La revolución en pijama: verdades y mitos del activismo de sofá

La revolución en pijama: verdades y mitos del activismo de sofá

En toda movilización hay una pequeña minoría activa en el centro y luego está "la periferia crítica". Aquellos que protestan desde la comodidad de sus pantallas son más útiles de lo que parece, puesto que ayudan a ganar visibilidad.

(Roberto Martín)

La ubicuidad ya no es un don. Basta con tener banda ancha. Gracias a la tecnología, hoy podemos luchar contra el desahucio de una familia, exigir al Gobierno la subida de las pensiones, apoyar a una defensora de derechos humanos iraní o combatir la extinción de las abejas. Todo esto antes de tomar el primer café.

Ni Hércules fue tan productivo en sus doce pruebas. Durante los últimos diez años, las redes sociales han cambiado la forma de hacer activismo. Nunca antes había sido tan fácil abanderar una causa. En la era del compromiso reducido a la mínima expresión –un pulgar hacia arriba– nos hemos convertido en semidioses en pijama.

Más de la mitad de la población mundial tiene acceso a Internet y el valor de las redes sociales es irreprochable en sociedades con restricciones a la libertad de expresión o regímenes dictatoriales. Sin embargo, las opiniones cambian cuando se trata de medir su impacto en el resto. Para unos, es una herramienta eficaz para canalizar el descontento. Para otros, solo es un bálsamo para adormecer las conciencias.

En el año 2009 apareció por primera vez el término slacktivism. Surge de la combinación de palabras inglesas activism (activismo) y slacker (holgazán, vago). Se refiere al activismo ocasional o de sillón. Quienes apoyan esta teoría critican el escaso impacto real de estos justicieros anónimos cuyo compromiso muere en el muro de Facebook. Un activismo de apariencias, puro marketing social.

Esta causa “me gusta”

En junio de 2015, veintiséis millones de personas cambiaron sus fotos de perfil en Facebook por una bandera arco iris. Era la primera vez que esta red social incorporaba la posibilidad de usar un filtro en apoyo a una causa. En aquella ocasión se trataba de celebrar la legalización del matrimonio homosexual en Estados Unidos. Meses después esos mismos usuarios volvieron a cambiar sus perfiles por otra bandera, la francesa, tras el atentado en la sala Bataclan.

Para José Manuel Guerra de los Santos, profesor de Psicología Social en la Universidad de Sevilla, este tipo de comportamientos responden a un mecanismo de refuerzo interno. “A todos nos gusta fortalecer nuestro yo, nuestro ego, sintiéndonos que somos partícipes de buenas acciones. Las redes sociales nos permiten cubrir esa necesidad fácilmente”.

Según él, tiene mucho que ver con la “deseabilidad social”. Apoyar una causa porque es deseable socialmente. “¿Qué pasará luego con esa persona? ¿Irá a una manifestación, se implicará más? Yo creo que no, porque es una solidaridad de bajo nivel”.

Algo así ocurrió con el fenómeno #BringBackOurGirls. Más de un millón de personas –entre ellas, muchas caras conocidas como Michelle Obama– utilizaron el famoso hashtag para pedir la liberación de las 200 niñas secuestradas por Boko Haram. El mundo entero mostró entonces su consternación online pero, a los pocos meses, ya las había olvidado.

Como denunció Unicef en el año 2013, los likes no salvan vidas.

“El activismo de sofá lo único que consigue es sacar temas de debate”, cuenta Ana Isabel Bernal-Triviño, profesora de Comunicación en la Universitat Oberta de Catalunya. “Los hashtag con más difusión tienen un eco después en la prensa. El impacto real no es absoluto, pero puede hacer mucha concienciación”.

Esta profesora y periodista cita por ejemplo al alcance de hashtags feministas como #Metoo, con más de 500.000 reproducciones en las 24 horas desde que apareciera. “Lo que sin duda consiguen es llevar el debate a la agenda de los medios. La propia sociedad ejerce un contrapoder mediático que antes no existía”.

Ríete si quieres, pero funciona

La universidad de Georgetown fue la primera en estudiar en serio el fenómeno del slaktivism. Para sorpresa de la opinión pública, sus investigadores demostraron en 2011 que las críticas a estos activistas perezosos se equivocaban.

Según ellos, quienes comparten causas sociales en sus redes tienen el doble de probabilidades de convertirse en voluntarios. Por tanto, las redes pueden aumentar, o en todo caso no disminuyen, la voluntad de participar fuera de Internet.

En España, la profesora Carmen García Galera dirige el estudio Empoderamiento de los jóvenes a través de las redes sociales. Un proyecto de investigación financiado por el Fondo Social Europeo y la Comunidad de Madrid. De sus encuestas destaca que un 44,9% de los jóvenes se considera comprometido.

La mayoría –un 64%– afirmó haber firmado una petición en línea. La segunda acción más secundada fue darle a “me gusta” –Un 62%–. En tercer lugar, el 44% de los jóvenes afirmó haber acudido a una manifestación, un 39% hizo una donación a una ONG y un 33% colaboró como voluntario.

“Lo que más les afecta es la proximidad social y geográfica. Las causas más lejanas llevan solo a un me gusta o una firma, pero en situaciones próximas se implican más”, asegura García Galera. “También depende de quién le llegue la información. Lo más importante para los jóvenes es su grupo de iguales, si la causa le viene de un amigo le prestará más atención”.

Puede parecernos más o menos sincero, más o menos frívolo; pero según algunos expertos, eso no es lo más importante.

“No hay que pensar en los motivos sino en los efectos finales. Un pequeño clic agregado a otros tiene muchísimo impacto”, explica Ismael Peña-López, profesor de Ciencias Políticas en la Universitat Oberta de Catalunya. Es lo que se ha denominado “el efecto de la periferia”.

En toda movilización hay una pequeña minoría activa en el centro y luego está “la periferia crítica”. Aquellos que protestan desde la comodidad de sus pantallas son más útiles de lo que parece, puesto que ayudan a ganar visibilidad. Se demostró en movimientos como el 15M en España o las protestas en Turquía por el Parque Gezi. Puede que simplemente compartan un tuit pero, en conjunto, sus acciones sirven para duplicar el alcance de los manifestantes principales.

La fórmula del éxito

Moumine Kone estuvo apunto de ser deportado a su país, Mali. Después de diez años viviendo en España, el Gobierno le denegó la solicitud de asilo. 170.000 personas firmaron para que Mou se quedara. Su historia es hoy una de las últimas victorias de Change.org.

Con más de 220 millones de usuarios, esta plataforma de firmas es el paradigma del activismo en línea. Una herramienta que permite a ciudadanos anónimos recabar miles de apoyos para sus luchas personales. Ellos mismos crean las peticiones, sin filtros. Solo se prohíben aquellas que inciten a la violencia o vayan contra la legalidad. Cada semana, 3.000 nuevas causas buscan nuestra complicidad en las redes. “Internet permite romper barreras y que la gente pueda empatizar contigo sin importar dónde esté”, cuenta Javier Sánchez de Change.org España.

Esta empresa social sustituye a las clásicas mesas petitorias en la calle con una diferencia. Las firmas de Change no son oficiales a efectos legales, ya que los firmantes no están obligados a dar el número de su documento de identidad. El auténtico valor de estos apoyos está en su poder de difusión.

“Las firmas dan visibilidad, pero lo importante es qué haces luego con ellas. Para conseguir una victoria hay que trabajar online y offline (en línea y en el mundo real) y eso incluye pedir reuniones, hablar con los medios, hacer concentraciones”, insiste Sánchez.

Coincide con él Ismael Peña-López. “El éxito de una campaña en redes depende de lo que haya detrás, si lo que hay es sólido, si existe una red de personas bien articulada”. Un buen ejemplo es el movimiento #Blacklivesmatter contra la discriminación racial en EEUU. Su estrategia fue precisamente esa, combinar el activismo de siempre en la calle con el digital.

“Hay un punto que no es negociable y es que esas tecnologías ya están aquí para siempre. Subestimarlas es una mala aproximación, como también lo es idealizarlas”, defiende el profesor de Ciencias Políticas.

Manifestaciones y likes pueden ser igualmente útiles o inútiles. Lo que parece claro es que hoy ambas se necesitan.