No arreglaremos los problemas convirtiendo a la comunidad musulmana en nuestro adversario

Entrevistas

En 2001, alentados por un miembro de su entorno cercano, dos jóvenes procedentes del barrio de Les Minguettes, en Vénissieux, cerca de Lyon, se incorporan a un campo de entrenamiento de Al Qaeda en Afganistán.

Tras los atentados terroristas del 11 de septiembre, son capturados por el ejército estadounidense y transferidos a la base de Guantánamo. Mourad Benchellali y Nizar Sassi permanecerán detenidos allí treinta meses antes de ser repatriados y encarcelados en Francia, hasta su liberación en 2009.

Desde su puesta en libertad, Benchellali interviene en entornos asociativos, escolares y carcelarios exponiendo el engranaje de la radicalización y las falacias esgrimidas por el Estado Islámico. Autor del libro Voyage vers l’enfer, relato de un “error” de juventud con ramificaciones internacionales. Por su parte, Sassi, como reacción a los atentados del 13 de noviembre en París, se sumaría también al terreno de la prevención. Ha escrito también el libro Prisonnier 325, Camp Delta, de Vénissieux à Guantanamo.

Ante la declaración del Estado de emergencia en Francia, ambos reafirman la necesidad de diálogo y advierten de las consecuencias que esto tendrá en la lucha contra el radicalismo violento.

 
¿En qué momento decidieron tomar la palabra?

Mourad Benchellali: En 2006 escribí un libro, y durante la campaña de promoción encontré numerosos jóvenes. Me di cuenta de que se identificaban con mi historia, que les aportaba elementos para comprender la realidad de la yihad. Siempre he pensado que era importante y que debía prestar atención a la manera de relatar mi caso.

Nizar Sassi: Yo también escribí un libro más o menos en el mismo período que Mourad. Y paralelamente, teniendo en cuenta además que nuestro proceso judicial aún estaba en curso, me decía que de todos modos seríamos incriminados y que nuestra palabra no serviría para nada. Siempre seríamos los eternos culpables.

El episodio realmente revelador para mí fueron los atentados del 13 de noviembre. Me sentí obligado en dar testimonio, en hablar de lo que habíamos vivido. Para hacer comprender que el islam que esa gente reivindica es únicamente su islam. Y el de los islamófobos. El 99 por ciento de los musulmanes no se identifica con ellos. En base a ello, había que decirles a los jóvenes que se sientan tentados con partir: “no es algo virtual, vamos a hablaros de algo real”. Desde el momento en que tomen la decisión de ir allí, su vida no volverá a ser la misma, ni para ellos ni para sus familias, ni para todos los ideales que querían defender.

 
¿Por qué su enfoque de la prevención resulta eficaz?

MB: Puedo dar varios ejemplos concretos. Hace muy poco, un joven me comentó que había sido contactado por el Estado Islámico a través de Facebook. Me dijo: “lo que me convenció de no partir, fue la discusión que pude tener contigo. Cuando contaste tu historia, me hizo reflexionar”. Eso reforzó mi determinación de continuar. También intervine en un colegio donde pregunté a los niños lo que pensaban. Después de nuestra discusión me decían “entendemos, vemos las cosas de otra manera”. Es muy fuerte, porque eso significa que hasta entonces no disponían de las herramientas necesarias. Se piensa que los jóvenes saben de qué va, pero esto demuestra que en realidad no tienen ni idea.

 
¿Cómo analizan la respuesta del Gobierno tras los atentados del 13 de noviembre?

MB: Yo creo que el actual Gobierno hace lo que han hecho todos los anteriores, esto es, barrer debajo de la alfombra. Es decir, que se resuelven las cuestiones a corto plazo, se toman las medidas de seguridad que les permiten decir que han hecho algo, pero a largo plazo no se arregla nada.

Pero no importa, porque dentro de dos, tres años, llegará otro Gobierno y son ellos quienes heredarán un problema aún más grave. Es así como funcionan los gobiernos desde hace 30 años.

Porque jóvenes que hacen la yihad, o incluso que atentan sobre el territorio francés, no es nada nuevo. Es algo que ya ocurría en los años 1990 y las causas que ocasionaron aquellos atentados son las mismas que hoy en día. Los problemas incluso se han agravado, lo que demuestra que no ha habido un trabajo de fondo.

En lugar de intentar combatir las causas del radicalismo, se limitan a afrontar sus consecuencias. ¿Resulta tan complicado, finalmente? Porque hay que trabajar en el ámbito social, hacer frente al desempleo, a los problemas políticos. Hay tantos frentes que el Gobierno termina optando por lo más fácil.

NS: Hay motivos internacionales y problemas nacionales que se conocen desde hace 30 años, problemas sociales, de desempleo, de integración en la sociedad, de jóvenes que sencillamente no encuentran su lugar. Cuando te sientes marginado y esos grupos te hacen destacar, te adulan diciendo que eres una persona única y que vas a tener grandes responsabilidades, que pasarás de ser alguien insignificante a una persona con autoridad e incluso con derecho a decidir sobre la vida o la muerte de otros, es algo que puede resultar fatal para jóvenes que todavía no han terminado su proceso de desarrollo personal.

 
Varias mezquitas y salas de rezo han sido cerradas por decisión de la prefectura en Vénissieux y en toda la región desde noviembre. ¿Cómo se perciben aquí este tipo de medidas?

MB: Cerrar las mezquitas no sirve de nada. Se cierran las mezquitas y el primer problema que plantea, es que deja a la gente en la calle. Los fieles se quedan en la calle y se los empuja a la clandestinidad. Algunos jóvenes que estaban alejados de la radicalización pueden bascular, al darles un argumento para decir “aquí se nos expulsa de nuestras mezquitas por el simple hecho de ser musulmanes”.

Esto crea un terreno favorable a la radicalización, casi se los empuja a ello. Habría que insistir en el lado humano, en lugar de dar siempre prioridad a la seguridad, la policía, los servicios secretos. Hace falta que haya gente sobre el terreno que se dedique sencillamente a explicar a los jóvenes lo que es la yihad.

NS: En nuestra época la radicalización tenía lugar en algunas mezquitas, pero ya no funciona así. Las mezquitas han pasado a estar controladas por las autoridades que están al tanto de lo que ocurre en el interior.

Ahora, es aún peor, tiene lugar en la red y esto implica que llega a todos los hogares. Así, los hay que se radicalizan ellos solos, que entran directamente en contacto con esos grupos. Y finalmente resulta muy fácil ir hasta Turquía, basta con tomar un vuelo y una vez allí las filiales se ocupan de recogerte y llevarte hasta el frente. Se puede llegar en apenas doce horas. Algo que nosotros no conocimos. Quizás es lo que nos ha preservado hasta ahora, pero la situación ha cambiado y es algo que pienso va demasiado rápido para los servicios de seguridad.

MB: El Gobierno puede decir “hemos efectuado tantos registros, hemos ordenado tantos arrestos domiciliarios, tantas personas están bajo control judicial”, pero el problema es que en esas cifras hay muchos inocentes. Es decir que, en el plano de la lucha antiterrorista, no soluciona en absoluto el problema. Pero en el plano de la comunicación es un logro, porque se consigue tranquilizar a la población. Al escuchar esas cifras la gente se dice que el Gobierno es fuerte y sabe responder, pero son respuestas inadecuadas. Se hace algo a corto plazo, pero a largo plazo se corre el peligro de agravar aún más el problema.

¿Cómo reaccionó el barrio tras los atentados y la declaración del Estado de emergencia?

MB: Hay una opinión unánime de que los atentados son abominables, pero al mismo tiempo la desconfianza hacia los medios de comunicación nunca antes había sido tan fuerte. Los jóvenes no se fían de las noticias y prefieren internet. Lo que supone un auténtico problema, porque un joven bloguero que no tiene ninguna formación en periodismo tendrá la misma credibilidad que un periodista confirmado del New York Times. Es así como se alimentan las teorías del complot.

La prensa se ha centrado mucho en los barrios problemáticos, pero nunca los han considerado de manera positiva. Esto ha creado mucha desconfianza aquí, dicen que hablan de nosotros, pero sólo para decir cosas malas. También es por ello que muchos jóvenes no hacen caso de los medios de comunicación. Lo mismo ocurre con algunos políticos y personalidades públicas, que utilizan su tribuna para echar leña al fuego, confundiendo disciplina religiosa y radicalismo violento. Siempre hablan del Islam de manera estigmatizante, se habla del velo, del halal, de los rezos en la calle, como si no fuese posible ser un buen musulmán y un buen francés a la vez. Pienso que eso ha contribuido considerablemente a la radicalización.

NS: En Francia hay mucha gente que habla del Islam, de los musulmanes, pero no se concede mucho la palabra a los musulmanes que viven ese islam, que viven en Francia y son franceses. No pienso que convirtiendo a la comunidad musulmana en adversaria se vayan a arreglar esos problemas. La gente de la comunidad no termina de comprender por qué, cada vez que hay un problema con un degenerado, vienen a golpear a toda la comunidad. Si los musulmanes fuesen todos terroristas ya no quedarían habitantes sobre la tierra (risas). Somos mil seiscientos millones de personas… Pero cuanto mayor sea la mentira más creíble resultará. Los que se sienten ratificados en sus afirmaciones son los extremistas de ambos bandos: “ya lo decíamos, hay que golpear más fuerte”. Pero si la violencia y las bombas arreglasen algo, ya se sabría. Hay otros medios. Hay otros canales a los que se puede recurrir.

 

Este artículo ha sido traducido del francés.