Profesión: niña

Profesión: niña
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La aldea en la que vive Qello tiene poco de especial. Ni muy grande ni muy pequeña, Dodota Dembel no está cerca de una vía principal ni es uno de esos lugares remotos en los que uno piensa cuando piensa en lugares remotos. No está rodeada por una selva de altísimos árboles y animales exóticos, y tampoco por un desierto por el que desfilan caravanas de camellos. No, Dodota Dembel es sol y polvo. Aquí y allá, algunos matojos. A veces, una acacia. Y en este paisaje, desperdigadas, se levantan unos pocos centenares casas, todas prácticamente iguales, con sus paredes de barro, su techo de paja y una única habitación que hace las veces de comedor y dormitorio, si bien aquí se come poco y se duerme en el suelo.

Afuera, en la calle, está amaneciendo. Dentro de muy poco el sol etíope no dará tregua, pero, ahora, de madrugada, el desierto todavía conserva el frío de la noche. Son las cinco y media de la mañana y por los caminos de tierra se distinguen, en la oscuridad, algunas siluetas que caminan deprisa: es el ejército de niñas que cada mañana sale con los primeros rayos de luz para recoger leña.

Qello es una de esas niñas. Es alta y delgada como los palitos que recoge y tímida como cualquier niña de trece años. Nació segunda de cuatro hermanos, pero, sobre todo, nació niña, lo que de acuerdo con la tradición y los usos etíopes la condena a una vida de acarrear agua, cocinar, limpiar, recoger leña y cuidar de los hermanos pequeños. Y es que, aquí, en Etiopía, ser niña es un trabajo a tiempo completo. Según un informe de UNICEF, Etiopía es el segundo país del mundo –por detrás d Somalia– en el que las niñas dedican más tiempo a las tareas domésticas: por lo menos 14 horas por semana.

 

6:30 de la mañana. Qello va a buscar leña.

Foto: Ignacio Marín

Como Qello, miles de niñas en Etiopía soportan una sobrecarga de trabajo doméstico desigual y abusiva que empieza a una edad temprana y se va intensificando a medida que llegan a la adolescencia. En un contexto rural en que la tradición define los roles sociales, muchas familias consideran que las tareas del hogar son responsabilidad exclusiva de las mujeres y, por tanto, forman parte de unas habilidades imprescindibles que las niñas tienen que aprender y que necesitarán una vez se casen y tengan que cuidar de su propia casa.

“Sus ambiciones y sueños se disuelven frente a las expectativas y a la presión social que se les impone por ser niñas: si no aprenden a desempeñar las tareas domésticas nunca encontrarán un marido, que es lo que se espera de ellas”, dice Claudia Guidarini, técnico de género de Save The Children. Como resultado, las niñas se ven obligadas no solo a sacrificar oportunidades para crecer, jugar y disfrutar de su infancia, sino que esta sobrecarga de trabajo también supone un lastre en su educación y desarrollo personal.

 

7:00 de la mañana. Cuando vuelve a casa, Qello prepara el desayuno.

Foto: Ignacio Marín

Ajena a estadísticas e informes, Qello aprieta el paso. Si no se da prisa, llegará tarde clase. En una exhibición de malabarismo, combina sus interminables obligaciones domésticas con acudir a la escuela. Su colegio, la escuela pública de Dodota Dembel, en estado ruinoso, podría parecer un edificio abandonado si no fuera por los miles de niños que corren y gritan a lo largo y ancho del recinto.

En todo el colegio solo se reconoce a un adulto: es el profesor de inglés, el único que se ha presentado esta mañana. Dentro, en un aula a rebosar, se amontonan hasta cinco alumnos por pupitre. Aun así, no es ni de lejos la clase con más alumnos de toda la escuela. En los cursos inferiores puede haber más de un centenar de estudiantes por clase, entre niños y niñas. En décimo grado, el que cursa Qello, suman 47. ¿A qué se debe ese descenso numérico? Las niñas, curso tras curso, han ido abandonando el colegio.

 

8:00 de la mañana. Qello asiste a clase en la escuela pública local.

Foto: Ignacio Marín

El acceso a la educación en Etiopía es un reto especialmente duro para las niñas, que se enfrentan a toda clase de obstáculos. De media, en Etiopía, por cada 100 niños en secundaria solo hay 70 niñas. Esto se debe a que, en muchos casos, las familias no consideran útil la educación de las niñas y priorizan la de sus hijos varones: cuando no se puede pagar la educación de ambos, las niñas son las primeras en dejar los estudios. En otros casos, la pobreza y falta de alternativas económicas hace que muchas familias se vean forzadas a casar a unas niñas a las que, en todo caso, tampoco pueden mantener. Una sequía o un año de malas cosechas pueden acabar en boda.

Según Ana Sendagorta, directora de la Fundación Pablo Horstmann, “a más de la mitad de las compañeras de Qello las casarán a la fuerza cuando todavía son unas niñas, si es que no las han casado ya y, tristemente, todas ellas tendrán que dejar los estudios poco después de la boda”. Según datos de UNICEF, tan sólo un 47% de las jóvenes –entre 15 y 24 años– en Etiopía saben leer y escribir.

 

2:30 de la tarde. Qello llena un bidón de agua en el pozo de la comunidad.

Foto: Ignacio Marín

Como para las demás niñas, la escuela supone para Qello un paréntesis en un largo día de trabajo, aunque este paréntesis solo dure unas horas. Sus obligaciones domésticas la esperan al salir de clase, momento en el que tendrá que hacer la que probablemente sea la tarea más tediosa de todas: ir a buscar agua.

El camino hasta el pozo es una procesión infinita de niñas acarreando agua a la espalda, a lomos de un burro, con la ayuda de un carro o sobre la cabeza. Al llegar al pozo, hileras de niñas esperan sentadas sobre sus garrafas a que les llegue el turno. En Dodota Dembel solo hay un pozo para toda la comunidad, y a veces Qello tiene que esperar durante horas con los pies en el barro y bajo un sol de justicia. Pero eso es solo el principio. Después, cuando por fin ha conseguido el agua, tiene que transportarla hasta la casa. El burro, que ahora carga con un bidón lleno de 200 litros de agua, se mueve con una lentitud desesperante. El carro chirría a cada bache.

 

5:00 de la tarde. Cuando llega a casa, Qello hace la colada, incluida la de sus hermanos varones.

Foto: Ignacio Marín

Por el camino, Qello avanza callada. Es difícil imaginar en qué piensa. Probablemente en que al llegar a casa aún tendrá que hacer la colada y ayudar a su padre en el campo. Probablemente, sus sentimientos se acerquen más a la resignación aprendida que a los de agravio o injusticia. Forma parte del mecanismo de la desigualdad.

 

6:00 de la tarde. Al final del día, cuando por fin ha terminado todas las tareas, Qello encuentra algo de tiempo para estudiar y hacer los deberes, a la luz de una pequeña lámpara.

Foto: Ignacio Marín

Esta desigual distribución del trabajo doméstico contribuye a la construcción de la identidad de las niñas y de su papel en la sociedad. Así, muchas niñas son educadas para creer que su trabajo es menos valioso que el de sus hermanos varones y que su lugar está dentro de casa haciendo las tareas domésticas. Esto no solo perpetúa los roles de género, sino que, además, limita el potencial de futuro de estas niñas. Para muchas de ellas, el simple hecho de tener alguna ambición es un acto heroico.

Por fin, al llegar la noche, Qello encuentra un rato para estudiar y hacer los deberes. Volverá a repetir la misma rutina una y otra vez hasta que contraiga matrimonio y forme su propia familia.

 

9:00 de la noche. Fin de la jornada en casa de Qello.

Foto: Ignacio Marín

Probablemente Qello inculque a sus hijas la responsabilidad de ocuparse de las labores domésticas, completando así el ciclo intergeneracional de desigualdad de género. Pero, de momento, a la luz de una lámpara, la niña se evade entre los libros de lengua e historia.

“Todas las niñas merecen la oportunidad de aprender, jugar, y soñar con un futuro diferente”, concluye Blanca Carazo, responsable de programas y emergencias de UNICEF Comité Español.