Necesitamos una dieta… informativa

Necesitamos una dieta… informativa

La mayoría de europeos menores de 30 años se informa a través de las redes, y eso nos convierte “en un blanco más fácil de manipulación”. Nuestros muros y, cada vez más, nuestros grupos de amigos y familiares en Whatsapp son hoy cadenas de transmisión de noticias falsas, manipuladas, incendiarias.

(AP/Andy Wong)
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“Durante los últimos años he tenido la sensación incómoda de que alguien ha estado trasteando en mi cerebro”. Lo escribió en 2011 el autor estadounidense Nicholas Carr tras observar en sí mismo ciertos comportamientos extraños. Cada vez le costaba más concentrarse. Incluso el hecho de sentarse a leer, aunque solo fueran dos páginas seguidas, más que placer, se había convertido en un desafío. Como si un potente tóxico afectara a sus neuronas, como si él mismo se lo dosificara día tras día.

¿Y si Internet tiene algo que ver con esto?, se preguntó. ¿Y si todos esos clics rápidos, toda esa acumulación de noticias y comentarios, ese continuo estado de alerta está cambiando nuestra mente?

Hoy dedicamos 82 horas a la semana a consumir información en línea, ya sean noticias, memes de whatsapp o publicaciones en Facebook e Instagram. Es lo primero que hacemos al abrir los ojos y lo último antes de dormir. De hecho, si restamos las horas de sueño, pasamos el 69% de nuestro tiempo digiriendo información, ¿cómo no iba a pasarnos factura?

“Hemos generado la necesidad de estar informados continuamente. Saber todo lo que sucede y con la mayor brevedad posible. Procesar todo eso nos genera fatiga, porque estamos sobre expuestos, pero al mismo tiempo nos provoca cada vez más dependencia”, explica la neuropsicóloga Teresa Ramírez.

Con cada información nueva y atractiva –con cada mensaje entrante de Whatsapp, con cada nuevo correo electrónico– liberamos dopamina en nuestro cerebro, la sustancia química del placer. Por eso, y aunque acabemos exhaustos, siempre necesitamos más. Somos yonkis de la información, pero eso no quiere decir que sepamos más que antes.

Como apunta Ramírez, “hay tanta información que gestionar que necesito ser más veloz para digerir todo. La mayoría de cosas que leemos las retenemos muy poco tiempo, no lo hacemos de manera consciente”.

Porque en lugar de leer, escaneamos la pantalla. Nos saltamos palabras o buscamos solo las que nos interesan. Leemos más pero leemos peor: en diagonal o en estructura de F –solo las dos primeras líneas y el margen izquierdo–. Queremos estar al día, pero no somos capaces de pasar más de diez segundos en una misma página. Nos quedamos en la superficie, en el titular. Todo con tal de ser más rápidos, de terminar lo antes posible, de llegar a tiempo para la siguiente dosis.

El cerebro se acostumbra a todo

Nicholas Carr, que estuvo a punto de ganar un Pulitzer por sus reflexiones sobre Internet y la mente humana, habla en su libro de la neuroplasticidad, esa capacidad del cerebro para generar nuevas sinapsis y aprender nuevas rutinas a través de la repetición.

Nos ocurre desde que inventamos la escritura hace 5.500 años. Con cada nueva tecnología, desarrollamos más unas áreas cerebrales y volvemos perezosas a otras. Por ejemplo, con el uso de los mapas se deterioró nuestro sentido de la orientación, disminuyó la superficie del hipocampo destinada a la representación espacial.

“Los cerebros experimentan cambios plásticos en función de la presión a la que los sometamos”, afirma Almudena Capilla, doctora en Neurociencias. Y esos “cambios” se manifiestan hoy en nuestra forma de prestar atención.

“Cuando hay una sobrecarga de información, la atención funciona como un filtro. Tradicionalmente al leer un libro se promovía una atención más focalizada y sostenida. Ahora el consumo rápido nos lleva a practicar una más alternante y selectiva. Tenemos que invertir mucho esfuerzo en inhibir distractores”, añade.

Si solo entrenamos un tipo de atención, corremos el riesgo de atrofiar la otra. Igualmente, si solo practicamos una lectura ansiosa –a saltos, en diagonal–, nos aburrirá cualquier texto que nos lleve más de tres minutos. El cerebro, con la repetición suficiente, se acostumbra a todo.

La neurocientífica Maryanne Wolf lo llama “impaciencia cognitiva”. Es la razón por la que a muchas personas les supone una tortura leer un texto largo de una sentada o continuamente interrumpen lo que están haciendo para echar un vistazo a sus mensajes. O cada vez tienen más dificultad para recordar todo lo que leen.

“Si nos acostumbramos a una lectura superficial, eso tiene implicaciones en la memoria”, indica Capilla. “Cuanto más profunda sea la codificación, más posibilidades tenemos de almacenar la información adecuadamente, de relacionarla con otras informaciones que ya sabíamos y de poder recuperarla luego”. En definitiva, más herramientas tendremos para interpretar asuntos complejos.

“El cerebro atempera el calor hirviente del corazón”, decía Aristóteles. Pero, ¿qué pasa si éste se vuelve impaciente y olvidadizo?

Cada vez más manipulables

Según un sondeo realizado por Gallup en 2017, entre un 38% y un 58% de los estadounidenses asegura que le resulta muy difícil mantenerse bien informado, a pesar de tener hoy todo el conocimiento a su disposición. Antes de Internet lo complicado era acceder a información relevante, ahora es distinguirla de todo lo demás.

“Podemos encontrar una noticia emocionalmente muy fuerte y al lado una frivolidad, pero todas están en el mismo formato y eso es muy peligroso. El cerebro al final no toma actitudes, considera todo de forma superficial”, alerta Salvador Martínez, director del Instituto de Neurociencias de Alicante.

Hasta ahora, medios de comunicación y periodistas establecían un orden de prioridad, diseñaban nuestra dieta informativa diaria. Pero eso en la era digital ya no funciona. “Ahora nos hacen de filtros nuestros contactos. La gente utiliza sus redes sociales como filtro que da sentido a esa abrumadora cantidad de información”, asegura Javier Guallar, profesor de Documentación en la Universidad de Barcelona.

La mayoría de europeos menores de 30 años se informa a través de las redes. Incluso en países como Francia o España, donde se cita como primera fuente de información periódicos como Le Monde o El País, su segunda opción de confianza es Facebook. Y eso, como señala Guallar, nos convierte “en un blanco más fácil de manipulación”.
Nuestros muros y, cada vez más, nuestros grupos de amigos y familiares en Whatsapp son hoy cadenas de transmisión de noticias falsas, manipuladas, incendiarias. El 37% de los europeos asegura recibir informaciones de este tipo cada día.

“Fake News ha habido toda la vida. Antes también existía la propaganda. La diferencia es que ahora llega con mucha más facilidad a muchos más usuarios”, recuerda Concha Pérez Curiel, profesora de Periodismo Político en la Universidad de Sevilla.

La lectura más superficial sumada a la confianza –a veces ciega– que depositamos en nuestros contactos nos hace parte de esas cadenas, más dominadas por la emoción que por el raciocinio. “La dimensión emocional es connatural al ser humano, pero ahora tiene más peso. Hay un auge de las emociones en la vida social y pública: la indignación, el miedo, la ira”, explica Javier Serrano, investigador especialista en emociones e Internet.

“Los hechos objetivos tienen menos importancia que las apelaciones a las creencias personales. Eso nos está llevando a la polarización, a la fragmentación de cuerpo social”, advierte.

Recuperar el equilibrio

Ante la maraña de información disponible en la red, muchas empresas empiezan a incorporar la figura del curador de contenidos. Una persona que se encarga de seleccionar y contrastar aquellas noticias más relevantes para todo el equipo, un “filtro” profesional. Y quizá ese sea el camino.

“A nivel personal, todo el mundo debe ser curador de contenidos para sí mismo”, apunta el profesor Javier Guallar, “debe aprender a filtrar, a buscar de dónde viene la información, quién hay detrás”. Sobre todo los menos experimentados.

Estudios demuestran que la sobreabundancia informativa afecta especialmente a personas con más edad, menos educación y menos recursos económicos.

“Imagina que una persona entra en una habitación llena de comida. Si no entiende los mecanismos de regulación de estímulos, se puede poner a comer de todo y al final enferma. Igual pasa con la información”, expone Gustavo Diex, director del instituto de mindfulness Nirakara. “Pasar de un estado de fluctuación de atención a otro más concentrado no es fácil, pero es entrenable”.

Si han leído atentos lo recordarán: el cerebro es plástico. “Depende del tipo de tarea al que lo sometamos”, insiste la doctora Almudena Capilla. “La atención alternante también tiene sus ventajas. Potencia la flexibilidad cognitiva, la capacidad para cambiar de foco, y eso es bueno para resolver problemas. Lo ideal es mantener el equilibrio”.
Es decir, combinar la lectura rápida con otras más profundas, proponerse una “dieta” consciente y equilibrada, saber parar cuando el empacho se haga insoportable.

También en la época de Sócrates se pensó que la escritura era una amenaza para la memoria y en tiempos de Gutenberg atribuyeron a la imprenta poderes demoníacos. Todavía hoy desconocemos los impactos evolutivos que tendrá está tecnología en las generaciones del futuro pero, de momento, la responsabilidad de nuestro cerebro sigue siendo solo nuestra.