Los guardianes de la papa andina

Los guardianes de la papa andina

Los agricultores andinos lo tienen claro. Su forma de lucha contra el cambio climático se basa en mantener el calendario y respetar las fases de la luna: sembrar en octubre para cosechar entre mayo y agosto.

(International Potato Center/Centro Internacional de la Papa)

La Pachamama o Madre Tierra es el lugar más sagrado para los agricultores andinos. Jose Palomino, de 65 años y natural de Andahuaylas, se inició en el cultivo de la patata durante la infancia, junto a sus padres. En esta provincia peruana, situada a 2.995 metros de altitud, su población depende de la cosecha del producto autóctono más preciado: la patata de los andes, o, como prefieren llamarla en quechua, “papa”.

Palomino produce todos los años cientos de variedades: rojas, moradas, rosadas, amarillas e incluso azules. Reúne más de 60 colores y pigmentos y posee una colección de 800 variedades de papa nativa, lo que atrae hasta sus terrenos a genetistas y agricultores de todo el mundo.

“La papa es patrimonio del Perú y una de las grandes contribuciones de nuestro país al mundo”, dice quien ha logrado que sus parcelas sean un ejemplo de conservación.

Reconoce que tienen soberanía alimentaria, pero le preocupa la falta de protección al agricultor andino en el contexto actual: “El cambio climático está afectando a la papa, aparecen muchas enfermedades que antes en altitud no existían”. Cree en la sabiduría de la naturaleza y cuida, como el resto de agricultores locales, sus recursos: “Nuestra forma de luchar contra el cambio climático es mantener el calendario y respetar las fases de la luna, sembrar en octubre para desde mayo cosechar, hasta agosto”.

El papel de la ciencia, fundamental

La tradición se mantiene en los Andes mientras, desde Lima, la ciencia une fuerzas en la lucha frente al cambio climático. El Centro Internacional de la Papa (CIP), un organismo internacional que desde 1971 vela por salvaguardar la seguridad alimentaria y es el mayor custodio mundial de patata, colabora con los agricultores en un viaje del campo a los tubos de ensayo y de vuelta a su lugar de origen.

Desde sus laboratorios se lleva a cabo la repatriación de semillas de variedades nativas libres de virus, más resistentes al cambio, que han demostrado tener mayor rendimiento y ayudan a los agricultores a recuperar sus variedades en peligro. Palomino confirma que gracias a esta colaboración se pueden llegar a producir más toneladas orgánicas por hectárea.

En las instalaciones del CIP, una figura rústica con reminiscencias de antigua civilización recibe al visitante con tubérculos en ambas manos. Allí se encuentra el mayor banco de germoplasma con los recursos genéticos in vitro. Un edificio a prueba de terremotos y tecnología punta que alberga, a perpetuidad y por mandato de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, según sus siglas en inglés), casi 5.000 variedades de patata y miles más de camote (o batata), llegadas desde Perú, Bolivia, Ecuador, Chile y otros lugares de América.

Oscar Ortiz, director general adjunto de Investigación y Desarrollo del centro explica que salvaguardar esta diversidad es fundamental porque en el campo ya comienza a perderse: “El cambio climático es un gran desafío. Habrá menos agua en los Andes y mayor temperatura. La papa es un material genético desarrollado durante miles de años en los Andes y no tiene valor en moneda, es incalculable, pero los genes están ahí para resolver problemas de cambio climático y hambruna, ahora y en un futuro. Esa es nuestra función”.

La patata se originó en Perú hace 8.000 años y llegó a Europa en el siglo XVI a través de los españoles como una anécdota botánica. Hoy, el clima desértico, de alta montaña y selva en el país andino permite a los científicos investigar la adaptación y desarrollo de tecnologías que luego son enviadas a África y Asia. Por ello, tras 45 años de recorrido, el CIP cuenta con oficinas en Ecuador, Kenia, India y China, y presencia en 20 países más. En todos ellos se trabaja con pequeños agricultores para mejorar sus condiciones de vida, ingresos y niveles de nutrición.

En paralelo, con una mirada puesta en el futuro, experimentan en crio preservación para mantener pequeños brotes congelados y estudiar en 50 años su reactivación. “Necesitamos desarrollar variedades que resistan al calor, que toleren la sequía. Se requiere ciencia avanzada como la genómica para identificar los genes y variedades más resistentes ante los cambios que se avecinan”, afirma Ortiz.

De acuerdo con el CIP, en las últimas décadas la producción de patata ha superado la de cualquier otro cultivo en los países en desarrollo y es fundamental para la seguridad alimentaria de millones de personas en Suramérica, África y Asia.

Es el tercer cultivo más importante en consumo mundial, después del arroz y el trigo. Más de 156 países la producen y mil millones de personas en el mundo la consumen regularmente.

“La tecnología desarrollada por el CIP y adoptada en países en desarrollo genera 150 millones de dólares anuales en valor”, apunta Ortiz. Son cultivos que se producen y consumen localmente, por lo que las poblaciones mantienen su nivel de seguridad alimentaria cuando otros cultivos no están disponibles o el producto no se puede importar, sobre todo en tiempos de crisis de precios.

Papas para un desarrollo sostenible

Paliar el hambre, lograr seguridad alimentaria, mejorar la nutrición y promover la agricultura sostenible son algunos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Unas metas que trabajan desde el CIP, pero que presentan más desafíos que nunca. En 2050 la población mundial alcanzará los 9.000 millones de personas, según datos de la ONU, y serán los países en desarrollo los que mayor crecimiento experimenten. La tierra, el agua y los recursos naturales sufrirán en éstos mayores presiones, por lo que no se pierde de vista el hecho de que la patata produce más comida en menos tierra y más rápido que cualquier otro gran cultivo alimenticio.

“Nuestra razón de ser es apoyar la agricultura para el desarrollo. Trabajamos donde hay acceso limitado al mercado o el sector privado no está presente”, afirma director general adjunto de Investigación y Desarrollo del CIP.

Sus logros ya son visibles. En 2016, tres investigadores del CIP fueron galardonados con el Premio Mundial de la Alimentación (World Food Prize) por desarrollar y llevar el camote de pulpa anaranjada a muchos hogares africanos. En este continente, el alto contenido en vitamina A del tubérculo ayuda a paliar la malnutrición de millones de niños y los problemas de ceguera derivados de ésta.

De regreso al altiplano andino y en el corazón del Valle Sagrado de los Incas, se encuentra el Parque de la Papa. Una extensión de 9.000 hectáreas donde cinco comunidades autóctonas trabajan conservando el cultivo ancestral. En terrenos a una altitud sobre el nivel del mar de entre 3.400 y 4.600 metros reúnen 1.334 variedades. Un ecosistema agrario que colabora con el CIP y es el mayor custodio natural del mundo. Las comunidades gestionan también microempresas que favorecen a las mujeres, un restaurante, un centro de artesanía, un banco de semillas muy demandado, un centro de procesamiento de plantas medicinales, un museo y el creciente agroturismo.

La ONG Asociación Andes se encarga de velar por la biodiversidad y sostenibilidad de este parque modelo. Su director de programas, Alejandro Argumedo, explica que el paisaje agrícola andino en forma de terrazas es una de las grandes fortalezas heredadas de las civilizaciones prehispánicas: “en este ecosistema los agricultores realizan la tradicional rotación anual para estudiar la adaptación de la papa a las presiones climáticas”.

“Los agricultores se sienten orgullosos de crear puentes con los científicos”, afirma Argumedo. La tradición genera economía y teje redes de aprendizaje global entre comunidades y ciencia. En abril, el parque abre sus puertas a 18 países de Asia Central, sureste asiático, África y América. Desde los Andes, aprenderán a implementar este modelo en sus regiones montañosas.