La revolución de los “terceros espacios”: trabajar, compartir y colaborar

La revolución de los “terceros espacios”: trabajar, compartir y colaborar

In 2016, members of the hackerspace DataPaulette, a collaborative space in Paris that combines textile art, scientific research and digital technology, participated in Schmiede, a collective residency in Austria that brings together artists, hackers and entrepreneurs from all over Europe.

(Cédric Honnet/DataPaulette/Schmiede)

“Es una oportunidad para conocer a otras mujeres emprendedoras; nos ayudamos y motivamos las unas a las otras”, comenta con satisfacción Chona Djaura, una creadora de accesorios y ropa de 33 años. Como muchos otros emprendedores en ciernes, la treintañera trabaja en un espacio de cotrabajo, Chez Basile, situado en Saint-Denis, en los suburbios de París.

Procedente del término inglés third place, el término “tercer espacio” designa un espacio social que, en el sentido clásico, no entra ni en la categoría de “vivienda” ni en la de “oficina”. Se trata de un espacio intermedio entre el “lugar de trabajo” y el “lugar de encuentro”. Asimismo, se caracteriza por su dimensión colaborativa, tanto en lo que respecta a su organización como a su filosofía. Aunque el público en general todavía no lo conoce bien, el fenómeno ha adquirido proporciones considerables en todo el mundo en los últimos años. En Francia, por ejemplo, según un informe publicado en 2018, existen cerca de 1.800 “terceros espacios”.

Los espacios de coworking o de cotrabajo, que se han multiplicado en los últimos años, constituyen la cara más visible. El anglicismo coworking engloba dos nociones: por una parte, varias personas comparten oficinas o un espacio de trabajo y, por otra parte, se crea una red que favorece el intercambio de competencias y conocimientos. Encuadrado en el contexto de la economía colaborativa, el coworking se presenta como un terreno propicio para la cooperación entre profesionales y la creación.

Chez Basile, creado en 2016 por una consultora en información institucional apasionada por la jardinería, tiene la particularidad de proponer espacios de cotrabajo en una casa antigua dotada de una microgranja urbana. Cuesta 120 euros (135 dólares USD) instalarse para llevar a cabo una actividad profesional a media jornada o 12 euros (13 USD) por día.

“Estaba harta de trabajar en casa y no me satisfacía el entorno propuesto por otros lugares de coworking en París”, explica Marie Paniez, fundadora de Chez Basile. Como Chona Djaura, Myriam Coulibaly, una masajista de 39 años, se dejó seducir. “Es un lugar atípico; desde el momento que entras, dejas de tener la sensación de estar en el centro de la ciudad”, cuenta. “El jardín permite desconectar”, coincide Nathalie Bontemps, una traductora literaria de árabe y francés de 41 años que también es miembro de Chez Basile.

“El ‘coworking’ no es más que la punta del iceberg”, precisa Patrick Levy-Waitz, presidente de la Fundación Travailler Autrement y autor del informe publicado en 2018 a petición del Gobierno francés.

Entre ellos también encontramos los fab-labs, abreviación de “Fabrication laboratory”. Los fab-labs son talleres de creación y responden a una carta muy precisa elaborada en 2001 por el prestigioso instituto de investigación estadounidense Massachussetts Institute of Technology (MIT). Emprendedores de todo tipo, diseñadores, artistas, así como estudiantes que desean experimentar pueden ir para utilizar máquinas-herramienta dirigidas por ordenador, como impresoras 3D o troqueladoras láser.

Algunos de estos fab-labs están vinculados a universidades, como el LabBoîte de Cergy-Pontoise, o a centros de cultura científica, técnica e industrial, es decir, centros de mediación científica destinados al público en general, como el 127° de Cap Sciences en Burdeos o el Fab Lab de la Casemate en Grenoble. El abono mensual cuesta entre 5 y 35 euros (entre 5,60 y 39 USD).

“Es el mejor lugar del mundo. Tiene todo lo que necesitas para el bricolaje”

Con una configuración similar a la de los fab-labs, los hackerspaces no respetan la carta del MIT al pie de la letra. “El lugar es un medio para compartir conocimientos y no un fin en sí mismo. Lo importante es la comunidad”, explica Coline Babut, fabmanager (o administradora) del Electrolab, un hackerspace instalado en un almacén de 1.500 metros cuadrados en Nanterre, en la región de París. La noción del hackerspace contiene la idea de “modificar un uso o un objeto para convertirlo en otra cosa”, precisa.

Un microscopio electrónico, fresadoras de control digital, una máquina de coser de hierro fundido o una fundición de aluminio: hay para todos los gustos y la cotización mensual media es de 20 euros (23 USD). El resultado es un público muy diverso que va desde el ingeniero especializado en aeronáutica al emprendedor, pasando por el simple manitas. “Es el mejor lugar del mundo. Tiene todo lo que necesitas para el bricolaje”, dice entusiasmada Agnès Darmon, óptica y miembro del Electrolab desde hace dos años, que se clasificó para el concurso de mejor trabajador de Francia y actualmente trabaja en un prototipo de gafas.

Otros terceros espacios que combinan diferentes modelos utilizan el término más genérico de makerspaces, literalmente “espacio para hacer”.

Otro ejemplo de tercer espacio, los Living Labs, tienen por objeto agrupar iniciativas locales, mediante la asociación de actores públicos y privados, empresas y asociaciones, con el fin de promover servicios, instrumentos y métodos innovadores, principalmente en el campo de las tecnologías de la información y digitales. Los Living Labs, puestos en funcionamiento en 2006 por la presidencia finlandesa de la Comunidad Europea, deben presentar su candidatura antes de recibir una certificación de la asociación ENoLL (European Network of Living Labs). Es el caso de Brie’Nov, situado en Doue (Île-De-France). En concreto, durante los últimos meses, Brie’Nov ha hecho una labor de promoción y ha presionado a los representantes locales para que apoyen el desarrollo de “Diabète 2.0”, una red social de salud destinada a facilitar el seguimiento y la atención de los pacientes de diabetes.

Reducir los costes, aumentar los intercambios

La explosión del fenómeno de los terceros espacios se debe a varios factores. En primer lugar, el auge de la condición de autónomo y del teletrabajo, vinculado a la revolución de las nuevas tecnologías. Gracias al espacio y el material compartidos, los terceros espacios permiten compartir los costes. “La cuestión del lugar de trabajo es muy complicada para los autónomos. El alquiler de un espacio privado me habría supuesto una inversión demasiado alta”, destaca Nathalie Bontemps. Se escucha lo mismo en el Electrolab, un hackerspace que “da acceso a herramientas industriales que no hubiéramos podido adquirir ni instalarnos en casa o en el garaje”.

Además del aspecto material, también existe una dimensión de colaboración humana. Los “terceros espacios” permiten efectivamente romper con el aislamiento del autónomo. “Es más fácil motivarse en compañía”, confirman Marie Paniez y Myriam Coulibaly, que van a poner en marcha juntas empresas que proponen servicios que combinan la jardinería y los masajes.

“La emulación es constante. Nos vemos, hablamos y, poco a poco, nos damos cuenta de que surgen las ideas”, resume Martin de Bie, profesor de la École Nationale Supérieure des Arts Décoratifs de Paris y miembro del hackerspace DataPaulette, especializado en el ámbito textil y de las tecnologías digitales.

Martin de Bie evoca otro factor: la necesidad cada vez más importante de adquirir nuevos conocimientos y técnicas durante toda la vida profesional, es decir, reciclarse.

“Todos estos lugares permiten adquirir competencias suplementarias. Personalmente lo utilizo como laboratorio de ensayo”, afirma.

El reciclaje, el préstamo, la “desmovilidad” (es decir, el hecho de reducir los desplazamientos) o la frugalidad energética: los “terceros espacios” son también la expresión de un interés creciente por la transición ecológica. En este sentido, el Electrolab de Nanterre es un modelo, ya que se construyó en casi un 80% con materiales reciclados. “El mantenimiento y la reparación de las máquinas son realizados por los propios miembros de forma voluntaria”, añade Coline Babut.

Es difícil encontrar inconvenientes a este fenómeno, aunque ciertos miembros admiten que la filosofía que lo acompaña no está necesariamente adaptada a todo el mundo. “Desde el exterior los terceros espacios pueden parecer un poco cerrados”, reconoce Martin de Bie. Según él, los posibles interesados deben ceñirse a dos reglas de oro: “no tener prisa” y “no esperar a que los demás hagan las cosas por ellos”.

Encontrar financiación para apoyar los proyectos

En su informe, Patrick Levy-Waitz alienta a las instancias públicas a acompañar y proteger estos “terceros espacios” que pueden ser fuente de enriquecimiento cultural y económico en el plano local. “Desde el año pasado recibimos una subvención de la ciudad de Nanterre, pero la cantidad nos sirve más para completar inversiones puntuales que para cubrir nuestros gastos de funcionamiento”, precisa Coline Babut.

La ayuda financiera a menudo no basta. Como muchos otros “terceros espacios”, el Electrolab se enfrenta al reto de la profesionalización. Para cubrir sus gastos está pensado en desarrollar actividades de formación y aprendizaje que requieren emplear a nuevos trabajadores. Estos últimos, cualificados como animadores o “facilitadores” de terceros espacios podrían, según indica Patrick Levy-Waitz, recibir un “reconocimiento” y sugiere, por ejemplo, la puesta en marcha de una oferta de formación continua por el Estado.

Según las cifras publicadas por la revista Deskmag, en 2017 ya existían en el mundo más de 10.000 espacios de cotrabajo que se declaran comunitarios, mixtos o de otro tipo y contaban con más de 1 millón de miembros, una cifra que podría alcanzar 1,7 millones de aquí a principios de 2019.

La zona de Asia-Pacíficoy la India va a la cabeza con más de 4.000 terceros espacios, por delante de los Estados Unidos, con unos 3.200, y Europa, con unos 3.000.

Ante este nuevo ecosistema, la implicación de los Estados y las autoridades públicas locales parece mínima por el momento. En 2011, Bélgica puso en marcha el programa Creative Wallonia, que ha permitido apoyar la creación de ocho terceros espacios. El municipio de Tel Aviv, que ha financiado y coordinado dos terceros espacios (uno de ellos una especie de incubadora de empresas de nueva creación) también es un modelo.

This story has been translated from French.