¿Puede el derecho internacional hacer justicia al pueblo palestino?

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Lo que está ocurriendo en Gaza no puede describirse como una “guerra”. Los informes de las atrocidades que se producen a diario hacen que este último asalto israelí contra nuestra humanidad común se inscriba en el ámbito de lo que el gran pensador católico y poeta Thomas Merton denominó “lo indecible”.

Su horror supera nuestra capacidad para dar cuenta de los acontecimientos con palabras.

Lo que está sucediendo en Gaza es esencialmente una repetición de las anteriores incursiones israelíes. Incursiones con un sofisticado armamento pesado, que hace de la población de Gaza una víctima indefensa de la potencia de fuego de Israel. Una población que carece de refugio y que cada vez experimenta mayores dificultades para satisfacer sus necesidades más vitales, tales como el agua y la electricidad, ya que sus instalaciones han sido blanco del armamento israelí.

A estas alturas todos debemos entender que la violencia unilateral, ya sea en forma de tortura o de terrorismo de Estado es un comportamiento criminal.

Cuando este terrorismo de Estado causa numerosas muertes civiles en una de las partes y pocas víctimas civiles en la otra, solamente puede definirse como una matanza. Lo demuestra el elevado número de víctimas civiles que se produjo el 20 de julio en el barrio de Shujayea, en la ciudad de Gaza, donde un concurrido barrio residencial fue bombardeado en repetidas ocasiones por la artillería pesada de las Fuerzas de Defensa de Israel.

El último saldo de víctimas por el lado palestino suma más de 600 muertos y más de 3.000 heridos. Se calcula que el 75% de las víctimas son civiles. Del lado israelí se cuentan 29 muertos, donde todos menos dos eran soldados. (Nota de la redacción: en el momento de la publicación de este artículo, 28 de julio, los muertos del lado palestino supera el número de 1000)

Al igual que en las anteriores operaciones masivas militares emprendidas por Israel contra los gazatíes en 2008-2009 y 2012, la población indefensa de Gaza es una vez más cruelmente perseguida.

Si un adversario de Occidente se comportara como lo hace Israel desde el 8 de julio, sería tachado de agresor y sus dirigentes probablemente tendrían que rendir cuenta de sus actos ante la Corte Penal Internacional (CPI), o ante algún otro tribunal con la autoridad necesaria para enjuiciar a las personas acusadas de crímenes de derecho internacional contra el Gobierno de EE.UU. y a sus aliados.

¿No fue esta la respuesta que se dio a Slobodan Milosevic, Saddam Hussein y Muammar Gadafi, cuyos actos criminales constituyeron un obstáculo a los intereses occidentales? Sin embargo, ¿qué pasó con George W. Bush, Tony Blair y Barack Obama, cuyos crímenes han quedado envueltos en una espesa nebulosa de impunidad?

Este contraste pone de manifiesto la lógica geopolítica del orden mundial para todos aquellos que desean ver “la realidad” en lugar de acatar los “mitos hegemónicos actuales”.

Es esta misma lógica geopolítica la que condiciona la aplicación del derecho penal internacional: responsabilidad para los enemigos de Occidente e impunidad para Occidente y sus aliados.

Esta doble moral pone de relieve las tensiones existentes entre el derecho y la justicia. Actualmente no existe mayor beneficiario de esta cultura política deformada de la impunidad que las autoridades políticas y militares de Israel.

Sin embargo, existe un derecho penal internacional así como los procedimientos para su aplicación y, aun cuando hasta ahora los expertos en geopolítica hayan conseguido manipularlos con éxito, todavía está por decidirse el epílogo de la responsabilidad penal.

Toda víctima de persecución no debe ignorar su potencial de justicia sin realizar, ni tampoco el reto que representa para todos aquellos y aquellas que se consideran “ciudadanos peregrinos” – en el camino de una vida dedicada a la solidaridad humana y la fe en un futuro mejor: la ley desde arriba, la justicia desde abajo. Esta es la ecuación populista susceptible de orientarnos hacia un pensamiento, sentimientos y acciones situados en el “lado correcto de la historia”.

 

“¡Firme o váyase!”

En este sentido, me conmovió profundamente el mensaje de los jóvenes activistas de Ramallah y otras ciudades de Cisjordania exigiendo a Mahmoud Abbas: “¡Firme o váyase!” Es decir, firmar el Tratado de Roma en nombre de Palestina, y con ello incorporarse a la Corte Penal Internacional, o renunciar a la presidencia de la Autoridad Palestina ante su incapacidad para asumir el liderazgo.

Este vibrante llamado a la responsabilidad penal refleja una reivindicación populista según la cual la justicia debe ser finalmente dictada por un tribunal de justicia, y que la persecución del pueblo palestino debe ser oficialmente confirmada y demostrada mediante pruebas abrumadoras de la criminalidad multidimensional de Israel.

Es la fe de aquellos que creen que la Corte Penal Internacional es un tribunal de justicia y no un instrumento moralizador utilizado por los detentores del poder como un escudo tras el cual esconder crímenes más graves que son los suyos.

En la práctica, incluso si Palestina fuera aceptada como parte de la Corte Penal Internacional y el fiscal procediera (lo que parece poco probable) a investigar, procesar y emitir órdenes de arresto, las perspectivas de fallo, condena y castigo son casi nulas. Y aun cuando la exigencia de “¡Firme o váyase!” tiene sentido político, el literalismo jurídico acaba por esterizarla.

Por un lado, la oposición tan radical de Israel a la adhesión de Palestina a la Corte Penal Internacional dejaría suponer que una iniciativa de este tipo debería ser de utilidad para los palestinos.

Por otra parte, el mero recurso a la Corte Penal Internacional contribuiría significativamente a la batalla por la autoridad moral y política que se libran entre si Israel y Palestina, al generar comentarios y diálogo.

Es preciso tener en cuenta que el resultado de esta lucha en pos de la legitimidad será lo que probablemente decante, al final, este largo conflicto en favor de los palestinos, tal como ha ocurrido con todas las luchas anticoloniales de los últimos 70 años.

 

El movimiento BDS

Por último, estos esfuerzos palestinos por controlar el discurso de legitimidad contribuirían así a movilizar el apoyo mundial a la campaña BDS (boicot, desinversión y sanciones) y al embargo de armas a Israel.

Asimismo presionarán a los gobiernos y a las Naciones Unidas a apoyar finalmente la demanda de los palestinos de ejercer presión sobre Israel, utilizar su influencia y coerción no violenta para obtener una paz sostenible que reconozca los derechos palestinos de conformidad con el derecho internacional, en especial, el derecho a la libre determinación y el derecho al retorno.

Los palestinos han sufrido durante casi un siglo a causa de lo que la comunidad internacional decidió un día en su nombre sin pedirle su aprobación, y ni siquiera su consentimiento. Es hora de que todos nosotros, incluyendo a todos aquellos que actuamos por solidaridad, velemos por que sea el movimiento nacional palestino el que decida el significado de la autodeterminación para los palestinos.

En esta etapa, la expresión más auténtica del parecer de los palestinos sobre lo que representa una paz justa figura en la declaración del año 2005 formulada por una alianza de 171 organizaciones de la sociedad civil palestina (ONG y sindicatos) que lanzó la campaña de boicot, desinversión y sanciones en todo el mundo.

Desde un principio, la campaña BDS formuló tres demandas:

1. “Poner fin a la ocupación y a la colonización de todas las tierras árabes y el desmantelamiento del Muro;
2. Reconocimiento de los derechos fundamentales de los ciudadanos árabes palestinos de Israel en plena igualdad con los de los ciudadanos judíos israelíes; y
3. Respetar, proteger y promover los derechos de los refugiados palestinos a regresar a sus hogares y propiedades tal como se estipula en la Resolución 194 de la ONU.”

Resulta especialmente esclarecedor que en medio de esta confusa situación política existente sea actualmente la dirección de la campaña BDS la que tiene más posibilidades que la Autoridad Palestina o Hamas de representar la voz auténtica y legítima del pueblo palestino.

Aun cuando los palestinos padecen de lo que se ha identificado ampliamente como un déficit de liderazgo, esta situación se está viendo compensada por el auge innovador de una democracia desde abajo. Esta democracia podría producir la primera “intifada” mundial que representaría, por su parte, la próxima etapa de la lucha palestina, la cual cabe esperar, será emancipadora.

 

Este artículo fue inicialmente publicado en el sitio web de Al Jazeera.

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