Sudán del Sur: Pitágoras en las trincheras

Sudán del Sur: Pitágoras en las trincheras

Peter Taban, aged 14, studies at the school in Chahari, near the border with Uganda. 24 April 2017.

(Javier Sauras)
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Peter Taban es, paradójicamente, un privilegiado. A sus 14 años, vive con su madre y sus cinco hermanos pequeños en un tukul de paja y barro cerca de la frontera con Uganda. El padre de Peter era soldado y murió en la guerra de independencia. Su madre, Teresa, pasa el día recogiendo leña, yendo al pozo a por agua, buscando frutos salvajes y estirando con mimo sus exiguas reservas de grano. Este año la sequía les ha dejado sin cosecha. Con los caminos cortados por la guerra, apenas llegan alimentos a su pueblo de Chahari, en la provincia de Eastern Equatoria, al sur del país. Cuando hay suerte, la familia de Peter come una vez al día.

El único polo de Peter, amarillo fosforito, no se termina de adaptar a él. Está acartonado, un poco descosido por las costuras, tiene el cuello deformado y le viene grande. Peter no lleva zapatos, pero tiene un bolígrafo y varios cuadernos. El lunes es su día favorito de la semana porque es cuando vuelve a la escuela. En Chahari, a pesar de la guerra, dos barracones de hormigón divididos en aulas siguen en pie para recibir a los niños. Peter es un privilegiado: a diferencia del 70% de los menores sursudaneses, puede seguir yendo a clase.

A Peter, que apenas ha conocido años de paz, le gusta la escuela. Si no fuera a clase, tendría que ayudar a su madre en los campos de maíz y sorgo, o bien desempeñarse asustando a los pájaros para que éstos no arruinen la siembra, o cazando ratas almizcleras armado con arco y con flechas. “Sé que si termino mis estudios puedo llegar a ser alguien importante”, dice con un hilillo de voz. El mayor de los Taban es un chico espigado que camina ligeramente encogido, como para rehuir la atención. Su timidez contrasta con su ambición. “Quizá un día llegue al parlamento, o a ser gobernador”, sueña.

 

Peter Taban, aged 14, studies at the school in Chahari, near the border with Uganda. 24 April 2017.

Photo: Javier Sauras

Sudán del Sur es el país del mundo con mayor porcentaje de niños sin escolarizar. UNICEF califica la situación de “catastrófica”. Sin atenuantes. Apenas quedan menores que puedan disfrutar de su infancia en Sudán del Sur. Al menos dos millones de niños han tenido que huir de sus casas acosados por la violencia de la guerra y el hambre. Entre ellos, un millón ya vive en los campos de refugiados de Uganda y Kenia. Además, las agencias de la ONU estiman que más 17.000 menores se han convertido en niños soldado. La guerra civil, que ya va por su cuarto año, no parece acercarse a su fin.

 

Peter helps his mother, Teresa Nabot, to learn numbers and the alphabet. 24 April 2017.

Photo: Javier Sauras

Cuando Peter regresa por las tardes a casa, lo primero que hace es sentarse con su madre, bajo la sombra de un árbol, junto a su tukul, a explicarle la lección. La madre de Peter no pudo ir a la escuela. “Fue por la guerra”, explica, y casi suena a disculpa. “Estábamos huyendo continuamente de los bombardeos. Todo el mundo se sentía perseguido y amenazado”. Su vida ahora no resulta más sencilla. Viuda y con cinco hijos, sin una fuente segura de ingresos ni de alimento, Teresa lucha por aprender a leer y escribir. “Las personas educadas tienen más recursos para enfrentarse a una crisis como ésta. Pueden cuidar mejor de sus familias y atender la salud de sus hijos”, dice con seguridad.

Teresa acude muchas tardes a clases especiales para adultos. A ella le interesa aprender a apuntar las cosas que le dicen y quizá, en el futuro, trabajar en una oficina. “En la vida tiene que haber más cosas además de cavar en el campo y tener hijos”.

Lo que más disfruta su hijo Peter son las matemáticas. Su maestro se llama Job Peter Ohisa. En sus clases enseña cálculo y algo de trigonometría. El teorema de Pitágoras aparece recurrentemente en los exámenes de matemáticas de Chahari.

 

Job Peter Ohisa, maths teacher and community mobiliser. 24 April 2017.

Photo: Javier Sauras

Además de su rol como profesor de matemáticas, Ohisa cumple el papel de movilizador de la comunidad. Él se encarga de transmitir las noticias de la escuela a los vecinos de Chahari y de ir a buscar a los alumnos que dejan de asistir a clase. A veces, algunas familias no pueden permitirse pagar la tasa –mínima– de matriculación en la escuela, o de perder la ayuda de uno de sus hijos con los animales y la cosecha. En estas ocasiones Ohisa recurre a AVSI, la única ONG que permanece en la zona. AVSI es una organización italiana que lleva décadas trabajando en los alrededores. Cientos de menores, como Peter Taban, estudian apadrinados por su programa de apoyo a distancia. Sobre AVSI recae también la responsabilidad del reparto de comida en las escuelas que el Programa Mundial de Alimentos y la agencia de cooperación estadounidense USAID consiguen transportar hasta la región.

“En nuestra escuela, el número de alumnos ha aumentado durante la guerra. Es por la hambruna”, señala Ohisa. Todos los días, al terminar las clases, los alumnos hacen cola para llenar una escudilla con una pasta de maíz y aceite vegetal. Sin embargo, en los últimos meses, muchos de los niños se marcharon con sus familias camino a la frontera. La batalla se recrudeció en 2016 y ni siquiera los camiones de la ONU eran capaces de atravesar el frente. Tampoco podían enviar a nadie desde Chahari. “Los conductores tenían miedo”, reconoce el profesor. La muerte, en Sudán del Sur, acecha desde las trincheras y en las despensas vacías.

 

Children queuing for food at the school in Chahari. 24 April 2017.

Photo: Javier Sauras

Los últimos datos publicados en la Clasificación Integrada de las Fases de Seguridad Alimentaria alertan de que hay 25 millones de personas que requieren ayuda humanitaria urgente contra el hambre entre Sudán del Sur, Somalia y Yemen. De los 12 millones de sursudaneses, más de la mitad está en riesgo. Entre ellos, ya hay un millón de niños gravemente malnutridos.

 

Rosina Imotong, an AVSI worker, examines a child with symptoms of malnutrition. 25 April 2017.

Photo: Javier Sauras

En el condado de Ikotos, al que pertenece Chahari, el mapa del hambre responde a la orografía. La comarca está cortada por unas montañas: al sur de ellas, cerca de Uganda, es más complicado encontrar menores malnutridos. Esta ligera ventaja no se debe al comercio con el país vecino, que es casi inexistente, sino a la calidad de la tierra. En las aldeas del sur, como Isohe, el suelo es más fértil y crecen más frutos salvajes. Chahari está al norte, es más árido, y esto se nota en la fisionomía de los menores. Cuando los trabajadores sociales de AVSI o los médicos de la clínica de Isohe visitan el norte del condado, siempre se encuentran con niños en situación de riesgo.

Rosina Imotong, de 25 años, es una de las mujeres que realizan estas visitas. Se desplaza hasta las aldeas en bicicleta, con una báscula, un metro, un cargamento de vacunas, y un brazalete MUAC. El MUAC es una herramienta que sirve para medir la malnutrición infantil. Sus viajes al norte de Ikotos se saldan con resultados agridulces: por un lado, le hace feliz acudir con ayuda a los lugares más deprimidos; por otro, sabe que su auxilio nunca será suficiente. “Cuando encontramos un niño malnutrido, nos ocupamos de darle a su madre comida para ayudarle. Sin embargo, como todas las familias pasan hambre, las madres suelen compartir la comida entre todos sus hijos. Así es muy difícil que los más pequeños se recuperen”, explica.

 

Sister Paskwina Iromo, a nun from Isohe and director of the school. 23 April 2017.

Photo: Javier Sauras

La guerra civil de Sudán del Sur es el último de los conflictos que han moldeado a esta región del África subsahariana. No hay nadie en el condado de Ikotos que no conozca el sonido de las balas. La guerra, casi sin interrupción, lleva casi un siglo acechando la memoria de sus habitantes. Primero fue una lucha de independencia de todo Sudán contra Egipto. Después contra los ingleses. Una vez el país se libró del colonialismo, las provincias del sur, cristianas y de mayoría negra, se levantaron en armas contra la influencia árabe de Jartum. La primera guerra de independencia comenzó en 1955. La recuerda Paskwina Iromo, directora de escuela, y una de las cuatro monjas que viven en Isohe.

La hermana Paskwina, como la conocen sus vecinos, no ha disfrutado ni una sola década de paz en sus 68 años de vida. A las dos guerras de independencia, que terminaron en 2005, se suman los años del terror de las milicias de Joseph Kony, conocidas como Lord’s Resistance Army. Los últimos cuatro años ha sufrido la guerra civil entre los partidarios del presidente, Salva Kiir, y su antiguo vicepresidente, Riek Machar, sin poder explicar ni cómo empezó ni por qué continúa. Hoy la lucha adquiere tintes étnicos, con los dos grupos mayoritarios del país, los Dinka y los Nuer, separados entre las tropas de Kiir y Machar. “Mucha gente pierde a sus padres. Los padres pierden a sus hijos. Los niños crecen sin ir al colegio, y todo el mundo está perdiendo la esperanza”, señala.

 

A boy looks through the window into one of the classrooms at the school in Chahari. 22 April 2017.

Photo: Javier Sauras

Teresa, la madre de Peter, se debate entre la ilusión y el fatalismo. “Espero que mis hijos tengan un futuro brillante. Al menos aquí, en Chahari, tienen la escuela. Si nos ponemos en marcha para intentar llegar al campo de refugiados no sé qué nos puede pasar”.

This article has been translated from Spanish.