¿Está Tailandia haciendo lo suficiente para acabar con la esclavitud en su industria pesquera?

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Un pescador birmano migrante, colega y amigo de Soe Min, cometió el fatídico error de permitir que se limpiara un calamar a bordo.

“El capitán tailandés bajó y le golpeó con una tubería. El pescador levantó la mano para protegerse del primer golpe, y se la rompió. El segundo golpe le destrozó el omoplato.”

“Luego le golpeó aquí”, prosigue Soe Min, señalando la parte posterior de la cabeza.

“El capitán dejó caer la tubería, se lavó las manos y subió de nuevo a la timonera. Ordenó a su gente que lo arrojaran al agua. Pudimos ver que todavía estaba vivo.”

“Al regresar a la timonera, el capitán agarró el megáfono y vociferó: ‘¿Qué están mirando, cabrones? ¡Pónganse a trabajar! ¡Si quieren terminar como él, no tienen más que comportarse como él!’”

Este asesinato es uno de los muchos que Soe Min y otros pescadores migrantes birmanos indocumentados me relataron en 1998, cuando estuve realizando una serie de documentales para la Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte (Abandoned, Not Forgotten) y Al Jazeera (Murder at Sea).

En aquella época, Soe Min y cientos más, quizás miles, de pescadores fugitivos llevaban una vida salvaje, subsistiendo a duras penas a base de raíces y de la generosidad de extraños en los bosques interiores de las remotas islas de Tual y Benjina, cerca de la costa de Papua Nueva Guinea.

Algunos de estos hombres consiguieron regresar a su país, Myanmar. Sin embargo, a fecha de hoy, sigue habiendo centenares atrapados es su propia versión del infierno en el Pacífico.

Pero parece ser que el mes pasado la campaña internacional que se está llevando a cabo para conseguir sentar en el banquillo a los criminales de la industria pesquera tailandesa – campaña que se ha visto reforzada por la influencia de los sindicatos y por una oleada de revelaciones en destacados medios de comunicación, como la BBC, Associated Press y el periódico londinense The Observer – ha logrado por fin un avance importante.

El 3 de noviembre de 2015 el gabinete del Gobierno de Tailandia instalado por los militares aprobó una serie de medidas diseñadas para regular y adecentar la industria pesquera del país – una empresa con un volumen de negocios anual de 8.000 millones USD que está invadida por prácticas de pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR) y, en particular, por la brutal explotación de decenas de miles de trabajadores de Myanmar, Camboya y Laos.

De cara al mes de diciembre, plazo a partir del cual está previsto que se lleve a cabo un boicot de la UE de todo el marisco tailandés, la Junta ha endurecido la actual e ineficaz Ley de Pesca del país mediante un acelerado ‘Real Decreto 2015’– un dispositivo jurídico que evita los procedimientos legislativos normales.

En el marco de la nueva legislación, se prohibirá la sobrepesca con barcos de arrastre de profundidad tailandeses, y de ahora en adelante será necesario que estos barcos instalen sistemas de seguimiento de buques. Además deberán garantizar que su pesca no esté vinculada con la pesca ilegal ni con el trabajo en condiciones de esclavitud.

 

Trabajadores migrantes indocumentados

A finales de noviembre, Wimol Jantrarotai, Director General del Departamento de Pesca de Tailandia, anunció en los medios de comunicación nacionales que se habían establecido diversas medidas para garantizar una pesca sostenible. Manifestó que ya no se podrá operar con arrastreros de fondo ilegales, que se prohibirán los equipos de pesca destructivos para el medio ambiente y que se impondrá un límite en las actividades pesqueras para evitar la sobrepesca.

La oficina de Jantrarotai se negó a hablar con Equal Times para aclarar la condición de los trabajadores migrantes y de los trabajadores migrantes indocumentados en la industria pesquera.

Según los sindicatos, hay aproximadamente 250.000 birmanos trabajando en la industria pesquera de Tailandia, tanto en las plantas de procesamiento en la costa, donde los trabajadores son mayoritariamente mujeres, como en los 40.000 buques que constituyen la enorme flota pesquera del país.

Estos son parte de los cerca de cuatro millones de migrantes económicos birmanos que trabajan legal e ilegalmente en Tailandia, que han huido de unos salarios de miseria y de la represión política de su país natal – un país que, hasta el mes pasado, cuando se produjo la arrolladora victoria electoral de la Liga Nacional para la Democracia de Aung San Suu Kyi, había estado gobernado durante décadas por una serie de dictadores militares.

Tailandia y Myanmar (Birmania) comparten 2.000 kilómetros de frontera.

En el marco de un escándalo interminable, un gran número de trabajadores indocumentados son víctimas de la trata a través de esta porosa frontera y son vendidos en régimen de servidumbre como empleados del hogar, obreros de la construcción, trabajadores de la confección y pescadores.

Tailandia es el mayor exportador del mundo de gambas y de atún congelado y en lata. La corporación multinacional Thai Union Group PLC es propietaria de las principales marcas de atún en lata, como es Chicken of the Sea en los Estados Unidos y John West en el Reino Unido.

En 2014 Thai Union exportó casi 600.000 toneladas de atún. El 44% de las ventas se destinaron a los Estados Unidos y el 29% a Europa.

Otro de los platos fuertes de la empresa son las gambas, que representan casi el 30% de las exportaciones de marisco.

“La esclavitud está muy extendida en la industria pesquera tailandesa”, declaró a Equal Times Sharan Burrow, Secretaria General de la Confederación Sindical Internacional (CSI).

“Una vez más vuelve a ponerse en evidencia la relación que existe entre la degradación medioambiental y los abusos de los derechos de los trabajadores en una cadena de suministro mundial. John West y Thai Union tienen que asumir responsabilidades y desempeñar la parte que les corresponde para terminar con la esclavitud y la destrucción ecológica en la industria tailandesa del marisco”.

 

“Totalmente inaceptable”

En marzo de este año, Khun Thiraphong Chansiri, Presidente y Director General de Thai Union Group, reconoció que la trata de personas es “totalmente inaceptable”, con la reserva de que “es difícil garantizar que la cadena de suministro de la industria tailandesa del marisco esté impoluta al 100%”.

Esto es lo máximo que Chansiri ha llegado a reconocer en lo que respecta a la explotación de los trabajadores migrantes profundamente arraigada en su empresa y en el sector en general.

Chansiri ha pedido a las ONG – con cierta hipocresía, podrían decir las críticas – “que trabajen con los sectores público y privado para mejorar las prácticas pesqueras”.

Y ha instado a las ONG a hacer algo “constructivo y encontrar soluciones para lograr mejoras en las industria [pesquera]”.

Pero uno tiene incontestablemente el derecho a preguntarse: ¿qué cree Chansiri que los sindicatos y los defensores de la pesca limpia han estado haciendo desde 2008?

Por otra parte, mientras Thai Union Group afianza su propuesta de adquisición por 1.500 millones USD de la importante empresa estadounidense de atún en lata Bumble Bee Foods – una adquisición sometida actualmente a una investigación por parte del Ministerio de Justicia del país –, la industria pesquera de Tailandia se ha visto sacudida por otro descubrimiento más.

El 4 de noviembre, Greenpeace Southeast Asia publicó un informe sobre un trabajado de investigación que ha realizado a lo largo de tres años sobre las violaciones de los derechos humanos en la industria pesquera en aguas indonesias.

Según el informe, hay 189 buques tailandeses pescando en el Mar de Arafura situado en el océano Pacífico, al norte de Australia, con cerca de 5.000 trabajadores, en su mayoría birmanos, abandonados y atrapados en condiciones de esclavitud.

El informe indica que la mayoría de estos barcos pesqueros de arrastre suministraban pescado a la multinacional Thai Union.

Thai Union ha desmentido estas afirmaciones.

Pero lo que no pueden negar es el testimonio de Saing Winna, otro pescador migrante birmano abandonado, al cual este periodista entrevistó en la isla de Tual.

“Hubo un problema con uno de nuestros chicos birmanos. Un cocinero tailandés le golpeó con una barra metálica delante de mis propios ojos. El capitán preguntó si el hombre estaba muerto o no.

”Yo le dije: ‘Todavía no está muerto. Déjelo tranquilo, yo me hago cargo de él’.

”El chico había recibido un golpe en la parte posterior de la cabeza y tenía el cráneo totalmente abierto. Le sujeté. Tardó una hora en morir... el chico tardó una hora en morir.

”Creo que nuestros marinos birmanos mueren como perros y cerdos”.