Tener 20 años en Transnistria

Tener 20 años en Transnistria
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Cuando se le pregunta qué se siente al vivir en un país que no existe, Maria Sakalova, con el ímpetu de sus 24 años, se enfada. “Yo tengo ganas de exhortar a la gente a que venga aquí, a que venga a ver cómo es mi país”, replica con vehemencia. Nacida en 1992, Maria pertenece a una generación que no ha conocido más que el Estado transnistrio, un territorio oficialmente bajo el control de las autoridades moldavas, que nació en 1990 de las cenizas de la URSS, pero que es de facto independiente y está apoyado financieramente por Rusia.

Maria sólo tiene una esperanza: ver un día reconocida la independencia de Transnistria. Y una sola inquietud: poder viajar libremente con su pasaporte transnistrio – un documento de identidad que por el momento no le otorga ningún derecho en el extranjero.

Maria, una joven de ojos azules y cabello largo, parece decidida y segura de sí misma. Es una brillante estudiante de literatura que está muy implicada en la vida de su universidad. Podría haber hecho como todos sus amigos y marcharse a terminar sus estudios al extranjero, pero tomó otra decisión: quedarse en Transnistria para montar su propia empresa. Así pues, desde el año pasado cosecha fresas y las vende en el mercado local. Todo ello gracias a los 5.000 euros (5.307 USD) de subvención de la Unión Europea y el PNUD, que promueven el acercamiento de las dos riberas del Dniéster, el río que hace las veces de frontera entre Moldavia y Transnistria.

“Este año hemos obtenido la primera cosecha, pero todavía no estoy segura de que vaya a cubrir todos mis gastos”, explica. “No he elegido la facilidad, pero tenía ganas de tener mi empresa y de contribuir al desarrollo de mi país. Porque si no lo hago yo, ¿quién lo va a hacer?”.

Dado que los diplomas de Transnistria no tienen ningún valor, muchos estudiantes abandonan el país y se marchan a Moldavia o a Rusia, que son los únicos países que los aceptan. De hecho, la migración no concierne únicamente a los jóvenes. Entre 1989 y 2014, la población de Transnistria pasó de 750.000 a 450.000 habitantes, debido principalmente a la falta de empleo.

Anton Polyakov, fotógrafo documental de 26 años, es muy consciente de ello. Sin embargo él ha optado por quedarse a vivir aquí. Se las apaña vendiendo sus fotografías a periódicos extranjeros. “Las personas que se han marchado al extranjero, tarde o temprano volverán, porque allí no son felices”, sostiene. “Cuando estuve trabajando de repartidor en San Petersburgo, lo único que deseaba era poder volver a casa. Esta es mi tierra natal, donde están mis amigos, y aquí la naturaleza es omnipresente. Yo siento verdaderamente necesidad de estar aquí”.

Recientemente ha comenzado una serie de fotografías sobre la juventud en el ámbito rural. Sus imágenes, impregnadas de hastío y de nostalgia, ponen de manifiesto que en el campo las esperanzas son más limitadas que en la ciudad. Para los jóvenes que quieren quedarse, una de las raras opciones que se les ofrece es incorporarse al ejército transnistrio o ruso. De lo contrario, la agricultura sigue siendo uno de los únicos medios de vida.

La tasa de desempleo oficial es del 3,43%, pero esta cifra dista mucho de representar la realidad puesto que no se contabilizan las personas que han emigrado. Y según los expertos, estos últimos años el paro no ha hecho más que aumentar, dejando patente una situación económica complicada.

Las posibilidades son también limitadas para las mujeres: convertirse en madre bastante joven, estudiar en Tiraspol, o trabajar en las tiendas Sheriff – una corporación local que prácticamente monopoliza la economía de la región. En última instancia, estas perspectivas son bastante parecidas a las que se ofrecen a los jóvenes de los países vecinos de la era post-soviética.

 

Marcharse para tener más libertad

Muchos de ellos dicen que tarde o temprano se marcharán. Así le sucede por ejemplo a Alexandra Telpis. Esta joven, que trabaja para una ONG local financiada por fondos checos, dirige el Club 19, el único espacio un poco “alternativo” de la capital. En este lugar caluroso y acogedor, decorado con muebles renovados, organiza con determinación debates relacionados con temas de actualidad, festivales de películas y exposiciones.

“Me gusta mi trabajo, aquí me siento útil”, cuenta. Alexandra hizo sus estudios en la zona moldava, y después en Rumanía, como le había instado su familia. Precisamente su familia no entiende que no se haya ido seguidamente a Europa, teniendo como tiene la nacionalidad rumana. “Mientras no me impidan trabajar, yo me quedo”, declara.

Trabajar en asociaciones y entornos culturales sigue siendo un tema delicado en Transnistria. En especial si se empiezan a abordar cuestiones relacionadas con los derechos humanos, la tolerancia o el civismo. “El régimen considera que son ámbitos ‘políticos’, lo cual está prohibido”, dice suspirando.

Al igual que en Rusia, el Parlamento local está preparando una ley contra “los agentes extranjeros” que podría decretar fácilmente la disolución de su asociación. “Desde la perspectiva de los servicios secretos, ¡yo soy el agente extranjero típico!”, dice con sarcasmo. “Hablo rumano, tengo pasaporte rumano, trabajo en una asociación financiada por países extranjeros...”. Sospecha que su ONG está siendo vigilada. A ella la han seguido y la han amenazado varias veces por teléfono. Pero asegura no tener demasiado miedo: “Yo sé que no estoy haciendo nada ilegal ni nada que vaya en contra del régimen. Eso me ayuda a no volverme paranoica”.

Carolina, una fotógrafa de 21 años, ha sido objeto de presiones similares. “Tengo la impresión de estar saliendo de una pesadilla espantosa”, declara. Estuvo trabajando durante varios meses en la realización de una serie fotográfica centrada en los problemas a los que se enfrenta la comunidad LGBT de Tiraspol. El anuncio de la exposición en las redes sociales provocó una avalancha de críticas y de amenazas por parte de los usuarios. “Me di cuenta de que formaba parte de una minoría que tenía ganas de que las cosas evolucionaran”, explica. “Pero en realidad, aquí casi nadie quiere cambios, porque la mentalidad es muy conservadora. Y mientras el país permanezca cerrado, la mentalidad no podrá evolucionar”.

La exposición debía haberse inaugurado en el Club 19, pero Carolina prefirió cancelarla tras las amenazas de los servicios secretos a su familia y a sus amigos.

También temía que se le impidiera salir del país para terminar sus estudios de medicina. A pesar de tener un pasaporte ruso que le facilitaría la tarea, sigue dudando entre las capitales rusa y europeas: “En Rusia hay más libertad que aquí, pero menos que en Europa...”.

En uno de los bares de moda de Tiraspol, decorado con los colores de Halloween, Ghenadie Cornitel saluda a todas las personas con las que se cruza, al tiempo que atiende a sus llamadas de teléfono. Con una copa de vino en la mano, este emprendedor de 22 años cuenta cómo ha creado, “un poco por despecho”, una página de una red social rusa dedicada a Transnistria. Con sus 35.000 miembros, esta página y la publicidad que se incluye le aportan algo de dinero y, sobre todo, algo de notoriedad.

Pero sabe que hay ciertas reglas que hay que respetar. “Tengo tres moderadores que borran determinados comentarios, como los que critican el régimen o convocan manifestaciones”, explica. “Pero, por lo general, los usuarios son conscientes de las cosas que pueden decir y las que no”, explica este joven que, con la considerable popularidad de la que ya goza, se plantea entrar en política. 

Dicho esto, a Ghenadie le resulta difícil quedarse aquí, y con razón. Estudia Finanzas, pero ni la moneda local transnistria ni el sistema bancario del país están reconocidos. Le resulta divertido haber elegido una carrera manifiestamente tan poco prometedora.

Pero de momento la autocensura funciona bien en Transnistria, sobre todo en períodos como el de las elecciones presidenciales que acaban de celebrarse en el país, durante los cuales la libertad de expresión está todavía más controlada que de costumbre. El domingo 11 de diciembre, Vadim Krasnoselski, Presidente del Parlamento transnistrio, fue elegido en la primera vuelta, obteniendo el 70% de los votos y derrotando a su rival y actual Presidente en funciones Evgheni Sevciuk.

Pero parece que estas elecciones tendrán escasas repercusiones en la situación geopolítica del país. Efectivamente, las negociaciones enfocadas al acercamiento entre Chisinau y Tiraspol se encuentran estancadas desde hace varios años. “A mi me gustaría quedarme aquí y no tener que marcharme, pero sólo si la situación en Transnistria se vuelve un poco más estable”, confiesa Ghenadie.

“Sin embargo hace ya 26 años que la situación está congelada, así que no sé cómo podría evolucionar”.

 

This story has been translated from French.