Ser pescador en el noreste Atlántico: una vida al ritmo de los lances

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Entre la duplicación de la población mundial, desde 1960 hasta ahora, y los cambios en los hábitos alimentarios, la cantidad de pescado capturado para la alimentación humana ha aumentado radicalmente, superando los 150 millones de toneladas al año. Esto representa cerca de 5.000 kilogramos por segundo. El 60% de esta pesca es pescado salvaje.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (Food and Agriculture Organisation of the United Nations, FAO), un europeo, por ejemplo, consume actualmente un promedio de 27 kilos de pescado al año.

Para alimentar la gran cadena de distribución, unos enormes buques factoría surcan diferentes zonas pesqueras en función del producto que estén buscando. Esta pesca industrial, denominada también “pesca a gran escala”, disfruta de importantes subvenciones por parte de los gobiernos.

Un pescador industrial recibe de media 187 veces más de subvenciones para gasóleo al año que un pescador artesanal, a pesar de que genera menos empleo –a saber, 200 pescadores industriales para 1.000 toneladas de pescado, frente a los 2.400 pescadores artesanales para la misma cantidad de pescado–. Además, la “pesca a gran escala” es mucho más intensa en materia de descarte.

Los buques industriales actuales son verdaderas factorías flotantes en las que el trabajo está totalmente pensado y organizado en cadena. Los marinos permanecen en su lugar de trabajo durante 27 días, período durante el cual viven, comen y duermen en función de la carga de trabajo que tengan.

El noreste Atlántico es la cuarta zona pesquera más importante a nivel mundial. Esta región, explotada principalmente por navieros europeos, representa más del 70% de las capturas comunitarias.

El reportero gráfico Pierre Vanneste se embarcó con trabajadores de la pesca industrial en dos ocasiones, durante períodos de 15 días en cada ocasión, para poder dar cuenta del cotidiano de estos profesionales.

 

Foto: Pierre Vanneste

La mayoría de los buques pesqueros del noreste Atlántico son arrastreros –noruegos, islandeses, rusos, daneses, ingleses, españoles y franceses–, con una eslora de entre 30 y 48 metros. Están equipados de una factoría para seleccionar y destripar el pescado, así como de una bodega refrigerada con capacidad para almacenar hasta 1.000 toneladas de pescado.

 

Foto: Pierre Vanneste

A bordo, los marinos viven al ritmo de las máquinas y de los lances, apurando escasas horas de sueño entre alguna comida y el trabajo de selección en la factoría. Cuando suena la alarma para avisar de que la red está llena, todo el mundo se levanta y se precipita a los vestuarios para tomarse a toda prisa un café antes de subir a cubierta.

“Una vez embarcados y arribados a la zona pesquera, el trabajo no se detiene hasta que las bodegas están repletas…”, cuenta François, antiguo marino pescador de este arrastrero de pesca a gran escala.

 

Foto: Pierre Vanneste

En los arrastreros más grandes, un lance de red bien llena equivale a cerca de 12 toneladas de pescado. Una vez cargada la red a bordo, se vacía por una trampilla situada en la cubierta, por la cual se envía el pescado a la factoría, en la cubierta inferior. En cada lance, las capturas accesorias son abundantes. Cerca de una tercera parte de un lance de red es descartado al mar. Las especies protegidas o reguladas (como por ejemplo ciertas especies de rayas y de tiburones) que quedan atrapadas por error en las redes, no escapan a esta ecuación, y la mayoría de las veces acaban pereciendo en lugar de ser devueltas a su medio natural.

En 2015, la Unión Europea estableció un reglamento para gestionar los descartes, que obliga, de forma progresiva, a que los buques desembarquen las capturas accesorias. Estas son a continuación vendidas a precio reducido y se utilizan para fabricar harina destinada a la producción agrícola y piscícola. A pesar de todo, aunque a partir de ahora las capturas accesorias se contabilizarán en las cuotas, hay quienes piensan que este reglamento no soluciona el problema del reemplazo de estas especies en el medio marino, y que sólo sirve para favorecer un mercado enfocado a una producción cada vez más importante, sin ningún plan de gestión de los recursos verdaderamente efectivo.

 

Foto: Pierre Vanneste

Hay veces que la red de arrastre remontada a bordo se ha desgarrado por el roce con alguna roca en el fondo marino o simplemente por el desgaste, en cuyo caso se utiliza la red de reserva para pescar y se desenrollan sobre la cubierta los 70 metros de red que hay que remendar (reparar). Si el desgarre es muy grande, la tarea de remiendo, sumada al trabajo de factoría, puede llevar muchas horas, a veces más de 24. Entonces, entre el remiendo, las tareas de la factoría, la subida de la red, etc., el trabajo no para, y los marinos no tienen ni un minuto para descansar.

 

Foto: Pierre Vanneste

Lo más difícil y lo que más tiempo consume a bordo es el repetitivo trabajo de selección de pescado. La factoría, situada en la cubierta inferior, es donde se selecciona el pescado, eliminando el que sea demasiado pequeño, el que esté dañado o el que no sea apto para la comercialización, y a continuación se destripa.

“Hay que ser capaz de soportar el trabajo de factoría. Cuando te pasas más de cuatro horas destripando pescado, llega un momento en el que te sientes completamente aturdido, y lo único que deseas es que llegue el momento en que puedas irte a descansar, ducharte... Pero cuando has terminado de seleccionar, que apenas tienes tiempo de tomarte un café y vuelve a sonar la alarma... sí, eso sí que es duro, es muy duro”, afirma François.

 

Foto: Pierre Vanneste

En alta mar, los marinos reciben por fax los datos de las ventas de la marea anterior, que se cuelgan en el tablón de anuncios de la sala común –el espacio de vida y cantina–. Allí ellos consultan la lista de los precios de venta y calculan la proporción de pesca que les corresponde con arreglo a un porcentaje que se ajusta al grado que ocupan en el navío. Esta cifra se sumará a sus salarios, y eso les anima para seguir aguantando la dificultad del trabajo y la duración de las mareas.

 

Foto: Pierre Vanneste

Aproximadamente cada diez días se desembarca el pescado para venderlo en tierra, momento en el que una parte de la tripulación es relevada antes de que el buque retorne a surcar los mares para llenar las bodegas.

“El verdadero problema que tenemos actualmente es que continuamos cometiendo la misma aberración de los años 1970-80 al seguir dando la máxima importancia al beneficio en exceso, y por lo cual es absolutamente necesario llenar las bodegas por completo. Está claro que si esto sigue así, terminará mal. Tendría que producirse una toma de conciencia y que hiciéramos algo al respecto. Pero, por otra parte, hay demasiado en juego para cada uno...”, resume François.

 

Este artículo ha sido traducido del francés.