Los sindicatos de Irak contribuyen a la reconstrucción del poder popular

Los sindicatos de Irak contribuyen a la reconstrucción del poder popular

Hashmeya Assadawe speaks at a meeting of the Basra Trade Union Federation.

(David Bacon)

[Esta crónica fue publicada inicialmente el pasado 25/06/2018 en Equal Times. Durante este periodo festivo (24/12 - 5/01) el equipo editorial os propone una selección de artículos, uno por sección, para despedir 2018 y comenzar 2019 con buena nota. A partir del 7 de enero, retomamos nuestra actividad habitual.]

En las elecciones generales que se celebraron en mayo en Irak, Sairum (que significa “Adelante” o “Alianza para las reformas”) consiguió los mejores resultados de los 329 representantes parlamentarios elegidos, obteniendo 55 diputados y 1,3 millones de votos. La alianza de Sairum incluye a los seguidores del poderoso líder chií Muqtada al-Sadr, así como a los del Partido Comunista Iraquí, el Partido del Movimiento Juvenil por el Cambio, el Movimiento por la Reforma y el Progreso, el Grupo Republicano Iraquí y a los de la Coalición del Estado de Derecho. Sairum consiguió en Bagdad el 23% de los votos, casi el doble que todos sus rivales.

El programa de la alianza de Sairum reclama acabar con el sistema que provocó una división de las posturas políticas y el apoyo gubernamental en términos sectarios, un sistema impuesto por Estados Unidos tras su ocupación de Irak en 2011. La idea de basar una estructura gubernamental en partidos políticos sectarios dio lugar a un sistema de clientelismo y al reparto del botín, de lo que trajo consigo una corrupción monumental.

“Voy a decir esto a pesar del amama [turbante] que llevo en la cabeza: lo hemos intentado con los islamistas y han fracasado miserablemente; [es] hora de intentarlo con los tecnócratas independientes”, declaró Al-Sadr declaró en Arab Weekly.

Sairum también pidió independencia de la dominación extranjera por parte de Estados Unidos e Irán. En vísperas de las elecciones, un destacado político iraní, Ali Akbar Velayati, amenazó con tomar represalias si los votantes elegían a Sairum, diciendo: “No vamos a permitir que los liberales y los comunistas gobiernen en Irak”. Muchos políticos seculares condenaron esta declaración considerándola una injerencia en los asuntos internos de Irak.

En la ciudad sagrada chií de Najaf, una de las más conservadoras del país, los votantes eligieron a la candidata del Partido Comunista Iraquí, Suhad al-Khateeb, docente, defensora de los derechos de las mujeres y activista en la lucha contra la pobreza. “Queremos justicia social y ciudadanía, y nos oponemos al sectarismo, y eso es lo que los iraquíes también quieren”, resumió ésta tras su victoria.

La coalición se desarrolló a partir de un movimiento cívico popular en las calles iraquíes, originado en las manifestaciones que se remontan a 2010, y en el crecimiento y la popularidad de los sindicatos del país

En verano de 2010, con temperaturas que superaban los 49 °C, los iraquíes empezaron a salir de sus casas para protestar por la falta de electricidad. Desde el comienzo de la ocupación, en 2003, las autoridades estadounidenses y posteriormente el Gobierno iraquí, han sido incapaces de suministrar electricidad de manera continua, sobre todo en los períodos de mayor demanda. Al tiempo que se producían las manifestaciones de la Primavera Árabe por todo Oriente Medio, los jóvenes iraquíes empezaron a organizar mítines en la Plaza Tahrir de Bagdad, reclamando principalmente empleos y un mejor servicio de electricidad. Pusieron a sus iniciativas el nombre de “Primavera Iraquí”.

El ex primer ministro Nouri al-Maliki tachó a los jóvenes de “insurgentes y terroristas”. La posterior represión ocasionó la muerte de 45 personas, 29 de las cuales murieron el 25 de febrero de 2011 (fecha que ha pasado a denominarse como Día de la Ira). Centenares de personas fueron arrestadas.

En 2015 los iraquíes empezaron a manifestarse todos los viernes para denunciar la corrupción de los partidos políticos sectarios. Según la página web de la Iraqi Civil Society Solidarity Initiative: “Los manifestantes, en su mayoría jóvenes y activistas de la sociedad civil, cuestionan el sistema político en su conjunto, reclaman un Estado secular en lugar de un Estado confesional, protestan contra la división entre las poblaciones suníes y chiíes, y defienden los derechos de las mujeres y los derechos de los trabajadores […]. Los grupos defensores de los derechos de las mujeres iraquíes están trabajando activamente para garantizar que las mujeres puedan participar en las manifestaciones sin ser acosadas”.

Los jóvenes llevaban pancartas con eslóganes bastante potentes: “¡El Parlamento y el Estado Islámico son dos caras de la misma moneda!”, “¡El Daesh ha nacido de la corrupción!”, “¡Los seres humanos no sobreviven con religión sino con pan y dignidad!”, “¡En nombre de la religión, se comportan como ladrones!”, “¡No al sectarismo, no al nacionalismo, sí a la humanidad!”.

El 11 de febrero del año pasado miles de personas emprendieron una marcha no violenta desde la Plaza Tahrir hasta la fortificada Zona Verde, y presentaron tres demandas: la reforma del sistema político, la lucha contra la corrupción y la prestación adecuada de servicios. Las fuerzas especiales del Gobierno abrieron fuego contra los manifestantes que cruzaban el puente Jumhuriyah, matando a 9 personas y dejando heridas a otras 281.

El papel de los sindicatos

La demanda de acabar con el sectarismo refleja una larga tradición de los sindicatos iraquíes, que nunca se han organizado en términos sectarios. El movimiento sindical iraquí nació en los años 1920 en la industria del petrolero y entre los trabajadores ferroviarios, y durante décadas el país fue el más industrializado de Oriente Medio. Sus sindicatos, que se inscriben en una sólida cultura política de izquierdas, ayudaron a derrocar la monarquía instaurada por los británicos y a establecer el Gobierno socialista y nacionalista de Karim Qasim en la década de 1950.

El primer ministro Qasim fue derrocado y posteriormente ejecutado tras el golpe de Estado del partido nacionalista Baathist Arab en febrero de 1963, y Sadam Husein terminó haciéndose con el poder 16 años más tarde, con el apoyo de los servicios de inteligencia estadounidenses. Sadam suprimió los partidos de izquierdas y solo permitió los sindicatos más débiles controlados por el Gobierno. Bajo la reciente ocupación estadounidense, las autoridades siguieron marginando a los sindicatos y a la izquierda, dando prioridad a la privatización de la industria iraquí.

Hasta 2015 Irak siguió aplicando una ley de la época de Sadam Husein que prohibía los sindicatos del sector público, de manera que desde el principio de la ocupación los trabajadores tuvieron que organizarse a pesar de la situación ilegal de sus sindicatos.

Una nueva legislación laboral de 2015 otorgó a todos los trabajadores el derecho a crear sindicatos, a excepción de los funcionarios públicos y de las fuerzas policiales y de seguridad. Los sindicatos consiguieron derechos de negociación colectiva y el derecho de huelga. El año pasado, no obstante, el Gobierno saliente del primer ministro Haider al-Abadi promulgó un nuevo proyecto de ley sobre sindicatos y federaciones profesionales al que los sindicatos se opusieron puesto que, según dijeron, no garantizaba completamente los derechos de los trabajadores.

Hace un año, 3.000 trabajadores eventuales (o contractuales) de la industria de la generación y transmisión eléctrica a los que el Gobierno no había pagado su sueldo durante cinco meses, decidieron crear un sindicato. Más tarde se unieron al sindicato para los trabajadores fijos de la industria, con el objetivio de crear el General Trade Union of Electricity Sector Employees of Iraq. Tras el despido en marzo de 100 líderes del sindicato por parte del Ministerio de Electricidad del Gobierno, miles de trabajadores organizaron varias sentadas en centrales eléctricas de todo Irak. Sus reivindicaciones incluían la readmisión de los trabajadores despedidos, contratos fijos y la inclusión en el sistema de la seguridad social de Irak, así como un salario mínimo mensual de 300 USD (unos 258 euros).

Presionado por el Banco Mundial, el Gabinete iraquí aprobó el año pasado un proyecto de ley de seguridad social que habría incrementado las contribuciones de los trabajadores a los fondos de la seguridad social, aumentando al mismo tiempo la edad de jubilación de los 63 a los 65 años. “La aprobación de este proyecto de ley provocará un aumento de la pobreza entre los ciudadanos iraquíes, a pesar de que están viviendo en uno de los países más ricos del mundo en petróleo”, denunciaba Hashmeya Alsaadawe, presidenta de la unión sindical Basra Trade Union Federation y del sindicato del sector eléctrico. Alsaadawe es además la primera mujer que dirige una central sindical en Irak.

El 18 de mayo de 2018, justo después de las elecciones, el Gobierno iraquí anunció que no solo incluiría en el sistema de la seguridad social a los 30.000 trabajadores contractuales eventuales de la industria eléctrica sino que además garantizaría los mismos derechos para los 150.000 trabajadores contractuales de todo el sector público.

Alsaadawe tomó la palabra en la reunión del Consejo Ejecutivo de IndustriALL Global Union que se celebró el pasado mes de abril, y dijo que los resultados de las elecciones habían suscitado mucha motivación entre la población: “Los trabajadores tienen grandes expectativas. Han estado participado de manera muy activa en las manifestaciones y en las redes sociales para reclamar sus derechos”.

Los trabajadores de los cruciales sectores del petróleo y el gas crearon finalmente en diciembre una red nacional de ocho sindicatos que anteriormente habían competido entre sí. Hasan Juma’a, líder de la Iraqi Federation of Oil Employees, señala: “Una de las prioridades más importantes es la unidad del movimiento sindical en Irak. Nosotros hemos comenzado el primer paso en el sector más importante: el del gas y el petróleo”.

Los objetivos de la red incluyen la defensa de los derechos de los trabajadores contractuales y migrantes, que representan una parte importante de la mano de obra del sector. El espíritu nacionalista de dicha red queda patente en su compromiso de “proteger la riqueza nacional para las generaciones futuras, de las empresas capitalistas que no respetan los derechos ni las opiniones de los ciudadanos”, e “instar a las empresas extranjeras a que se responsabilicen del mantenimiento de la infraestructura de zonas próximas a los yacimientos petrolíferos que están expuestas a emisiones tóxicas”.

Dhiaa al-Asadi, director de la oficina política del partido de Muqtada al-Sadr, declaró hace poco en la página web de noticias de Al-Monitor que la lista de Sairum es “un proyecto de reformas que representa las esperanzas y expectativas de las personas necesitadas y menos favorecidas. El proyecto de Sairum constituye un cambio paradigmático y un distanciamiento de las normas establecidas que han caracterizado el proceso político desde 2003”. Según Wesam Chaseb del Solidarity Center vinculado a la AFL-CIO: “[Los sindicatos] son la verdadera expresión de Irak. No hay discriminación entre los trabajadores”.

Esta combinación de protestas en las calles, activismo electoral y creciente fuerza sindical es actualmente una de las características más importantes del panorama político de Irak, porque, después de cuatro décadas de guerra y de una amarga década de ocupación y dominación extranjeras, los iraquíes quieren reconstruir su país.