Matagi, cazadores de invierno

Matagi, cazadores de invierno
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A mediados del siglo XVI –en el llamado Período Sengoku, lapso de los Estados en guerra– Japón se hallaba inmerso en una larga y cruenta guerra civil que parecía no tener fin. Como en todo conflicto bélico, la escasez de alimentos y materia prima acabó siendo un problema grave e ineludible. Cuando en 1543 los portugueses introdujeron en suelo japonés los primeros arcabuces no sólo cambiaron el transcurso de la contienda; también iniciaron un proceso de transformación en su sociedad.

En este contexto convergieron los factores propicios para que la caza se erigiera como una actividad económica y un método de subsistencia de vital importancia. Los habitantes de las zonas rurales comenzaron a adentrarse en las montañas para cazar –sobre todo en invierno, cuando la agricultura se tornaba impracticable– y suplir la demanda general de carne, pieles y otros productos derivados de la misma.

Se cree que fue en este preciso momento cuando en las regiones montañosas de Tōhoku –al norte de Honshū, la principal isla del archipiélago nipón– nació la figura del cazador matagi. Aunque interesados en prácticamente cualquier mamífero, su presa más primordial y emblemática ha sido durante siglos el oso negro japonés; una especie catalogada actualmente como vulnerable según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Debido a la ferocidad del animal, y a la peligrosidad del terreno en el que habitan, los matagi adoptaron la necesaria costumbre de cazar siempre en grupo y formar comunidades.

Un grupo de cazadores matagi fotografiado a principios del siglo XX. Hasta poco antes de la II Guerra Mundial no reemplazarían definitivamente las tácticas de caza con lanza por el uso del rifle moderno.

Foto: Javier Corso

Existen muchas leyendas que, en paralelo al motivo histórico, explican los orígenes de los matagi desde un prisma más religioso. Atendiendo a la región o comunidad el relato varía, pero en todas ellas se venera a la deidad de las montañas, una figura con muchos rostros (o versiones) presente en el sintoísmo desde tiempos remotos. La más extendida es aquella que cuenta cómo la diosa del monte Nikko (en la prefectura de Tochigi) fue atacada por la deidad del cercano Monte Akagi.

 

Un grupo de cazadores de Oguni se reúne al amanecer para organizar la estrategia de la cacería. Los lidera Sato-san, apodado Capitán, en cuya cabaña tienen lugar todas las reuniones.

Foto: Javier Corso

La diosa del monte Nikko pidió la ayuda de un joven cazador, Banzaburo, que era conocido en la zona por sus legendarias habilidades con el arco. La deidad del Monte Akagi se había encarnado en el mundo material como un gigantesco ciempiés (o serpiente, en otras versiones de la historia), y Banzaburo acabó con ella disparándole a los ojos.

 

Los matagi veneran a la deidad de la montaña. Antes de cada partida, los cazadores acuden a los pequeños templos que se encuentran en los bosques para rezar por su protección e implorar fortuna. Los denominados portales, son estructuras de madera que separan el mundo terrenal del espiritual.

Foto: Javier Corso

A cambio de su meritoria gesta, la diosa le entregó al héroe un pergamino que le concedía a él y a sus descendientes el derecho, para toda la posteridad, de cazar en las montañas y bosques de Japón.

 

En la actualidad, los cazadores usan rifles e indumentarias modernas combinadas con utensilios tradicionales propios de su comunidad. Los matagi del siglo XXI son expertos tiradores. Los colores llamativos de los chalecos les ayuda a distinguirse entre sí en medio del bosque y evitar de ese modo accidentes.

Foto: Javier Corso

De acuerdo con la tradición folklórica, cada líder de un grupo o comunidad matagi guarda una copia manuscrita de ese documento, que se transmite de generación en generación.

 

Todos los miembros de la partida de caza tienen el mismo derecho sobre la carne y la piel del animal, independientemente de quién haya ejecutado el disparo. Tras abatir a la presa, se arrastra al oso hasta un llano cercano para poder proceder a destriparlo y descuartizarlo.

Foto: Javier Corso

A nivel espiritual los matagi presentan muchas similitudes con los nativos americanos y otras tribus cazadoras de diversos lugares del mundo. Su reverencia sagrada por el oso y las montañas, así como su vasto conocimiento del entorno natural les convierte en piezas fundamentales en la conservación de los ecosistemas locales. Aunque por su condición de cazadores pueda parecer contradictorio, los matagi defienden que su rol es vital para mantener un equilibrio sano entre lo rural y lo urbano.

 

El capitán Sato desenvaina su cuchillo matagi para proceder a descuartizar al animal. En la hoja del arma puede leerse un grabado con el nombre de su familia.

Foto: Javier Corso

Los cuchillos matagi han evolucionado en los últimos siglos. La diferencia más notable con los actuales es que antiguamente la empuñadura estaba hueca, lo que permitía colocar el cuchillo en el extremo de una vara y permitir así otro empleo: como lanza.

 

La cabeza de un oso negro japonés tras ser seccionada y desollada por los cazadores matagi.

Foto: Javier Corso

Como parte del ritual de la caza, los matagi descuartizan el cadáver del animal en el bosque con sus propias manos, dejando una parte de sus intestinos como ofrenda a la diosa de la montaña. El resto será dividido y cargado en las mochilas de los miembros de la partida para transportarlo hasta el poblado.