Las múltiples caras de la explotación laboral

Las múltiples caras de la explotación laboral

An Indonesian working in the fishing sector.

(ILO-OIT/A.Mirza)

Es una amarga verdad: a pesar de los avances tecnológicos y de que todos nuestros derechos fundamentales están consagrados por el derecho internacional, la mayor parte de la humanidad sigue hollada bajo las ruedas del capital globalizado. Se trata de una explotación racial y de género. Niños asiáticos confeccionan parte de la ropa que portamos; en campos, fábricas y hogares privados mujeres negras y de tez morena trabajan padeciendo agresiones y abusos indecibles; los pueblos indígenas están siendo expulsados de sus tierras ancestrales por las grandes multinacionales con el respaldo de gobiernos o son asesinados y acosados si se resisten; y los migrantes económicos procedentes de países "indebidos" son criminalizados, traficados y forzados a elegir entre una pobreza infranqueable en casa o una vida de servidumbre en el extranjero, debido a las deudas, al robo de sus salarios y otras formas de explotación y discriminación.

Según la Organización Internacional del Trabajo, en el mundo hay 40,3 millones de personas víctimas de la esclavitud moderna y 24,9 millones sometidas a un trabajo forzoso. Este lunes se celebró el Día Mundial contra la Trata de Personas, ¿las víctimas?: en un 71% de los casos mujeres y niñas. Estas escalofriantes estadísticas revelan la dimensión del problema, pero no ponen de relieve la magnitud del esfuerzo que se está realizando para poner fin a la explotación extrema de los trabajadores, algo que esperamos demostrar en esta cuarta edición de nuestra nuestra serie de artículos de verano.

En Oriente Medio, por ejemplo, donde decenas de miles de mujeres migrantes de Asia y África trabajan en el sector de los servicios de atención, principalmente como trabajadoras domésticas, el "sistema de patrocinio" kafala sigue impulsando el crecimiento económico, a pesar de que deja a las trabajadoras completamente vulnerables a todo tipo de abusos. Los infatigables esfuerzos de los sindicatos y la sociedad civil han propiciado importantes reformas para los trabajadores migrantes en Qatar, por ejemplo. En cambio en Líbano —donde Florence Massena nos cuenta el caso de la trabajadora doméstica etíope que saltó de un segundo piso para escapar de los abusos de su agresiva jefa, una diseñadora de moda— los activistas locales tienen una capacidad limitada de proteger a las trabajadoras domésticas debido a que están excluidas de las leyes laborales.

Se calcula que en todo el mundo, 152 millones de niños y niñas de entre 5 y 17 años son víctimas del trabajo infantil y casi la mitad trabaja en condiciones peligrosas. Aproximadamente 62,1 millones de menores trabajadores se encuentran en la región de Asia y el Pacífico. Como informa Laura Villadiego desde Indonesia, el país está muy lejos de cumplir su promesa de erradicar el trabajo infantil en 2022: aunque existen leyes que protegen a los menores de la explotación laboral, el problema es la aplicación de las mismas.

A pesar de que las multinacionales están empezando a asumir una creciente responsabilidad para poner fin a la esclavitud moderna en sus cadenas de suministro, la explotación está muy extendida en la agricultura mundial. La difícil situación de los trabajadores de las plantaciones de aceite de palma en Guatemala, que pone de relieve Nazaret Castro en su artículo, encarna muchos de los problemas a los que se enfrentan las comunidades de los países en desarrollo.

En los agronegocios, además de la contaminación de los ríos, la deforestación y las peligrosas repercusiones de los agroquímicos que conllevan, los trabajadores padecen "condiciones laborales que recuerdan a la era de la esclavitud".

"[Los cultivadores] faenan muchas horas por poco dinero, sin horarios fijos, y tienen que comprar sus propios equipos. Pero no hay otra. Si tuvieran otra fuente de ingresos, no lo harían, pero tienen que comer", señaló un granjero a Equal Times.

En Europa, los trabajadores migrantes son los más explotados y criminalizados, sobre todo en el trabajo sexual, donde decenas de mujeres y niñas son víctimas de la trata. Incluso aquellos que ‘eligen’ vender sexo suelen hacerlo porque no tienen otras opciones. Pero la ley no los trata así. Como explicó una trabajadora sexual a la periodista Linda A. Thompson: "Se supone que todas estas leyes que crean protegen a las mujeres, pero todo lo que consiguen es aumentar la violencia contra nosotras. Nos dejan sin herramientas para defendernos".

CNN describió Mauritania como "la última fortaleza de la esclavitud". Es uno de los pocos países que quedan donde, según la organización Anti-Slavery International, "las personas [de origen afromauritano o haratino] siguen naciendo en la esclavitud, son literalmente propiedad de otras personas y padecen toda una vida de abusos y trabajos forzados". El verano pasado, este medio publicó el documental de Bryan Carter que ahonda en las terribles condiciones de esclavitud que obligan a un 20% de la población a trabajar en granjas y en hogares sin recibir salario alguno y sin posibilidad de obtener su libertad.

Las historias mencionadas son sólo algunos de los ejemplos de explotación extrema a la que se enfrentan hoy los trabajadores en todo el mundo. La solución no está sólo en manos de los gobiernos y de las empresas, ni de la sociedad civil o los sindicatos. Cada uno de nosotros, como trabajadores individuales y como consumidores conscientes, debemos asumir el papel que nos corresponde para garantizar su erradicación.

Lensa, la trabajadora del hogar etíope maltratada en el Líbano, es “el vivo retrato de la kafala”

Por Florence Massena

A migrant domestic worker from Ethiopia holds a placard during a march demanding basic labour rights in Beirut, Lebanon, on 3 May 2015. There are more than 250,000 migrant domestic workers in Lebanon, mostly women from Asia and Africa, and the recent case of Lensa Lelisa has highlighted the terrible abuse that many of them face.

Photo: AP/Bilal Hussein

Poco importa el número de veces que se haya oído hablar acerca del abuso y la explotación de que son víctimas los trabajadores del hogar migrantes en Oriente Medio, no por eso las historias resultan menos sobrecogedoras, como lo demuestra el terrible caso de Lensa Lelisa.

En marzo, esta joven etiope de 21 años, trabajadora del hogar en Beirut, Líbano, llegó a los titulares después de saltar desde un balcón del segundo piso de la casa de su empleadora, la diseñadora de moda libanesa Eleanore Ajami. Intentaba escapar de los violentos malos tratos que ella y otra compañera etíope padecían, según cuenta, a manos de Ajami y de sus tres hijos adultos: Alexis, Crystel y Joe Khalil.

Lensa se rompió las dos piernas al caer y se lastimó la cara. En un vídeo grabado desde su cama de hospital por This is Lebanon, una agrupación que da a conocer las historias de los malos tratos de que son víctimas los trabajadores del hogar en el país, Lensa describe cómo le “maltrataron desde el principio”: “Me torturaban y yo no podía hacer nada para salvarme. Me golpeaban todos los días con un cable eléctrico, se enredaban las manos con mi pelo y me arrastraban por la habitación. Me golpeaban la cabeza contra las paredes”.

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Indonesia avanza despacio en su lucha contra el trabajo infantil

Por Laura Villadiego

A 13-year-old working on an oil palm plantation on the island of Sumatra, Indonesia.

Photo: Laura Villadiego

El pasado 26 de octubre, Putri y Surna acudieron, como cada día, a la fábrica de petardos en la que trabajaban en Tangerang, un distrito a las afueras de Jakarta, la capital de Indonesia. Aquel día, sin embargo, no sería un día normal. Una chispa entraría en contacto con la pólvora almacenada y la fábrica saltaría por los aires, dejando 47 muertos, entre ellos Putri y Surna. Sus casos fueron, sin embargo, especiales; Putri y Surna tenían tan sólo 14 y 15 años, respectivamente, y su empleo en la fábrica era ilegal.

No es un caso aislado. A pesar de que el gobierno de Indonesia publicó una hoja de ruta en 2015 para erradicar el trabajo infantil en el país para el año 2022, la presencia de menores en fábricas y plantaciones sigue siendo una realidad cotidiana en el país asiático a cuatro años de que termine el plazo.

Así, según el último informe del Departamento de Trabajo de Estados Unidos, aunque Indonesia registró “mejoras moderadas” en los esfuerzos dedicados a eliminar las peores formas de trabajo infantil en 2016, mejoras como la creación de grupos de trabajo contra la trata de personas en varias provincias o el desarrollo de redes de inspectores en las comunidades que puedan informar de casos de trabajo infantil, los menores aún realizan tareas peligrosas en las plantaciones de aceite de palma y de tabaco y también están presentes en la industria del sexo.

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Los nuevos esclavos en tierra maya: impactos de la palma aceitera en Guatemala

Por Nazaret Castro

In this photo from 2012, oil palm workers are taken back to their villages after a day’s work on the plantations of Sayaxché, Guatemala.

Photo: AP/Rodrigo Abd

Parece limpia, es de una exuberante belleza, pero la laguna está contaminada. Y de esa laguna depende la vida de los 700 habitantes de la Cooperativa Manos Unidas, una comunidad perteneciente al municipio de Sayaxché, departamento de Petén, al norte de Guatemala.

Manos Unidas se ha convertido en la última frontera de resistencia frente al avance de la palma aceitera en la región, pues es la única comunidad que aún conserva tierras; y lo es, aseguran sus habitantes, porque las tierras gozan de propiedad colectiva. La tenencia colectiva complicó el éxito de las estrategias de las empresas palmeras, que en las comunidades vecinas forzaron a los campesinos a vender con amenazas veladas y oscuros argumentos, según denuncian las tres comunidades visitadas para este reportaje. Por eso, y por la tenacidad y conciencia política de estas gentes, Manos Unidas todavía posee tierras para cultivar maíz y fríjol, y para alquilar a familias de comunidades vecinas.

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“No nos criminalicen, protéjannos”, piden a Europa las trabajadoras del sexo (migrantes)

Por Linda A. Thompson

The majority of sex workers in Europe today are migrants, refugees and asylum seekers.

Photo: AP/Christophe Ena

Tras destaparse en 2014 que los solicitantes de asilo en Irlanda habían empezado a vender sexo porque no podían sobrevivir con los subsidios en efectivo que recibían de los centros de acogida, la ministra de Justicia de ese país, Frances Fitzgerald, se apresuró a ordenar una investigación sobre estas denuncias y declaró a la radio irlandesa que estaba examinando la introducción de una ley que tipificara la compra de sexo como delito.

Luca Stevenson, coordinador del Comité Internacional de Derechos de los Trabajadores del Sexo en Europa (ICRSE, por sus siglas en inglés) señala que los solicitantes de asilo residentes en los centros de acogida recibían por ese entonces solamente 20 euros a la semana y afirma que la respuesta de Fitzgerald pasa por alto las condiciones estructurales que empujan a las mujeres a vender su cuerpo. En lugar de perseguir a aquellos que pagan a las mujeres por la prestación de servicios sexuales, considera que: “es preciso dar mayores subsidios a los solicitantes de asilo, a los migrantes y a los refugiados para que no tengan que verse abocados a vender sexo”.

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Mauritania, un país al que le cuesta deshacerse de la esclavitud y el trabajo forzoso

Por Bryan Carter

Mauritania became the last country in the world to outlaw slavery, but despite government promises to enforce abolition, Mauritania still has one of the largest populations of enslaved people on earth.

Photo: Equal Times/Bryan Carter

“Nuestra libertad y nuestra dignidad no estarán realmente y plenamente garantizadas mientras siga habiendo esclavos en este país”.

Si se toma fuera de contexto, esta frase parece remitirnos directamente a las páginas más sombrías de la historia de la humanidad. Sin embargo, no fue pronunciada en el Siglo XIX, sino hace apenas unas semanas, por Boubacar Messaoud, reconocido defensor de los derechos humanos en Mauritania, que lucha desde hace décadas para poner fin a la lacra de la esclavitud que continúa asolando su país.

Las estimaciones sobre el número de esclavos en Mauritania varían según las fuentes, situándose entre el 1,06% y el 20% de una población de alrededor de cuatro millones de habitantes, aunque es prácticamente imposible determinar con exactitud la amplitud de un fenómeno múltiple que se encuentra profundamente arraigado en todos los engranajes de la sociedad.

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