En la multimillonaria industria musical surcoreana, la explotación laboral es la norma

En la multimillonaria industria musical surcoreana, la explotación laboral es la norma

Members of South Korean K-pop music band Wanna One pose for photos on the red carpet of the Mnet Asian Music Awards (MAMA) in Hong Kong, 1 December 2017.

(AP/Kin Cheung)

La música coreana es sinónimo de glamorosas estrellas del K-pop, género musical originario de Corea. ¿Quién no conoce a PSY, Big Bang, Girls’ Generation o Super Junior? Sin embargo, son pocos los afortunados que pueden ganar decenas de miles de dólares o más por prestación. En realidad, aquellos representan una ínfima parte de la industria musical de Corea del Sur.

El año pasado, el músico indie Lee Lang fue noticia por haber vendido su trofeo al público justo después de recibirlo en los premios Korean Music Awards.

“En enero mis ingresos ascendieron a 420.000 wones (alrededor de 370 USD)”, afirmó, antes de iniciar la subasta. “No solamente por la venta de mi música, sino por todas mis actividades. Afortunadamente, gané 960.000 wones (840 USD) en febrero. Es difícil ganarse la vida como artista. Sería fantástico si hubiera premios en metálico para este galardón, pero no es así, por lo tanto, me parece que tendré que vender este trofeo”.

Es alarmante el número de artistas musicales de Corea del Sur a los que no se les paga por su trabajo. Lamentablemente, esta injusticia es habitual en el medio artístico. Los intérpretes y compositores a menudo se quejan de que no existe una ley, ni ningún tipo de contrato ni tarifa media en la industria de la música. La explotación laboral es la norma.

Kim Hyeong-seob, el baterista de la banda indie Another Day, lo sabe perfectamente. “Cuando mi antigua banda fue invitada a un evento cultural hace dos años, un empleado de la empresa organizadora dijo que nos pagarían 300.000 wones (menos de 270 USD)”. Después de la presentación, el promotor cambió sus condiciones y dijo a la banda que no les pagaría nada. Kim afirma que este es el tipo de prácticas que prevalecen en la industria de la música.

No es raro que los músicos trabajen sin saber cuánto se les va a pagar. En Mule, una comunidad en línea para los artistas de la música, todos los días aparecen mensajes buscando artistas para tocar en diversos eventos. Muy pocas de esas ofertas de trabajo indican el importe de la remuneración. Algunos mensajes llegan incluso a pedir “talento caritativo”, lo que significa que no será remunerado.

“Hasta los contratos verbales son raros”, denuncia Esssin, cantante indie y responsable del equipo de educación y política del sindicato de músicos Korea Musicians’ Union, creado en 2013. “Cuando los artistas preguntan cuál es la tarifa antes de una prestación, los organizadores suelen responder: ‘¿Cómo te atreves a pedir dinero? Deberías estar agradecido solamente de subir al escenario’”.

Este tipo de abusos no afecta únicamente a los músicos independientes, muchos de los cuales tocan y se dan a conocer en Hongdae, un bullicioso barrio de estudiantes en Seúl y centro del talento musical.

“A menos que seas el músico ‘hot’ del momento, este tipo de humillación es frecuente”, subraya Esssin. “Los profesores de música e incluso los cantantes conocidos a veces son objeto de estos abusos”, afirma.

Un antiguo miembro de una banda juvenil de K-pop, que desea conservar el anonimato, está totalmente de acuerdo. “Los cantantes no conocidos, que suelen pertenecer a agencias de entretenimiento más pequeñas, son los más vulnerables dentro del sistema de la producción musical. Mi grupo de K-pop se vio prácticamente forzado a cantar gratis para nuestro sello y organizadores de eventos. Muchas veces tuvimos que tocar sin recibir ningún tipo de remuneración, únicamente con la esperanza del día en el que alcanzaríamos la fama”.

El trozo más pequeño del pastel

Aun cuando la música de un artista adquiere suficiente popularidad como para generar ingresos, su situación financiera no siempre mejora. Cuando la música se distribuye a través de páginas de streaming, a los artistas acaba tocándoles el trocito más pequeño del pastel de los beneficios.

Según el Ministerio de Cultura, Deportes y Turismo del país asiático, un consumidor paga una media de 14 wones (1,2 centavos de dólar) por escuchar una canción en un sitio de distribución de música. Sin embargo, según la Bareun Music Cooperative, una agrupación que busca mejorar la distribución de los beneficios para los músicos, muchos sitios ofrecen un servicio de tarifa plana mensual (para obtener una transmisión ilimitada), que reduce el precio que paga el usuario a la mitad, es decir, 7 wones por canción. De estos 7 wones generados, los compositores y escritores reciben el 10%. Los cantantes e instrumentistas obtienen un 6%. El 40% va a la compañía que distribuye la música en su sitio web y el 44% a la que produce la música.

Una conocida broma entre los músicos de la industria lo dice todo: “Si podemos comprar cigarrillos con los beneficios de una canción, hemos hecho un buen trabajo. Si podemos comprar pollo frito, hemos tenido éxito”.

El origen de esta práctica de explotación puede ser en parte cultural. Yun Jong-su, gerente del sello independiente Bunker Buster, señala que existe la expectativa social según la cual los artistas no deben pedir dinero. “Es una percepción corriente. La gente cree que los artistas supuestamente han de pasar hambre al ejercer su profesión, y que a pesar de ser pobres deben trabajar con pasión. Esta percepción agrava la situación de los músicos, que deben permanecer en silencio a pesar de no ser retribuidos por su trabajo”, concluye Yun.

La publicidad sobre la música gratuita empeora la situación. Por ejemplo, en febrero de 2015, Milk, una aplicación de transmisión lanzada por Samsung Electronics en 2014, utilizó el siguiente lema en su página de Facebook para atraer a los consumidores: “¿Todavía pagas por escuchar música?”.

Algunos artistas señalan que no existe nada semejante a un salario mínimo en la industria musical. “La ley de salario mínimo no se aplica al negocio de la música”, explica Choi Hyeon-min, líder de la banda M020.

“El poder y la fama son los que mandan en esta industria”, añade. “Por ejemplo, si un cantante famoso desea interpretar la canción de un compositor novel, este compositor suele verse obligado a ceder la canción de forma gratuita. Ha llegado a ocurrir que ni siquiera los derechos de autor se registren con el nombre del compositor; y existen casos en los que la persona que presenta a un compositor novel a un cantante famoso le roba el copyright [de la canción]. Además, no existe una tarifa estándar para una prestación. Depende de la decisión unilateral de los organizadores del evento”.

Esta ausencia de tarifas estándar se observa incluso en los festivales financiados por el Gobierno.

Los organizadores del Festival Chimac (palabra híbrida que significa pollo frito y cerveza) 2017, celebrado en Daegu, provocaron la indignación popular al anunciar que a cada músico se le pagarían solamente 20.000 wones (alrededor de 18 USD), un importe que ni siquiera cubría el trayecto de ida en tren bala para viajar de Seúl a Daegu por persona.

Para colmo, el festival había conseguido un presupuesto de 780 millones de wones (alrededor de 685.000 USD) gracias al patrocinio del Gobierno de Daegu y de muchos otros organismos públicos, incluyendo el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Asuntos Rurales. El presupuesto del festival, comparado con la escasa retribución concedida a los músicos, escandalizó aún más a la población.

Miedo a hablar

La mayoría de los artistas de la música no oponen resistencia abiertamente. Temen ser conocidos como “rebeldes” y perder valiosas oportunidades de creación e interpretación. “Las empresas que detentan el poder de producir música y organizar festivales generalmente explotan a los artistas. Los artistas renuncian a hacer valer sus derechos y se limitan simplemente a seguir trabajando”, denuncia Esssin.

“Interpretar significa hacer una promesa al público. Supongamos que recibimos solamente el 20% de la tarifa que se nos ofreció originalmente. No por eso podemos interpretar nuestra música solo al 20%. Tenemos que darnos al 100 por 100 por el público. Algunas empresas explotan esta realidad para comprar el trabajo de los músicos a un precio ínfimo”, comenta una intérprete que ganó popularidad a través de YouTube y AfreecaTV, un sitio de transmisión en línea de Corea del Sur, y que pidió guardar el anonimato porque temía que el hecho de criticar abiertamente a la industria de la música arruinara su carrera.

“La única forma posible de obtener beneficios es presentarse uno mismo en línea. Atrae publicidad y ayuda a hacer crecer tu propia marca como artista musical”, asegura.

La legislación raramente ayuda. No es fácil para los artistas obtener apoyo a través de la ley de bienestar del artista, que entró en vigor en 2011 tras la muerte de Choi Go-eun. Esta galardonada guionista fue encontrada muerta ese mismo año en su departamento con una nota no enviada a su vecino pidiéndole arroz y kimchi, plato típico coreano. Enferma de pancreatitis e hipertiroidismo, había muerto de hambre.

Según esta ley, para que un músico pueda obtener el apoyo del Gobierno debe presentar una lista de los álbumes realizados en los tres últimos años y demostrar que su ingreso anual supera 1.200.000 wones (alrededor de 1.100 USD) o 3.600.000 wones por tres años (alrededor de 3.200 USD). Se supone que este ingreso mínimo demuestra que una persona puede ejercer como músico profesional.

“Teniendo en cuenta que la producción de un álbum requiere mucho tiempo, esta ley no refleja la realidad en absoluto”, asegura Yun Jong-su en Bunker Buster.

El 19 de septiembre de 2017, el Sindicato de Músicos de Corea, participó en una pequeña protesta en la plaza Gwanghwamun, en el centro de Seúl, organizada por el sindicato de trabajadores de la cultura y las artes (Laborers’ Union of Culture and Arts). Se reunieron en la plaza 15 personas y exigieron mayor atención de parte de los políticos a las condiciones laborales de los artistas.

Algunos músicos están optando por buscar nuevas formas de sobrevivir en vez de esperar solamente a que la sociedad cambie. Bunker Buster realizó un evento de recaudación de fondos que tuvo mucho éxito y consiguió fondos suficientes para producir dos álbumes y organizar un concierto.

La cooperativa musical Bareun es otro ejemplo de músicos que luchan por sus derechos. Establecida en 2014, esta organización está integrada por alrededor de 2.500 intérpretes de todos los géneros. Su objetivo es informar al público sobre la mala distribución de los beneficios en la industria de la música y exigir una mayor participación de los beneficios para los artistas.

“Para crear un ecosistema más sano en la industria de la música, promovemos la revisión de las leyes que nos atañen y tratamos de cambiar la percepción del público con respecto a los derechos de los artistas”, indica Shin Dae-chul, presidente de Bareun y uno de los guitarristas más famosos de Corea del Sur.

Cambiar la forma en que los propios músicos perciben sus derechos es otro cantar.

“Debería haber un mayor número de artistas musicales conscientes de las condiciones injustas que imperan en su profesión, conocer bien la legislación y tener la confianza de exigir lo que les corresponde”, asegura Esssin. “Como mínimo, tenemos que pedir un contrato antes de trabajar. Si vacilamos en reclamar nuestros propios derechos, la sociedad no cambiará nunca”.