La política de Uganda de "puertas abiertas" para los refugiados: ¿un ejemplo para el resto del mundo?

La política de Uganda de "puertas abiertas" para los refugiados: ¿un ejemplo para el resto del mundo?

La familia Bichendi llegó a Uganda como solicitante de asilo en 2013 procedente de la República Democrática del Congo. Actualmente, la familia se ha está establecido en Uganda y posee una próspera tienda de comestibles.

(Nicholas Bamulanzeki)

Repleta de textiles africanos de todo tipo y una elegante selección de atuendos confeccionados, la tienda de Alice Nyota en el distrito central de negocios de Kampala se asemeja a muchos otros en la zona. Situado en un centro comercial a rebosar de gente, con pequeños compartimentos que separan las diferentes tiendas, es aquí donde más se percibe el espíritu emprendedor de aquellos que se esfuerzan por sobrevivir en la ciudad.

Salvo que en este caso, la empresaria dueña de esta tienda es una de los 98.000 refugiados que viven y trabajan en la capital de Uganda.

“Dejé la República Democrática del Congo (RDC) en 2006 debido a la inseguridad durante las primeras elecciones multipartidistas en el país. A causa de nuestro trabajo estábamos constantemente bajo amenaza. Una noche, agentes de seguridad vinieron a arrestarnos a mi esposo y a mí, pero logramos escapar. Fue entonces cuando huimos a Uganda”, cuenta Nyota.

En ese entonces, Nyota trabajaba para una ONG que formaba a las comunidades indígenas sobre sus derechos de voto en la ciudad de Goma, al este de la RDC. “Nuestro trabajo consistía en impartir educación cívica, pero los funcionarios del partido gobernante querían que indicáramos a las personas por quién votar. Fue ahí donde comenzaron nuestros problemas”, recuerda.

Nyota, su (ahora ex) esposo y siete hijos llegaron a Uganda con lo puesto. Una Iglesia local pagó su alojamiento durante seis meses. “Sin embargo, no fue fácil, y tuvimos que luchar para poder comer”, comenta a Equal Times.

Como la mayoría de las personas que luchan por sobrevivir en un país extranjero, Nyota tuvo que idear la manera de sobrevivir en Uganda.

En la iglesia conoció a otro refugiado congoleño que la convenció de vender el único objeto de valor que poseía: un par de pendientes de oro. “Vendí los aretes por 70.000 chelines ugandeses (19,50 dólares USD) y con ese dinero puse mi negocio”, relata.

Gracias a ese dinero, Nyota compró varias piezas de tela africana, que comenzó a vender entre sus vecinas. A medida que crecía la demanda, se dio cuenta de que existía la oportunidad de diseñar y coser la ropa ella misma. Compró su primera máquina de coser y luego alquiló un espacio donde confeccionar los vestidos.

Hoy día, Nyota ha expandido su negocio e incluye dos talleres para el diseño de ropa y de confección a la medida, y una tienda en el centro comercial donde se venden los productos terminados. Emplea a 30 personas, entre las que se cuentan refugiados y ugandeses.

Nyota afirma que, a pesar de ser una refugiada, poner en marcha su propio negocio después de años de lucha le ha dado los medios para adquirir su independencia económica. Ahora puede enviar a sus hijos a buenas escuelas, alquilar una casa decente y alimentar a su familia.

“Aprecio en todo lo que vale la oportunidad que nos ha brindado el Gobierno de Uganda, es por eso que trato de retribuírselo enseñando a jóvenes ugandeses las competencias que he adquirido en los últimos años”, asegura.

La “notable” política de Uganda hacia los refugiados

Décadas de conflictos e inseguridad en países vecinos como la República Democrática del Congo, Ruanda, Somalia y, más recientemente, Sudán del Sur, han dado lugar a la llegada de oleadas de refugiados.

Oficialmente, han buscado refugio en este país situado al este de África alrededor de 1,35 millón de personas originarias de 13 países africanos. De este número, se calcula que aproximadamente 1,025 millón provienen solamente de Sudán del Sur (aunque se piensa que las cifras reales son más altas). Uganda también cuenta con el asentamiento de refugiados más grande del mundo, Bidi Bidi, que alberga a más de 270.000 personas, la mayoría de Sudán del Sur.

En un mundo donde cada vez es mayor el número de puertas que se cierran ante los 65,6 millones de personas desplazadas forzosamente intentando escapar de la guerra, la pobreza, la represión y los efectos devastadores del cambio climático, la política de refugiados de Uganda destaca como ejemplo para el resto del mundo.

Mientras que Estados Unidos, Australia y los países de Europa construyen muros, internan a las personas en campos de detención en alta mar y dejan ahogarse en el mar a migrantes desesperados, Uganda se ha convertido en uno de los mayores países de acogida en el mundo para los refugiados.

A través de un modelo denominado “Estrategia de autosuficiencia”, establecido en la ley de refugiados de 2006, una vez registrados (trámite que puede llevar meses), los refugiados pueden trabajar, moverse libremente dentro del país y crear empresas. También se les da acceso a los mismos servicios públicos que a sus comunidades de acogida, incluidas la educación y la asistencia sanitaria.

Además, las personas que viven en uno de los 28 asentamientos destinados a los refugiados en todo el país (el Gobierno no los denomina “campamentos” porque los habitantes pueden circular libremente) reciben parcelas de tierra para cultivar sus propios alimentos, así como provisiones básicas y raciones alimentarias mensuales.

“En lo que se refiere a la gestión de todos los solicitantes de asilo y refugiados nuestra política adopta una óptica basada en los derechos”, señala Musa Ecweru, ministro de Uganda para la asistencia, preparación para desastres y los refugiados.

Ecweru comenta a Equal Times que la cumbre de solidaridad con los refugiados organizada por Uganda en junio de 2017 fue una forma de mostrar la actitud ejemplar del país hacia los refugiados. “Si bien nuestro objetivo era obtener un mayor apoyo financiero, la cumbre también fue una forma de decir: ‘Miren, si un país de pocos recursos como Uganda puede recibir esta cantidad de refugiados, quiere decir que también debería asumir este desafío un mayor número de países’”.

“Mientras haya paz, permaneceré aquí”

Rose Diko tiene 43 años y su país de origen es Sudán del Sur. Está refugiada en Uganda por segunda vez, ya que pasó varios años en este país antes de la firma de un acuerdo de paz en 2005 que puso fin a uno de los conflictos más antiguos de África en lo que entonces era un Sudán unido.

“Cuando regresé a Uganda en 2013, ya sabía de las dificultades que entraña el ser refugiada, porque vivía en un asentamiento y la vida era una lucha diaria”, relata.

Desde su regreso a Uganda, Diko hace y vende galletas y pan, lo que le genera un ingreso medio de 12.000 chelines (3,36 USD) al día. No es mucho dinero, pero afirma que es mejor que vivir en un campo de refugiados o regresar a Sudán del Sur, donde decenas de miles de personas han muerto desde que estalló la guerra civil en 2013. “Mientras haya paz en Uganda, permaneceré aquí”, concluye.

Al igual que Rose Diko, Ugen-Chan Bichendi, de 43 años, llegó a Uganda en 2013. En el Congo había sido un próspero hombre de negocios, dueño de una ferretería en la ciudad nororiental de Bunia. Pero un día, los rebeldes del grupo de milicianos M23 saquearon su negocio y amenazaron con matarlo.

Huyó a Uganda con su esposa y ocho hijos. Los primeros años de su llegada a este país fueron difíciles. “Empecé a trabajar en un hotel en el que ganaba 150.000 chelines (42 USD) mensuales. Este dinero apenas era suficiente para alimentar a la familia”, relata.

Junto con su esposa, que vendía bebidas de soda en las calles, continuaron trabajando arduamente hasta hace año y medio, cuando ahorraron lo suficiente para abrir una tienda de comestibles.

“Estoy muy contento aquí. La vida fue difícil cuando llegamos, pero ahora va mejor. Mis hijos incluso han aprendido el idioma local. No tenemos planes de regresar al Congo”, afirma.

No obstante, a pesar del éxito de algunos, son numerosos los desafíos a los que tienen que hacer frente los refugiados. Además de las dificultades financieras, también tienen que luchar contra las barreras del idioma y las diferencias culturales, también contra las actitudes negativas de algunos nacionales que perciben a los refugiados como una carga para los recursos de Uganda.

Además, a pesar de que los refugiados tienen derecho a trabajar en Uganda, en la práctica son pocos los empleos que existen en los asentamientos y pocas las oportunidades en los pueblos y ciudades de Uganda. Incluso a los refugiados altamente calificados les resulta difícil conseguir un trabajo formal. Como consecuencia, la mayoría de los refugiados se ven obligados a emprender su propio negocio o a trabajar en la economía informal, no por elección, sino por necesidad.

Es debido a estas dificultades que algunos activistas piden al Gobierno ugandés que haga más, y no solamente abrir sus puertas a los refugiados. Emmanuel Weldeslassie, un refugiado de Eritrea que dirige una organización local, la “Voz de los refugiados”, señala que los recién llegados requieren de más apoyo financiero y social para integrarse plenamente en Uganda.