Resiliencia, la nueva asignatura de los estudiantes en la línea del frente aún abierto en el este de Ucrania

Resiliencia, la nueva asignatura de los estudiantes en la línea del frente aún abierto en el este de Ucrania

A school bus waits for students in front of the Popasna municipal school in the province of Luhansk, Ukraine, a few days after the start of the new school year, September 2018.

(Mathilde Dorcadie)

Para ver el vídeo documental "Ucrania: escolares en la línea del frente" que acompaña esta crónica, con subtítulos en español, pulse aquí.

La vida de los niños de Donbás, en el este de Ucrania, cambió hace cuatro años. Cuando la guerra entre los separatistas prorrusos y el Gobierno de Kiev estalló en invierno de 2014, las escuelas se encontraban en primera línea: atacadas con cohetes u ocupadas por las fuerzas armadas, también sirvieron de cobijo temporal para los habitantes y de refugio para los desplazados por el conflicto.

Más de 250.000 niños y adolescentes viven en esta región, tanto en las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk como en el territorio leal al Gobierno ucraniano. Cerca de 55.000 se encuentran en las proximidades inmediatas de la “línea de contacto”, una zona muy conflictiva de 470 kilómetros de longitud entre ambas partes, donde todavía se siguen produciendo incidentes violentos casi a diario, a pesar de los acuerdos de alto el fuego.

Los dos primeros años, 2014 y 2015, fueron los más difíciles, ya que hubo una fase militar intensa que dañó los edificios y las carreteras y empujó a miles de personas al éxodo.

Los paisajes se quedaron marcados y el suelo plagado de peligros para el futuro, como las minas y otros artefactos explosivos. Los cursos, suspendidos durante varias semanas, se han reanudado en muchas partes, pero en 2018, esta generación de la guerra deberá aprender a vivir con los traumas y las amenazas que nunca desaparecen completamente. El desafío es enorme, ya que los padres deben lograr tomar la decisión de no privar a sus hijos del derecho a la educación a pesar del riesgo mortal al que estos están expuestos.

Reconstruir y proteger

La escuela primaria y secundaria de Popasna se encuentra en la “línea de contacto”, a muy poca distancia de la República Popular de Lugansk. Antes de que comenzaran las hostilidades acogía a 366 alumnos. Cuando se reanudaron las clases en septiembre había un centenar menos. Algunos se fueron a otras partes del país con su familia. El centro, pese a todos los esfuerzos realizados por los profesores y el director de la escuela, Victor Shulik, no está a salvo de los peligros, como cuando en 2014 y 2015 fue alcanzada varias veces por disparos de artillería y misiles grad, que destruyeron un aula y la sala de profesores. Por suerte, el incidente tuvo lugar en plena noche.

“Tratamos de hacer desaparecer el mayor número posible de rastros visibles de la guerra”, afirma el director, que protege su escuela como si fuera una fortaleza. Las ventanas que volaron en pedazos en la explosión se cambiaron y reforzaron. Un artista callejero francés pintó grandes murales coloridos con la participación de los niños y se construyó un parque de juegos completamente nuevo sobre las cicatrices de cemento del patio, todo ello con el apoyo de la Cruz Roja y UNICEF.

“Las partes beligerantes deben comprometerse a proteger las escuelas, los profesores y los niños”, explica Dariusz Zietek, director de las actividades de promoción en Save the Children-Ucrania.

“Por este motivo, colaboramos con otras ONG para que los representantes gubernamentales adopten la ‘Declaración sobre escuelas seguras’ y demuestren su voluntad política en la materia. Los niños son las personas más vulnerables en tiempos de guerra. Las escuelas no pueden ser objetivos militares y deben ser el lugar donde se sienten seguros”. Unas 50 escuelas de ambos lados se han visto afectadas por los enfrentamientos en 2018.

Los traumas de la guerra

En Popasna, cada vez que la sirena sonaba durante el día, los alumnos sabían que tenían que dirigirse lo más rápidamente posible al sótano del edificio, a un refugio construido en la época soviética para su uso en caso de ataque nuclear. Muchos de ellos conservan recuerdos traumatizantes. “Tras la primera crisis, fue necesario proporcionar apoyo psicológico, no solo a los jóvenes, sino también a los profesores, que estaban igualmente muy afectados”, recuerda Nadia Oksenchuk, encargada del departamento de educación de la provincia de Donetsk durante toda la crisis, de 2015 a 2018. “Se organizaron formaciones sobre cómo reaccionar durante el conflicto, soldados y médicos militares vinieron a dar información y apoyo. Los edificios destrozados se reconstruyeron muy rápidamente y llegaron donaciones de material escolar desde todas las partes de Ucrania”, cuenta a Equal Times.

Olesya Chernyshova confirma la increíble generosidad de la que dio muestra el país. Trabaja para una ONG protestante local para la juventud, cuyo nombre significa “Victoria de la juventud”, en Sloviansk, una de las primeras ciudades afectadas por el conflicto y que fue ocupada por las fuerzas separatistas durante varios meses. La organización ha trabajado en particular con los niños “desplazados internos”, según la terminología utilizada en la región por las autoridades. Ella misma tuvo que abandonar la ciudad varias semanas para proteger a su familia.

“Al principio, se acogió a la gente en campamentos, pero se volvió complicado en invierno. Nuestra parroquia organizó estancias de varias semanas para estos niños en familias ucranianas en el oeste del país o en el extranjero para que vieran otra cosa diferente a este entorno asfixiante”, explica a Equal Times.

“Sin embargo, ahora trabajamos a largo plazo porque hay que crear las mejores condiciones posibles para que puedan vivir aquí”.

Además de las sesiones de mediación psicológica, organizadas principalmente por UNICEF con el fin de ayudar a los jóvenes a expresar lo que han visto o vivido y a los profesores a acompañarlos mejor, también se realiza un trabajo importante de sensibilización respecto de los peligros de los artefactos explosivos dejados por los soldados. Desde 2014, 600 personas han muerto a causa de una explosión y más de 1.000 han resultado gravemente heridas. El Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), por ejemplo, utiliza las obras de teatro para que los más pequeños comprendan la importancia de no manipular objetos encontrados alrededor de sus casas que podrían ser minas antipersonas.

Los niños, las primeras víctimas de la crisis humanitaria

Con cerca de 10.000 muertos y un impacto desastroso en la economía local, la guerra también ha afectado duramente a las familias. La pobreza aumentó en un 72%. “Los problemas que afectaban a las familias modestas han aumentado mucho con el conflicto.

En los territorios que ya no están controlados por el Gobierno, la mayoría de los niños vulnerables depende de la ayuda humanitaria. El resto del país es relativamente pobre”, describe Zietek. Según las estimaciones de las Naciones Unidas, cerca de 3,4 millones de personas en la región dependen de la ayuda humanitaria para cubrir sus necesidades alimentarias y sanitarias.

Actualmente, las asociaciones locales e internacionales se preocupan por la caída de las donaciones para proyectos humanitarios. Para Dariusz Zietek, el mundo –y los donantes– empieza a olvidarse de este conflicto y a mirar hacia otras guerras.

Según Olesya Chernyshova, de la organización Youth Victory (Victoria de la juventud), “los ucranianos se han cansado y comienzan a preguntar ‘¿Por qué esa gente continúa viviendo allí si es peligroso?’ Pero cuando hablas con los habitantes de aquí comprendes que quieren quedarse en casa, donde tienen sus referentes y no deben pagar alquiler. Aunque sea duro para los niños, corren el riesgo, no tienen elección”.

También explica a Equal Times que las ayudas no siempre se distribuyen bien y que algunos pueblos han tenido que depender sobre todo de las redes de ayuda locales. “También se han creado redes de colaboración no oficiales con la sociedad civil ‘del otro lado’”.

Resiliciencia y ganas de aprender

Si volvemos al relato de los acontecimientos de estos cuatro últimos años en el Donbás, la implicación de los adultos en la protección de los niños y de la escuela, un lugar simbólico, es constantemente aplaudida por nuestros interlocutores. El centro de educación y ocio de Sloviansk, ocupado y dañado por los grupos prorrusos, fue el primer edificio que se reconstruyó porque “era el más importante para la comunidad”, insiste Chernyshova.

“La fuerza de resiliencia de todos los niños, los profesores y las familias es impresionante. Permite que la comunidad permanezca unida y siga siendo sólida”, constata por otro lado Miladin Bogetic del CICR. “La participación activa de los niños es algo bastante nuevo”, cuenta Zietek, que ha visitado numerosos terrenos en conflicto durante su larga carrera humanitaria.

“Se han creado comités de alumnos en las escuelas y están contentos de que se les escuche”.

También quieren estudiar. Para Nadia Oksenchuk, la persona a cargo de gestionar todo el sistema escolar de la región, uno de los mayores desafíos ha sido garantizar que los niños puedan, a pesar de todo, validar su año académico, en particular mediante el establecimiento de cursos a distancia y de recuperación. También hizo falta encontrar soluciones para que los niños escolarizados en los establecimientos bajo el control de las repúblicas separatistas puedan, si lo desean, obtener diplomas emitidos por el Estado ucraniano. Se concedieron salvoconductos y se organizaron “universidades de verano” en un tiempo récord.

En 2016, contra todo pronóstico, la región de Donetsk subió mucho en las clasificaciones escolares nacionales. “Creo que no se trata de una generación perdida. Las mentalidades cambian muy rápido. Los jóvenes que he conocido son inteligentes, educados y patriotas. Son los dirigentes del mañana. Pero no olvidamos a los niños del otro lado y tratamos de mantener los intercambios y los contactos entre los estudiantes”, añade Oksenchuk.

En un acto organizado con motivo de San Nicolás (el equivalente de Papá Noel que trae regalos en diciembre), miles de niños le escribieron cartas. Nadia Oksenchuk, emocionada, concluye diciendo que “normalmente piden regalos, pero las últimas veces han pedido simplemente la paz”.

This story has been translated from French.

Natalie Gryvnyak ha participado en la realización de esta crónica.

La presente crónica y el vídeo que la acompaña han sido posibles gracias a la financiación de Union to Union, una iniciativa de los sindicatos suecos, y el apoyo de la Confederación Sindical Internacional.