Las universidades de Pakistán, el nuevo campo de batalla de la guerra contra el extremismo

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El 13 de abril, Ammar Ali Jan, académico y activista paquistaní, fue despedido de su trabajo como profesor adjunto en la Universidad del Punjab (en Lahore), supuestamente por haber expresado solidaridad con el Movimiento de Protección de los Pastunes (PTM, Pashtun Tahafuz Movement), un grupo defensor de los derechos civiles encabezado por la segunda minoría étnica más importante de Pakistán, los pastunes.

En una confrontación excepcionalmente directa con el poderoso Ejército del país, el PTM le ha acusado de perpetrar graves abusos de los derechos humanos en su guerra contra el terrorismo en la provincia suroccidental de Balochistán y en las Áreas Tribales bajo Administración Federal que se extienden a lo largo de la frontera con Afganistán.

Durante las dos últimas décadas esta región se ha convertido en un escenario de militancia religiosa, de guerra de drones estadounidenses y de operaciones militares nacionales. Los pastunes representan aproximadamente el 15% de los 207 millones de habitantes de Pakistán, y sus activistas reclaman ahora el fin de las desapariciones y de los asesinatos extrajudiciales de jóvenes pastunes varones presuntamente perpetrados por las fuerzas de seguridad de Pakistán.

El grupo también condena el sofisma racial que presenta a los hombres pastunes de clase trabajadora como terroristas y salvajes y que da lugar a las humillaciones diarias a las que se ven sometidos en los puestos de control militar y en el mercado de trabajo.

El movimiento ha organizado manifestaciones masivas por todo el país a pesar de la censura mediática y de la detención arbitraria de sus líderes y simpatizantes.

El despido de Jan es una manifestación de un sector de la educación pública basado en la propaganda nacionalista y la censura intelectual. Jan considera que su despido ha sido un castigo por haber motivado a los estudiantes procedentes de entornos desfavorecidos a desarrollar un espíritu crítico y a participar en actividades políticas progresistas y no violentas, a menudo censuradas por las élites en el poder. “Me dijeron que estaba prestando demasiada atención a ‘asuntos sin importancia’ como el empoderamiento de las mujeres y el racismo institucional, algo supuestamente perjudicial para la ‘paz’ en los campus”, explica a Equal Times. “Entiendo las razones de dicha decisión: no quieren docentes, quieren vigilantes que puedan mantener a los jóvenes a raya”.

Según el Informe Nacional sobre Desarrollo Humano (NHDR) publicado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) a principios de este mes, Pakistán es actualmente uno de los países con más jóvenes: un 64% de la población tiene menos de 30 años.

Adil Najam, autor principal del informe, señala en éste que “lo más útil que se puede hacer es crear oportunidades significativas en el ámbito de la educación, el empleo y el compromiso, que permitan empoderar a nuestros jóvenes para que puedan desarrollar todo su potencial”.

El informe establece además que, de un total de 195 países, solo 14 están invirtiendo en educación menos del 2,3% del PIB que invierte Pakistán. En términos de distribución del desarrollo, la provincia relativamente rica de Punjab ocupa el lugar más alto según el Índice de Desarrollo Humano de Pakistán, mientras que Balochistán ocupa el más bajo.

“Consecuencias peligrosas para la unidad nacional”

Por otra parte, los jóvenes pastún-baluchis están surgiendo como un grupo especialmente marginado en la crisis de la educación pública de Pakistán. Según la Comisión de Educación Superior de Pakistán, en Pakistán hay un total de 163 universidades a las que acuden 120 millones de jóvenes, 66 de las cuales son privadas y 97 públicas. La mayoría de las universidades públicas están en Punjab, mientras que solo cinco están en Balochistán. En consecuencia, muchos jóvenes pastún-baluchis se ven obligados a intentar estudiar en Punjab, donde se encuentran con discriminación y violencia étnica.

El Ejército paquistaní tiende a ser intolerante ante cualquier crítica de sus políticas, e interpreta esta disconformidad como una amenaza para la unidad y la seguridad nacional. Taha Siddiqui, un periodista exiliado que logró escapar de un intento de secuestro tras haber criticado al Ejército, y que más adelante fundó el órgano de control de la censura safenewsrooms.org, considera que la represión de la diversidad no favorece en absoluto la unidad de Pakistán. En cambio, la inclusión en la educación –y, por extensión, en la sociedad, en el trabajo y en la política– podría contribuir al restablecimiento de un país dividido.

“Temo que volvamos a ser testigos de lo que vivimos en 1971, cuando el Ejército violó los derechos de Pakistán Oriental [actualmente Bangladés] y acabó perdiendo la mitad del país. Los pastunes son el segundo mayor grupo étnico de Pakistán y excluirlos es empujar a Pakistán a una confrontación que podría tener consecuencias peligrosas para la unidad del país”, dice Siddiqui.

Si bien algunas universidades privadas ofrecen un espacio para las mentes críticas, estas instituciones siguen siendo inaccesibles para la gran mayoría de los estudiantes jóvenes. Según Khalid*, profesor de Literatura Inglesa, los estudiantes se ven constantemente excluidos de una educación de calidad prohibitiva, lo que provoca falta de movilidad social y a una división de clases cada vez mayor. “En Pakistán solo pueden estudiar los que tienen dinero. Cuanto más rico seas, mejor será la educación que recibas y más valorada estará tu carrera”, explica.

Al carecer de recursos y prestigio, las universidades públicas no consiguen atraer a los docentes más brillantes y competentes, pero Jan y Khalid consideran que los privilegiados tienen que superar las barreras sociales y contribuir a la democratización de la educación en Pakistán. “Al fin de cuentas, de estas universidades va a salir una generación de médicos, agentes de policía, abogados, jueces, políticos, economistas, docentes, etc. que no estarán adecuadamente preparados para pensar de manera crítica, para reflexionar sobre sí mismos ni para cuestionar el poder”, afirma Jan.

Khalid señala que la falta de oportunidades materiales ha creado un entorno encarnizado en todo el país, y las instalaciones educativas, deliberadamente o de concierto, perpetúan el status quo en lugar de dotar a los estudiantes de la capacidad intelectual para construir un futuro mejor. “Las instituciones educativas pueden engendrar crueldad, sobre todo debido a la competencia. Yo he aprendido lo importante que es continuar hablando una y otra vez sobre la compasión”, concluye Khalid.

Recrudecimiento de la radicalización

En los últimos años se han vinculado una serie de ataques terroristas a estudiantes de universidades reputadas. Un extenso estudio llevado a cabo por el British Council examina los antecedentes académicos de cerca de 400 militantes de la región de Oriente Medio y el Norte de África y concluye que la mayoría de ellos eran licenciados en gestión empresarial, ingenieros, médicos o científicos. Al examinar el vínculo entre educación y extremismo, el estudio apunta a que la decisión de una persona de abrazar la violencia podría estar vinculada a su incapacidad para cuestionar las ideas recibidas o puntos de vista alternativos. Así pues, la educación no es simplemente una cuestión de desarrollo sino también una cuestión de seguridad, concluye el estudio.

La escala de radicalización en las universidades paquistaníes dista mucho de ser sistémica, y hay que tener cuidado de no exagerar el peligro y que no sirva de excusa para controlar a los estudiantes. No obstante, según Wasif Rizvi, presidente de la Universidad de Habib en Karachi, el problema del extremismo es una consecuencia inevitable de las políticas educativas que rechazan la libertad de expresión y la investigación académica.

“Este tipo de políticas crean una sensación de desconexión entre las experiencias vividas y las experiencias educativas de las personas. El hecho de no hablar con los estudiantes no va a impedir que piensen sobre lo que está sucediendo en Pakistán y en el mundo exterior. Ellos van a seguir formándose opiniones, lo cual puede resultar torpe y peligroso porque no se les enseña a cuestionarlas”, explicaba en una charla sobre el extremismo en las universidades a principios de este año.

Khalid coincide con él: “Nuestros jóvenes realmente quieren aprender, pero la educación pierde su significado cuando está desconectada de las experiencias que viven, como sucede cuando a los estudiantes de Ciencias Políticas se les prohíbe [participar en] la política. Yo he aprendido mucho sobre el mundo a través de mis estudiantes, porque aportan experiencias reales al aula. Ellos son los más afectados por lo que está sucediendo en el país”.

Desde los años 1950 hasta la década de 1970, Pakistán fue cuna de todo tipo de movimientos estudiantiles, cada uno de ellos implicado activamente en una rivalidad ideológica con los demás. En 1984 (en plena guerra afgano-soviética), el dirigente militar de Pakistán, el general Zia-ul-Haq, prohibió los sindicatos de estudiantes en todo el país, pero siguió promoviendo los grupos religiosos y nacionalistas establecidos para bloquear las influencias comunistas y seculares en las universidades públicas, una estrategia utilizada desde entonces por diversos partidos de derechas. Las posteriores tentativas para reactivar los sindicatos de estudiantes no han conseguido dar resultados significativos.

“Actualmente vemos juventudes de diversos partidos políticos que imponen su voluntad al alumnado, pero no vemos realmente órganos estudiantiles democráticamente elegidos que luchen por los intereses de los estudiantes”, dice Yasir*, un investigador de Sociología de la Universidad del Punjab.

Disidencia en peligro

Para Jan y Khalid, la prohibición de los sindicatos de estudiantes ha estancado el desarrollo de una cultura democrática en Pakistán, convirtiendo las universidades en lugares donde la disidencia se está viendo cada vez más amenazada.

El 27 de mayo, 320 alumnas de la Universidad de Minhaj en Lahore fueron expulsadas de sus residencias de estudiantes por haber filtrado un vídeo en el que se veía a un miembro de la administración insultándolas por protestar por un toque de queda impuesto a las 18h. El año pasado, el estudiante de Periodismo Mashal Khan fue linchado por un turba de 50 compañeros de clase a raíz de una falsa acusación de blasfemia. Y en abril, a Manzoor Pashteen, líder del Pashtun Tahafuz Movement, se le prohibió acceder y hablar en su antigua universidad, la Universidad de Gomal, presuntamente tras ciertas presiones entre bastidores.

Al mismo tiempo, Jan y su compañero también se convirtieron en blanco de campañas difamatorias y amenazas de muerte cuando una organización “estudiantil” religiosa-nacionalista denominada Islami Jamiat-e-Talba (IJT) les acusó de llevar a cabo actividades “contra el Estado” –una acusación cada vez más peligrosa en Pakistán–. Jan y su compañero habían organizado un círculo de estudio durante una protesta convocada por estudiantes pastunes, en el que rindieron homenaje a la resistencia no violenta de Gandhi contra el Imperio Británico.

La IJT utiliza la violencia para dictar su propio código de conducta en la Universidad del Punjab, intimidando a menudo a los docentes para que practiquen la auto-censura o simplemente interrumpiendo las clases. Esto puede ser especialmente difícil para las mujeres estudiantes, cuyo acceso a la educación ya está bastante limitado por la censura patriarcal.

La última ronda de violencia entre estudiantes pastunes y la IJT se produjo en marzo después de que integrantes de la organización agrediera a varios estudiantes pastunes por celebrar su “Día de la Cultura”, lo que desembocó en represalias y el cierre de los campus. A medida que las noticias de la violencia se extendían por la ciudad, la gente empezó a entrar en pánico. Una estudiante que sobrevivió a un ataque con ácido dice que le preocupaban las repercusiones que el incidente pudiera tener para su futuro educativo. “Mis padres ya están traumatizados, y yo temía que no me dejaran ir más a la universidad; que otro espacio público, otro derecho, se volviera inaccesible para mí”.

Jan cree que la educación es el principal campo de batalla de la guerra de Pakistán contra la pobreza y el extremismo, y académicos y activistas a favor del pacifismo procedentes de todas las vertientes del espectro político tienen que trabajar juntos para luchar por la recuperación de estos espacios de manos de quienes desalientan el pensamiento crítico y la investigación intelectual abierta.

“Algunos grupos explotan el sentimiento de alienación que padecen nuestros jóvenes. Si transmitiéramos a los estudiantes un sentimiento distinto de comunidad basado en la bondad, en la solidaridad y en la apertura mental, y les prometiéramos además un futuro mejor en el que pudieran conseguir mejores empleos y un lugar en la sociedad de la cual se sienten [actualmente] excluidos y alienados, entonces sí que empezaríamos a observar un cambio de discurso”, recalca Jan. “Entonces sí que podríamos unir verdaderamente a este país”.

Este artículo ha sido traducido del inglés.

*Pseudónimos debido a peticiones de permanecer en el anonimato.