Explotación infantil doméstica en Paraguay, una costumbre tan arraigada como oculta

Tina Alvarenga tenía 10 años cuando sus padres la enviaron a vivir a Asunción desde Puerto Casado, un lugar recóndito del Chaco paraguayo. Su tía la acompañó en avión hasta la capital y la llevó de la mano hasta una casa señorial del rico barrio de Sajonia. Golpearon una puerta de madera de casi tres metros de altura y una mujer espigada, rubia, con piel de loza y ojos azules la abrió.

Antes de que la mujer cerrara la puerta bruscamente, a Tina le dio tiempo a ver una escalera de mármol en el zaguán de la residencia y a quedarse alucinada con los ojos de la señora, un color que solo había visto en los de su muñeca. Entonces, con voz poco amistosa les gritó: “por el costado”.

“Y esa fue mi entrada y salida de siempre: la puerta de servicio. En ese momento ni sabía, no hablaba español, solo guaraní” (lengua oficial en Paraguay junto al español), cuenta a Equal Times Alvarenga sobre su primer día de los ocho años que fue la “criadita” de esa casa en la década de 1970.

Alvarenga vivió hasta los 18 años como sirvienta de esa señora y de su marido, un militar retirado.

El primer año fue especialmente duro para élla. Su hermana, diez años mayor, era empleada doméstica de la misma familia –cobraba un salario– pero era maltratada y la señora le gritaba a menudo. Tina una vez vio cómo ésta le tiraba la tapa de una cacerola a la cabeza.

A los pocos meses su hermana renunció al trabajo. Las empleadas domésticas se sucedían y Tina permanecía, trabajando a la mañana y yendo a la escuela de tarde, encargándose de las tareas de más confianza como servir la comida al señor o limpiar las joyas de la señora.

Tina dice que pocas veces sufrió maltrato físico, pero recuerda nítidamente cómo en una ocasión en que fue falsamente acusada en la escuela de robar un anillo, el señor de la casa le azotó con un cinturón.

“No recuerdo que me abrazaran ni una sola vez. Yo tenía terror del señor y nunca fueron a las reuniones de la escuela”, rememora Alvarenga sentada en el salón de su casa, donde hoy vive con su hijo, a menos de un kilómetro de la vivienda donde sirvió durante casi una década.

Unos 47.000 niños, niñas y adolescentes paraguayos viven en casa de otras familias como empleados domésticos a cambio de techo, comida y de que (las familias de “adopción”) se hagan cargo de los costes de su educación. Esta práctica es conocida en el país suramericano como “criadazgo” y Unicef pide al Gobierno y a la sociedad que le ponga fin porque impide el desarrollo infantil pleno.

La reciente muerte de una adolescente de 14 años tras una paliza recibida por su “tutor” ha reavivado el debate sobre esta costumbre oculta que la Organización Internacional del Trabajo (OIT) considera una de las peores formas de explotación infantil.

 
El caso Carolina

El exmilitar retirado Tomás Ferreira, casado con Ramona Melgarejo, llegó a su casa en Vaquería, un distrito rural del departamento de Caaguazú, una tarde del pasado enero y como tantas otras veces decidió golpear a Carolina Marín, una adolescente de 14 años que vivía en su casa como sirvienta desde los tres años.

Ferreira le propinó tal paliza que la mató, según denuncia la Fiscalía, que pide su condena por homicidio. La noticia del suceso levantó gran polvareda mediática y organizaciones sociales y ciudadanos indignados salieron a las calles a protestar en varias ocasiones.

Los abusos a menores y la explotación laboral infantil doméstica son dos cuestiones que han vuelto al epicentro de la agenda política desde entonces.

“El criadazgo es una práctica aceptada culturalmente en nuestro país, sobre todo son niñas que vienen del campo a trabajar en casas de familia que están en la ciudad, sobre todo en ciudades cercanas a la capital”, explica a Equal Times Mónica Basualdo, psicóloga de Global Infancia.

“Vienen a trabajar, no por dinero, sino que se les asegura, supuestamente, casa, comida y educación. Una situación que se considera explotación. Una situación análoga a la esclavitud y que está penada por ley”, asegura. Según la psicóloga, el “criadazgo” está considerado “una de las peores formas de trabajo infantil”. “Pero como está aceptado culturalmente se percibe como una práctica positiva para los niños, entonces la gente no lo denuncia”, agregó.

La experta recordó que la costumbre está tan arraigada en Paraguay que han visto hasta casos en que personas pedían a través de las redes sociales “una criadita” para servir en su domicilio.

Según el Estudio sobre maltrato infantil en el ámbito familiar, realizado por Unicef en colaboración con la organización BECA (2011), el 61% de los niños y niñas paraguayos reportó algún tipo de violencia física y psicológica.

Aunque seis de cada diez niños declararon ser víctimas de maltratos en el hogar, el 91,9% consideró que tiene una buena relación con sus padres, según esta investigación que abarcó un universo de 132.687 niños, niñas y adolescentes de entre 10 y 18 años de escuelas públicas y privadas, incluyendo indígenas.

“La falta de escuela es el primer motivo, pero también en las comunidades rurales hay riesgo de abusos, peligros por caminar más de 10 kilómetros para llegar a clase. Y las familias receptoras buscan mano de obra más barata. Hay una mentalidad feudal muy fuerte en la sociedad paraguaya”, manifiesta Tina Alvarenga.

En su opinión, la “promesa de escuela y de tratar a la niña como una hija” no es cierta. “La mandan a otra escuela (diferente a la que mandan a sus hijos), no la sientan a la mesa, le dan tareas que no les darían a sus propios hijos y suplen la ausencia de una empleada doméstica”, asegura Alvarenga.

“Quizá antes el criadazgo tenía sentido como única oportunidad para que niños y niñas del campo pudieran tener acceso a una escuela porque hasta los años 1990 no se podía estudiar más del Tercer Grado (hasta los nueve años) en las comunidades campesinas, lo que coincide con la edad que suelen empezar a ser criaditas”, manifestó.

Desde el Gobierno paraguayo defienden que el país “ha salido de la lista negra del trabajo infantil”, aunque reconocen que uno de cada cuatro menores de entre 5 y 17 años es económicamente activo. El ministro de Trabajo, Guillermo Sosa aseguró el 6 de julio que la consigna del país es “que los niños tienen que estar estudiando, no trabajando”, y señaló que Paraguay está comprometido en “erradicar las peores formas de trabajo infantil”.

Cerca de 47.000 menores de edad se encuentran en situación de criadazgo en Paraguay, lo que supone un 2,5 % de la población infantil y adolescente del país, según las cifras de una encuesta oficial de 2011.

Además, un 18 % de las trabajadoras domésticas en Paraguay tiene entre 10 y 19 años, según datos de un informe presentado en julio y elaborado por ONU Mujeres y la Organización Internacional del Trabajo.

El Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) solicita a Paraguay la erradicación de esta práctica, que organizaciones locales consideran una forma de esclavitud.

Por añadidura, y como recuerda la Comisión de Expertos en Aplicación de Convenios y Recomendaciones de la OIT, “en Paraguay, si bien el sistema de criadazgo se prohibió de conformidad con el decreto núm. 4951, de 22 de marzo de 2005, la práctica persiste en el país”.

This article has been translated from Spanish.