La crisis de Al Aqsa inicia un nuevo capítulo en la lucha palestina contra la ocupación israelí

La crisis de Al Aqsa inicia un nuevo capítulo en la lucha palestina contra la ocupación israelí

Palestinians are seen inside the Al Aqsa mosque compound in Jerusalem’s Old City on 27 July 2017. Thousands of Muslims attended the first organised prayers at the site in nearly two weeks, following Israel’s removal of security devices installed after a deadly attack.

(AP/Mahmoud Illean)
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Tan imborrable como la oración multitudinaria en las calles de Jerusalén Este, en julio, desafiando el estremecedor despliegue de brutalidad policial, es la imagen de los miles de palestinos afluyendo días más tarde a la mezquita de Al Aqsa, para celebrar un logro tan improbable como el éxito de las protestas palestinas contra lo que denuncian como una nueva transgresión israelí de sus derechos.

El 14 de julio, tres palestinos israelíes de la ciudad de Umm al-Fahm perpetraron un atentado en una de las entradas del recinto religioso de la mezquita Al Aqsa y mataron a dos policías israelíes —que resultaron ser palestinos drusos con ciudadanía israelí— antes de ser abatidos por agentes israelíes dentro del recinto.

Después del ataque, Israel ordenó durante casi tres días el cierre de Al Aqsa, que por primera desde los años 60 no celebró la oración del viernes. Cuando se reabrió el lugar sagrado, los palestinos jerosolimitanos se escandalizaron al ver el despliegue de detectores de metales y cámaras de seguridad instalados por Israel en las entradas de Al Aqsa, a pesar de que el complejo de las Explanadas de las Mezquitas está bajo custodia jordana.

Miles de palestinos se negaron a entrar en el recinto de Al Aqsa y prefirieron orar en las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalén, como protesta. Muchos otros se manifestaron en Cisjordania y la Franja de Gaza ocupadas y en otros países vecinos, como muestra de solidaridad, hasta que Israel capituló y el 27 de julio retiró todas las nuevas medidas de seguridad en Al Aqsa.

Aunque los disturbios en Al Aqsa han quedado reducidos a un rechazo de los detectores de metales, las manifestaciones han servido para recordar el complejo simbolismo que posee Al Aqsa en el conflicto general palestino-israelí, dentro las medidas israelíes cada vez más estrictas en los territorios ocupados, y suscitar la esperanza de hallarnos ante un antes y un después del movimiento popular palestino.

Al Aqsa: un símbolo religioso nacional para los palestinos

Al Aqsa es el tercer lugar más sagrado del islam y donde se cree que se erigían antaño el Primer y Segundo Templo judíos. Sin embargo, los palestinos rechazan la versión simplificada de atribuir los disturbios exclusivamente al simbolismo religioso que rodea a este lugar.

“Al Aqsa siempre fue un edificio simbólicamente importante, desde el punto de vista histórico y religioso” explica a Equal Times Jawad Siyam, director del Centro de Información Wadi Hilweh de Jerusalén Este. “En los años 80 y 90, los primeros en defenderlo fueron palestinos laicos”.

Siyam añade que los palestinos cristianos se manifestaron también en apoyo Al Aqsa porque percibieron la crisis como una injerencia israelí en la libertad de culto, que se enmarca en su política más general de "judaización" de Jerusalén, en detrimento de la herencia no judía de la ciudad.

“Hasta los cristianos se sumaron a las manifestaciones, porque saben que, hoy es una mezquita, pero mañana será una iglesia”, afirma Siyam. “Todos los palestinos, laicos o religiosos, de Hamas o de Fatah, estamos de acuerdo en una cosa: Al Aqsa es una línea roja”.

A Farid al-Atrash, un prominente abogado palestino, activista y presidente de la Comisión Independiente de los Derechos Humanos (ICHR) en la ciudad cisjordana de Belén, no le sorprendió que la crisis de Al Aqsa recabara un apoyo popular generalizado —a pesar de que la inmensa mayoría de los palestinos en los territorios ocupados tienen prohibido entrar en Jerusalén—.

“Al Aqsa sigue siendo un gran símbolo para los palestinos de Cisjordania, aunque no tengan acceso a Jerusalén, porque es la capital del Estado palestino”, explica al-Atrash a Equal Times, y añade que los palestinos enmarcaron las manifestaciones en la lucha general “en defensa de nuestro patrimonio árabe y palestino”.

Israel mantiene la presión sobre los palestinos

El precio de los 13 días de disturbios fue elevado: nueve palestinos perdieron la vida a manos israelíes, incluidas seis personas abatidas a tiros en los enfrentamientos, y tres colonos israelíes fueron asesinados en un apuñaladamiento ocurrido durante las manifestaciones en el centro de la Cisjordania ocupada.

Si bien las autoridades israelíes afirmaban que la crisis de Jerusalén estaba “llegando a su fin” tras la retirada de los dispositivos de seguridad en Al Aqsa, las fuerzas de seguridad han continuado arremetiendo contra los palestinos que participaron en las manifestaciones y, sólo el 27 de julio, detuvieron a cien palestinos en el recinto de Al Aqsa.

“Los políticos israelíes necesitan decirle a su ciudadanía que no son débiles y mostrar que están arrestando a palestinos y que les están venciendo”, afirma Siyam, quien añade que el Centro de Información Wadi Hilweh ha registrado sólo en el mes de julio la detención de 440 palestinos jerosolimitanos, 77 de ellos menores.

Siyam señala también que mientras las fuerzas israelíes reprimían violentamente las protestas palestinas en las calles, los parlamentarios israelíes aprobaron un proyecto de ley que prácticamente imposibilita cualquier división de Jerusalén en la solución de los dos Estados.

Para el profesor israelí Ido Zelkovitz, que encabeza el Departamento de Estudios de Oriente Medio de la Facultad Yezreel Valley en Israel, los sucesos de Al Aqsa deberían hacer que las autoridades israelíes se percaten del cambio que se está produciendo en la naturaleza del conflicto palestino-israelí, debido a la flaqueante influencia de los partidos políticos tradicionales sobre la juventud palestina.

“Desde una perspectiva israelí, creo que han aprendido que en esta nueva era política en la que los medios sociales sustituyen a los líderes locales, si quieres poner fin a una crisis debes entablar un diálogo con los líderes locales [palestinos] y con la sociedad civil” explica Zelkovitz a Equal Times.

Lamentablemente, Zelkovitz añade que estos eventos probablemente han inclinado la política israelí incluso más hacia la derecha.

“Debido a que los ciudadanos israelíes de origen palestino lanzaron el ataque [del 14 de julio]… los israelíes, incluso los que se encuentran a la izquierda en el espectro político, están sopesando la posibilidad de proceder no sólo a un canje de tierras, sino a un intercambio de población”, en el marco de una futura solución de los dos Estados, afirma.

Esto implicaría que Israel intentaría anexionarse permanentemente los asentamientos ilegales de los territorios palestinos ocupados y transferir parte de los 1,8 millones de ciudadanos palestinos de Israel al nuevo Estado palestino que se forme.

¿Una victoria de la ciudadanía?

Muchos palestinos, en cambio, tienen una cosa clara: el resultado de la crisis de Al Aqsa marca una gesta trascendental en las movilizaciones públicas contra represión israelí cada vez más intensa. El hito se valora aún más debido a la limitada influencia de las facciones políticas tradicionales en el movimiento de protesta.

El surgimiento de un movimiento popular tan contundente se atribuye, en parte, a las divisiones que existen entre Fatah, el partido que gobierna la Autoridad Palestina en Cisjordania, y Hamas, que controla la Franja de Gaza.

Si bien el conflicto entre ambas partes y la desilusión creciente con los dirigentes palestinos contribuye al avance de una resistencia independiente más localizada, al-Atrash afirma que la unidad política resulta imprescindible para hacer avanzar la lucha palestina.

“Estoy convencido de que el activismo sobre el terreno es una de las formas más importantes de resistir esta ocupación, pero necesitamos adoptarlo como un modo de resistencia general, de ámbito nacional”, afirma. “Para que esto suceda es preciso poner fin a las divisiones internas palestinas”.

“Logramos que se retiraran los detectores de metales y esto supone una victoria simbólica, que muestra a los israelíes que no pueden hacer lo que quieran, cuando quieran”, explica al-Atrash. “Lo considero una victoria de la resistencia popular no violenta”.

Siyam elogia también el mensaje que envia a Israel la capacidad transformadora de estas manifestaciones, ya que otros movimientos multitudinarios palestinos recientes han tenido dificultades para obtener resultados tangibles.

“Israel no puede ser el único que adopte decisiones, porque nosotros estamos aquí, sobre el terreno”, afirma Siyam. “Para tener un éxito completo, Israel tendría que matar a todos los palestinos”.

A pesar de que han abundado las comparaciones entre los eventos de julio con la ola de disturbios en los territorios ocupados palestinos de finales de 2015, al-Atrash se resiste a describir las protestas de Al Aqsa como una secuela de las revueltas populares de hace año y medio.

“No lo veo como una continuación de la intifada de 2015, porque los palestinos siempre están defendiendo, protegiendo y protestando contra todas las operaciones y violaciones israelíes de recintos religiosos, territorios y casas”, afirma.

Siyam subraya, además, que la crisis de Al Aqsa es sólo una de las facetas de la inveterada lucha palestina contra la ocupación israelí. “No hay una sola lucha palestina. En algunas zonas protestamos contra los asentamientos, en otras, contra el muro de separación”, dice Siyam. “Sabemos que [Al Aqsa] no va a liberar Palestina, pero nos está ha dado energía positiva para seguir avanzando”.

Al-Atrash concluye: “Mientras continúe la ocupación, continuará la resistencia”.