La educación ayuda a combatir la violencia de género en las granjas de flores de Tanzania

La educación ayuda a combatir la violencia de género en las granjas de flores de Tanzania
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En el mundo se cultivan, regalan y exportan toneladas de flores cada año. Las flores transmiten amor, amistad y solidaridad; decoran todo tipo de ceremonias, de bodas a funerales. Representan, en definitiva, un negocio internacional valorado en unos 100.000 millones de dólares USD anuales.

Miles de trabajadores cultivan estas flores, a menudo en duras condiciones, sobre todo en los países cálidos del sur, donde encontramos muchas de las granjas que satisfacen la creciente demanda de flor cortada, procedente de Estados Unidos, Alemania, Francia, Reino Unido o Países Bajos.

En Tanzania, la floricultura se ha convertido en una industria de peso que da trabajo a miles de personas.

Las mujeres representan hasta el 60% de esta mano de obra. En los últimos años han denunciado varios casos de acoso, intimidación, violencia sexual y otras agresiones por motivos de género.

Esto coincide con un momento de concienciación cada vez mayor, concretamente en el mundo del trabajo, sobre las dificultades que enfrentan las mujeres por el mero hecho de serlo. Concienciación que está ayudando a configurar el debate en torno a un nuevo convenio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que podría ayudar a sindicatos, empleadores y gobiernos a hacer frente a la violencia dentro y fuera del trabajo.

El fotoperiodista Sam Vox visitó las granjas de flores de Kili Frora, Mt. Meru y Dekker Bruins, en Arusha y Moshi, para hablar con algunas floricultoras tanzanas sobre sus problemas.

A pesar de que la mayoría de ellas confirmó que siguen padeciendo acoso y discriminación, también señalaron una mejoría de la situación en algunas de estas granjas, sobre todo gracias a una herramienta: la educación.

Los seminarios y las sesiones informativas que con frecuencia organiza el Sindicato de Trabajadores Agrícolas y de Plantaciones de Tanzania, han logrado concienciar a las mujeres sobre sus derechos y atenuar su miedo a denunciar los casos de violencia de género. La actitud receptiva de la empreas resulta también esencial, señalan estas mujeres.

 

Floricultoras volviendo a su trabajo después del almuerzo. Muchas de estas mujeres se quejan de sus condiciones laborales y de la violencia de género que padecen en estos invernaderos. Dekker Bruins Flower Farms, en Moshi, Tanzania, 15 de diciembre de 2017.

Foto: Sam Vox

Esta granja es una de las mayores exportadoras de crisantemos y un lugar donde el acoso hacia las mujeres campa por sus respetos. Desde el anonimato, una mujer explica a Equal Times: "El ambiente es terrible para las mujeres. Y todo por culpa de un solo hombre, nuestro jefe. Todas lo sabemos, no es un secreto para nadie. Ha acosado sexualmente a muchas jóvenes y nada podemos hacer al respecto. Si eres joven y hermosa, te conviertes en su objetivo. A cambio de sexo promete a las jovencitas un puesto mejor y una bonificación de fin de año".

Otra trabajadora se quejaba de la falta de mecanismos para abordar estos casos.

"Antes había trabajadoras que defendían los derechos de las mujeres, pero todas fueron despedidas. Esto no ayuda nada a construir una buena relación o dar confianza a las floricultoras. Nadie se enfrentará a la dirección porque todas tienen miedo. Carecemos de un sistema adecuado para denunciar cualquier tipo de acoso".

 

La mayoría de quienes trabajan en estos invernaderos son mujeres. Su trabajo las obliga a permanecer encorvadas hasta diez horas diarias. Los crisantemos que cultivan se empacan y envían al extranjero antes de que las flores se abran. Los crisantemos vendrán en distintos colores, según lo que pida el cliente. Cada invernadero tiene números de serie que indican qué flor cultiva. Dekker Bruins Flower Farms, en Moshi, Tanzania, 15 de diciembre de 2017.

Foto: Sam Vox

Las mujeres, obligadas a pasar horas encorvadas mientras cultivan las flores, a menudo notan que los hombres que trabajan en la producción o los guardias de seguridad las miran de manera inapropiada. He aquí uno de los casos reportados a Equal Times: "Había una mujer con flores en la mano y se agachó para colocarlas en la canasta. En ese momento, el guardia de seguridad le agarró las nalgas y dejó a la mujer perpleja. El guardia de seguridad intentó entonces meterle la mano en el abrigo, para tocar sus pechos. A ella le entró pánico, le pidió que se detuviera, tomó su canasta y se alejó del guardia de seguridad, pero este la siguió y la insultó por negarse a que la tocara".

 

Uno de los inspectores de Dekker Bruins comprueba si las flores cortadas son del tamaño y la maduración adecuadas para su expedición. La creciente demanda obliga ahora a las floricultoras a trabajar más horas y con más presión, a pesar de que el salario apenas les alcanza para llegar a fin de mes. Granjas de flores de Dekker Bruins en Moshi, Tanzania, 15 de diciembre de 2017

Foto: Sam Vox

Durante las fiestas y antes del Día de San Valentín se dispara la demanda y se imponen a estas trabajadoras objetivos de producción inalcanzables.

El salario mensual medio en la granja ronda los 130.000 chelines (58 USD). También pueden cobrar primas de hasta 32.000 chelines (15 USD) si las trabajadoras logran superar los objetivos marcados. Algunas mujeres suelen saltarse el descanso para almorzar o comen en la granja para ahorrar tiempo y lograr el bono extra, aunque cada vez resulta más difícil conseguirlo. Incluso con la bonificación, dice una trabajadora a Equal Times: "No es suficiente para el mes. Tenemos que pagar el alquiler, el transporte al trabajo y mantener a nuestras familias. Imposible ahorrar. Es muy poco para vivir, la mayoría de nosotras tenemos deudas en las tiendas de comestibles donde nos fían artículos básicos, como arroz o azúcar".

 

Pili Msabaha lleva siete años trabajando como floricultora en Monte Meru Flower Farms. Además preside del comité de mujeres que se ocupa de los problemas específicos de las cultivadoras. Arusha (Tanzania), 12 de diciembre de 2017.

Foto: Sam Vox

Pili nos cuenta lo mucho que ha cambiado la situación de discriminación y acoso desde que empezó a trabajar en la granja, gracias a las sesiones en las que se informa a las trabajadoras sobre los derechos laborales y de las mujeres y a la receptividad demostrada por la empresa. Para Pili, "uno de los mayores escollos era lograr que las mujeres comprendieran que el acoso no es aceptable de ningún modo, ni físico ni verbal. Una vez asumido esto, nuestro siguiente objetivo fue que lo denunciaran cuando sucedía. Ha resultado difícil para las mujeres, porque muchas temen perder los empleos de los que todas dependemos para cuidar y mantener a nuestras familias. Es doloroso ver cómo las acosan, pero aún más doloroso es ver el miedo que tienen a actuar para acabar con ello".

Pili está convencida de que la educación juega un papel clave. La mayoría de las mujeres sólo denuncian el acoso sexual, pero ignoran otras formas de discriminación basada en el género. "La tarea más importante aquí es ofrecerles información y contar con el apoyo de nuestra directiva, para que las mujeres se sientan seguras para denunciar cualquier tipo de discriminación que padezcan", dice a Equal Times.

 

Noely Paulo trabaja como manipuladora de flores cortadas, en la granja Monte Meru Flower Farms. Lleva diez años en la empresa y pertenece al comité de mujeres. Parte de su trabajo consiste en enseñar a los hombres cuestiones relacionadas con la ética laboral, y en concreto el tema del acoso. Con nuevos empleados contratados cada mes, Noely tiene que repetir el proceso una y otra vez. Arusha (Tanzania), 12 de diciembre de 2017.

Foto: Sam Vox

Noely cree que los hombres, dado que son quienes perpetran la violencia de género, forman parte de la solución que pondrá fin a esta lacra en las granjas. "Dedico voluntariamente mi tiempo a enseñar a mis compañeros las leyes y normas vigentes en el lugar de trabajo. En las clases siempre menciono el tema del acoso, me aseguro de que todos sepan que se trata de un delito tipificado por la ley y que podrían perder su trabajo si les atrapan".

"Algunas mujeres acosadas tienen miedo de hablar o de tomar medidas, pero animamos a las personas que lo presencian a informar al comité o incluso a la empresa. Algunas de estas mujeres se sienten demasiado avergonzadas para denunciar cualquier tipo de acoso, sobre todo si se trata de acoso sexual. Se lo guardan para sí y eso les acaba afectando, personalmente y en su trabajo. En el comité contamos con un sistema de seguimiento de estos casos, para intentar que las mujeres se abran. A veces las trasladamos a otra granja, para que puedan trabajar en paz mientras hacemos el seguimiento de su denuncia".

 

Khadija Ramadhani, de 45 años, trabaja en el vivero Kili Flora Nursery Project. En este tipo de granjas se experimentan nuevos tipos de flores, en lotes pequeños, y se comprueba su crecimento. Si se aceptan, se trasladan a los invernaderos más grandes para su cultivo a gran escala. Arusha (Tanzania), 12 de diciembre de 2017.

Foto: Sam Vox

Aparte de tener que trabajar encorvadas durante horas, las mujeres consideran que la empresa no tiene en cuenta sus problemas de salud y maternidad como se merecen. Hay embarazadas a las que se obliga a seguir recogiendo flores y mujeres mayores a las que no se traslada a tareas menos extenuantes.

"A las embarazadas no se les concede tiempo adicional de descanso. Les ponen las mismas horas de trabajo que al resto. Es muy triste ver a la gente empezar a trabajar a primera hora, cuando acaban de rociar la granja con potentes pesticidas, antes incluso de que desaparezcan los vapores", dice una trabajadora.

La grave situación económica de estas regiones, unida a las responsabilidades familiares, obligan a las mujeres a aceptar estas condiciones. Por eso los sindicatos consideran que una parte importante de su labor pasa por convencer a las mujeres de que se agrupen y reivindiquen las mejoras a las que tienen derecho.

 

Pili Msabaha pasea por el invernadero cuidando la cosecha. Aunque su empresa ha mejorado considerablemente las condiciones laborales de las mujeres, ahora espera que las prácticas establecidas se extiendan a otras granjas de todo el país. Arusha (Tanzania), 12 de diciembre de 2017.

Foto: Sam Vox

Según algunas de las trabajadores entrevistadas, la falta de información y las tradiciones pueden jugar a la contra. Desde pequeñas se enseña a estas mujeres que su deber es obedecer a los hombres, ello unido a que en la sociedad tanzana coexisten numerosas tribus, a veces con diferentes puntos de vista sobre el papel de la mujer en la sociedad.

Pili recuerda el caso de una mujer "a la que un compañero de trabajo acosaba enviándole mensajes de texto. El hombre quería algo más que amistad y la mujer se negó. Enseguida pasó a los insultos, pero la mujer no lo denunció porque no se le ocurrió que aquello podía ser acoso. Esto demuestra la importancia de la educación y de seguir concienciando a todas las mujeres para que comprendan plenamente el significado del acoso".

Este artículo ha sido traducido del inglés.