¿Quién gana con los programas de empoderamiento de las mujeres gestionados por las empresas?

¿Quién gana con los programas de empoderamiento de las mujeres gestionados por las empresas?

Women’s economic empowerment initiatives generally exist to help remove the barriers to women’s full participation in the economy.

(Banque mondiale/Charlotte Kesl)

Ochocientas agricultoras mozambiqueñas han tenido acceso recientemente a un nuevo sistema de riego, a semillas de calidad y a fertilizantes. Decenas de miles de vendedoras de Colombia recibieron formación empresarial para mejorar sus medios de subsistencia. En Senegal, las mujeres que trabajan en la industria pesquera local pudieron aumentar sus ingresos después de participar en un programa de perfeccionamiento de las técnicas de pesca.

Ninguno de estos programas fue lanzado por organismos internacionales de ayuda o por organizaciones benéficas que luchan para acabar con la pobreza. Todos fueron financiados por algunas de las mayores corporaciones con ánimo de lucro del mundo, como ExxonMobil, la multinacional de petróleo y el gas; AB Inbev, el gigante cervecero; y QualComm, la compañía de equipos de telecomunicaciones.

Desde gigantes de bienes de consumo, como Coca-Cola y Mondeléz International, hasta empresas de consultoría y servicios financieros, como PwC y Goldman Sachs, muchas grandes empresas están optando por inyectar parte de los beneficios que podrían ir a los accionistas en iniciativas destinadas a ayudar a salir adelante a las personas, en particular a las mujeres, en el Sur Global.

Nunca ha habido tantos programas de empoderamiento económico de las mujeres financiados por empresas, dice Katherine Fritz, del centro internacional de investigación sobre la mujer, International Center for Research on Women (ICRW), radicado en los Estados Unidos, donde asesora a las empresas sobre cómo establecer y ampliar tales iniciativas. "En los últimos 10 u 11 años, los hemos visto triplicarse o cuadruplicarse", señala a Equal Times en los pasillos de uno de los últimos eventos de la serie de conferencias dedicadas a las mujeres y el desarrollo mundial, Women and Global Development Forum, organizada por el Chicago Council on Global Affairs, señalando que las primeras iniciativas comenzaron a surgir entre 2005 y 2007.

Aunque no existe una definición única de empoderamiento económico, se trata de iniciativas que suelen buscar eliminar las barreras que impiden la plena participación de las mujeres en la economía, proporcionándoles opciones de empleo, capacitación y mejora del acceso a la financiación.

Las mujeres que participan en estos programas trabajan en distintas etapas de las cadenas de valor de estas empresas: son productoras, proveedoras, contratistas, distribuidoras y, a veces, empleadas.

A medida que estas iniciativas han ido ganando popularidad, se ha empezado a cuestionar el papel que debe desempeñar el sector privado en la promoción de la igualdad de género y los derechos de la mujer. Los expertos advierten que no está claro si estas iniciativas están logrando tener un impacto profundo y a largo plazo en la vida de las mujeres. Sus críticos dicen que las compañías están promoviendo una definición muy limitada del empoderamiento económico, aislándolo de las condiciones sociales más amplias que llevan a las mujeres a cobrar salarios inferiores a los hombres, a encargarse de la mayor parte de las labores de cuidado no remuneradas y a participar en la fuerza laboral en menor proporción que los hombres. Por encima de todo, la pregunta sigue siendo: ¿quién se está beneficiando más de estos programas, las mujeres o las propias empresas?

"Creo que las empresas van a ser siempre criticadas por algunas personas, pase lo que pase", dice Linda Scott, profesora emérita de la Universidad de Oxford, iniciadora de la investigación académica en este campo. También es cofundadora, y ahora asesora principal, de la coalición empresarial para el empoderamiento económico de las mujeres Global Business Coalition for Women’s Economic Empowerment, un grupo de empresas como Coca-Cola y Goldman Sachs con iniciativas de larga duración, que recopilan e intercambian buenas prácticas.

El principal argumento para involucrar al sector privado en los esfuerzos por incorporar a las mujeres a la economía es su dimensión. Las mujeres no pueden ser empoderadas económicamente sin la participación de las mayores multinacionales del mundo, argumentan quienes proponen estos programas. Los ingresos anuales de empresas como McDonalds y Telefónica superan, respectivamente, el PIB de Papúa Nueva Guinea y de Luxemburgo. Además, sus cadenas de suministro afectan a la mayoría de las economías del mundo, por lo que es esencial que participen en estos esfuerzos.

Pero, en este proceso, las grandes corporaciones están equiparando el concepto de empoderamiento al de emprendimiento y el de estar empoderada a la capacidad de una mujer para gastar dinero, explica la uruguaya Ana Inés Abelenda, coordinadora de Justicia Económica en la Association For Women’s Rights in Development (AWID), una organización feminista internacional que defiende los derechos de la mujer en el desarrollo. "El empoderamiento económico de las mujeres no ocurre de forma aislada, está ligado a otros aspectos clave, como los derechos sexuales y reproductivos, el acceso a un salario digno y los derechos laborales", dice a Equal Times.

Eliminación de barreras estructurales

Después de revisar los programas de 31 empresas, un informe de la ICRW publicado en 2014, del que es coautora Fritz, advierte que en gran medida se centran en mejorar el acceso a la educación, las finanzas, la formación y las oportunidades de empleo. "Sin embargo, para que una mujer se empodere económicamente, necesita algo más que aptitudes y oportunidades", señala el informe, que aboga por un enfoque más amplio y centrado en los derechos humanos y en eliminar las barreras estructurales que impiden a las mujeres de los países en desarrollo participar plenamente en la fuerza de trabajo.

"No empoderen a la gente; contrátenla", dice Khadijat Zahrah Abdulkadir, fundadora de Digital African Woman, una ONG con sede en Bruselas que ofrece formación a startups tecnológicas dirigidas por mujeres en todo el continente africano. Si el objetivo de estas empresas fuera únicamente mejorar la posición económica de las mujeres, dice, las incorporarían como trabajadoras o empleadas.

"Pero eso, por supuesto, no lo hacen. Van y les ofrecen capacitación, y les dan a conocer los productos que pueden utilizar [con] el poco dinero que tienen para comprar", nos dice, señalando las persistentes altas cifras de desempleo juvenil en los países africanos, como prueba de que las grandes empresas de los países en desarrollo no practican lo que predican. Añade que el objetivo de las recientes iniciativas corporativas que ha visto proliferar en varios países africanos no es realmente empoderar a las mujeres locales. "Las compañías sólo necesitan hacer algo para justificar su presencia allí y poder seguir volviendo", dice.

Adwoa Sakyi, coordinadora de las mujeres de la región africana en la Unión Internacional de Trabajadores de la Alimentación, Agrícolas, Hoteles, Restaurantes, Tabaco y Afines (UITA), dice que la contratación de mujeres debería ser el primer paso en cualquier programa de empoderamiento.

"Dales un trabajo permanente, decente y de calidad, que acepte el diálogo social, la libertad de asociación y la protección social", resume Sakyi, para añadir que las empresas deberían, además, tomar más medidas para combatir la violencia de género.

A continuación, subraya, las empresas deberían adoptar el Programa de Trabajo Decente de la Organización Internacional del Trabajo, que hace hincapié en el diálogo social y el empleo productivo, y garantiza los principios y derechos fundamentales y la protección social en el trabajo. "Permitir que las mujeres se organicen libremente, y adopten colectivamente decisiones sobre sus condiciones de vida y sus ingresos, y al hacerlo respetar también las cuestiones de salud y seguridad, es algo que, en mi opinión, empoderará de verdad a las mujeres económicamente".

Sakyi también señala que la unión hace la fuerza y observa que demasiadas empresas tratan a los trabajadores de los países en desarrollo de forma individual o proyecto por proyecto. "No estoy segura de que se esté escuchando la voz de las mujeres sentándolas como colectivo a negociar", comenta. En cambio, la mayoría de las corporaciones "ven a la persona y le dan lo que ellos consideran razonable, sin tan siquiera tomar en consideración los ingresos que se supone deberían obtener estas mujeres por el trabajo que están realizando".

Mentalidad colonial

La justificación comercial de estos programas radica en que el empoderamiento de las mujeres es, simplemente, un buen negocio. Las economías de muchos países desarrollados se han estancado y muchas de las economías que más están creciendo hoy en el mundo se encuentran en el Sur Global. Al incorporar a más mujeres a la economía, las grandes multinacionales esperan garantizar que sus cadenas de suministro en estos países en desarrollo sean estables, seguras y de alta calidad. Al mejorar el acceso de las mujeres a la educación, la capacitación y las finanzas, se piensa que también pueden mejorar sus productos y suministros, expandir o aprovechar nuevos mercados, mantener satisfechos a los clientes de los países desarrollados y mejorar su rendimiento financiero.

Cuando Coca-Cola se asoció con la Fundación Bill y Melinda Gates para capacitar a los agricultores kenianos en prácticas de cultivo de frutas, por ejemplo, los ingresos de las mujeres participantes aumentaron en un 140%. Paralelamente, la iniciativa condujo a la introducción de un nuevo producto en el mercado local, el Minute Maid Mango, el primer zumo de la compañía en utilizar ingredientes de origen local en Kenia. En los EEUU, Walmart desarrolló la etiqueta "propiedad de mujeres" que certificaba a las empresas propiedad de mujeres, después de descubrir que sus clientes –la gran mayoría de los cuales son mujeres– tienen más probabilidades de comprar un producto fabricado por una empresa de propiedad de una mujer. Coca-Cola y Walmart no respondieron a las solicitudes de comentarios que les hizo este medio.

No hay nada de malo en que las empresas se involucren en estos programas por interés propio, dice Abdulkadir. Lo que sí considera problemático es el relato en que los envuelven y la forma en que se diseñan e implementan.

Se trata de proyectos diseñados sin la participación de las mujeres a las que pretenden capacitar y ejecutados por jóvenes profesionales de países occidentales que se sienten "realmente apasionados por ’salvar a África’", dice. "Esto nos coloca en una posición profundamente subordinada", dice. "Hay una mentalidad colonial: ’Así es como pensamos que se debe hacer, esto es lo que se necesita, esto es lo que queremos hacer por ustedes’", dice, y advierte que las multinacionales están cometiendo el mismo error que tantas organizaciones benéficas y onegés cometieron antes que ellas: no tener en cuenta la complejidad de los países y las regiones en las que operan, la diversidad de sus etnias y culturas.

Para Scott es muy recomendable que las empresas que establecen programas de empoderamiento de las mujeres busquen el apoyo de las comunidades locales y estudien encajar su iniciativa con las anteriores. "Es una buena práctica, pero no sé si se lleva a cabo", afirma. Las comunidades locales no están presentes en la mesa donde se diseñan estos programas, pero, dice, "por lo general, las personas que los diseñan suelen tener experiencia en este campo o han leído investigaciones relevantes sobre programas anteriores, o ambas cosas".

Señala que también hay una enorme diferencia entre las grandes empresas que llevan involucradas desde hace años en estos esfuerzos y las numerosas recién llegadas que, según ella, "sólo quieren, ya sabe, hacer lo que les parece".

Resultados a largo plazo

Quizás lo más preocupante es que nadie ha logrado medir el impacto profundo y a largo plazo de estos programas. Un informe reciente de la publicación Stanford Social Innovation Review advierte que "pocas compañías parecen estar diseñando sus programas de empoderamiento económico de las mujeres para tener un impacto duradero, o midiendo e informando sobre las repercusiones".

Las empresas, en cambio, están adoptando un enfoque empresarial. Están midiendo la eficacia de sus iniciativas en función de métricas: los millones de mujeres a las que han llegado, la cantidad de dinero que han podido ahorrar y el número de participantes que han encontrado un empleo.

Para medir los resultados a largo plazo se requiere tiempo y mucho dinero, por no mencionar la dificultad de medir algo como el "empoderamiento", dicen quienes están ayudando a las corporaciones a establecer estas iniciativas. Por ejemplo, aunque una mujer acceda a una oportunidad de empleo, podría llevar años ver cómo esta mejora su situación en el hogar, si tiene control sobre cómo se gasta su dinero, si se amplifica su voz en el trabajo, en el hogar y en la comunidad, en otras palabras, todo lo relativo al empoderamiento.

"Es una hipótesis lógica que estos programas crean ese tipo de empoderamiento, pero no siempre tenemos el tipo de datos granulares que nos permitirían hacer esa afirmación con mucha mayor contundencia", dice el Dr. Fritz, señalando que la falta de información también está obstaculizando los esfuerzos para persuadir a más empresas a unirse a la lucha. "No cabe duda de que necesitamos más datos contundentes de este tipo sobre el retorno de la inversión."

Sin embargo, a Abelena le preocupa que a medida que el empoderamiento económico de las mujeres se convierte en un medio para alcanzar un fin comercial, y que más corporaciones y fundaciones privadas se lanzan a la lucha –sin apenas rendir cuentas sobre las repercusiones y el contenido de los programas–, los Gobiernos se estén retirando cada vez más.

"Para mí, el peor escenario es que digan: ’De acuerdo, asociémonos con tal o cual compañía que va a mejorar el acceso de las mujeres al crédito o con esta que se dirige a las niñas en las escuelas y, por qué no, llamemos a Uber para que ofrezca a las mujeres la oportunidad de trabajar con su automóvil y con horarios flexibles’", dice ella.

"Se trata de una externalización total de la responsabilidad del Estado de hacer cumplir los derechos humanos de las mujeres. Es muy miope y no ataja de raíz el problema de por qué tantas mujeres en todo el mundo siguen sin disfrutar de sus derechos fundamentales, y mucho menos de autonomía económica".