a Internet demuestran que se toman muy en serio esta amenaza. Podemos empezar por aprovechar la oportunidad que nos brinda esta información para prestar mayor atención a las cuestiones que nos conectan, comprender mejor las historias que las conforman, y empezar a imaginar soluciones transnacionales que no dependan de paquetes de ayuda con motivaciones políticas.

La naturaleza interconectada del mundo implica que ignorar la necesidad de una lucha transnacional no puede ser una opción. El éxito a largo plazo de los levantamientos en Sudán dependerá, en parte, de la situación mundial. Por otro lado, los resultados de las protestas sudanesas tendrán a su vez repercusiones globales, cuya extensión aún es incalculable. Como mínimo, se superarán los límites de lo posible, ya sea para los movimientos de liberación como para los opresores. Reconocer esto debería ser suficiente para convencernos de que, aunque Sudán siga luchando en solitario, no deberíamos permitir que así fuera.