¿Renacerá la cultura alimentaria ital en Jamaica por el empuje mundial del veganismo?

¿Renacerá la cultura alimentaria ital en Jamaica por el empuje mundial del veganismo?

A freshly-prepared vegan meal is served at King David’s Ital Restaurant in Kingston, Jamaica.

(Billie McTernan)
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En Fleet Street, una calle aparentemente como otra cualquiera, situada en el barrio de Parade Gardens, en el centro de Kingston (Jamaica), multitud de murales de vivos colores llenan los muros. Macetas con plantas, neumáticos y bancos pintados abarrotan las aceras.

Una bandera verde, amarilla y roja cuelga del tejado de chapa ondulada de una discreta vivienda, ondeando de vez en cuando al son de la brisa. La bandera, símbolo del movimiento rastafari, señala la entrada a Life Yard, una empresa social comunitaria fundada por un grupo de vecinos. Mientras saluda a amigos y vecinos, Shane Morgan, director ejecutivo y cofundador de la organización, explica el espíritu de la misma.

“La iniciativa consiste en crear una forma de vida sostenible. Crear un lugar donde los niños aprendan, crezcan y jueguen de manera segura”, dice. “Un espacio cultural donde la comunidad y personas de todo el mundo puedan venir y recibir una educación lúdica a través del arte, la música, el baile y el teatro”.

Son las nueve de la mañana de un sábado y la calle está un poco más concurrida de lo normal a esta hora. Jimmy Cliff, icono del reggae, está grabando un vídeo y el equipo de Life Yard está haciendo de anfitrión. Jóvenes y mayores se congregan para ver a esta leyenda en acción.

“De esto es de lo que se trata”, dice Morgan con una tímida sonrisa. “Comunidad”.

Siendo jóvenes adolescentes, Morgan y los compañeros cofundadores de Life Yard, Sabukie Allen y Nikuma Carr, se interesaron por el movimiento rastafari –una religión relativamente nueva, derivada de las creencias judeocristianas y del cristianismo ortodoxo etíope en particular–, en el marco del cual llevar una dieta “ital”, o vegana, es clave.

Debido a las presiones y exigencias que recaen sobre las familias con bajos ingresos de la zona, las comidas caseras adaptadas a estas nuevas dietas no eran realmente una opción. Así que, junto con un grupo de amigos, estos adolescentes empezaron hace 19 años a cultivar la tierra en su comunidad, con el objetivo de mantenerse a sí mismos y a los demás. En aquella época no existía ningún modelo de agricultura urbana, y tuvieron que utilizar métodos de permacultura para adaptarse al entorno de su ciudad y desarrollar también un procedimiento orgánico para producir fertilizantes y pesticidas.

“Por aquel entonces solo cultivábamos los alimentos y los consumíamos, y se los regalábamos a nuestros vecinos”, dice. “La idea era mantenernos”.

Dieciséis años después, en 2014, decidieron cambiar de táctica. Life Yard nació en un momento en que la comunidad, también conocida como Southside, estaba siendo calificada como una de las más volátiles de Jamaica debido a los elevados índices de delincuencia –explica–. Ahora, casi 20 años después de que se plantara la primera semilla, esta empresa social es el orgullo de Parade Gardens.

Pero la base agrícola sigue siendo la piedra angular. Gracias a las esmeradas manos que cuidan a diario el jardín, los árboles de plátanos y ackee se yerguen altos, proporcionando un fresco respiro del sol durante el día. El tomate, el calalou, el pimiento rojo Caribe, el plátano verde y toda una serie de ingredientes básicos de la cocina jamaicana se cultivan junto con productos más occidentales como el kale y la albahaca.

El movimiento se ha expandido por Kingston hasta la parroquia de St. Catherine, donde miembros de Life Yard han estado compartiendo conocimientos con comunidades, escuelas e instituciones académicas, ayudándoles a poner en marcha sus propias granjas sostenibles.

El movimiento rastafari en Jamaica, y más allá

Al otro lado de la ciudad, David, propietario del King David’s Ital Restaurant, también estuvo influenciado en su adolescencia por el movimiento rastafari, y en seguida lo convirtió en una forma de vida.

“Cuando se alaba a Haile Selassie, la manera de comer de uno tiene que cambiar automáticamente”, explica David con entusiasmo. “Pero aunque no estuviera alabando a Haile Selassie, yo percibo la dieta ital como algo bueno. Si pudiera retroceder en el tiempo y volver a la época en que mis padres me cuidaban, hubiera adoptado una dieta ital desde el principio”.

El movimiento rastafari se arraigó por primera vez en Jamaica en las décadas de 1920 y 1930. Aunque sus orígenes se remontan al cristianismo, el movimiento está basado en una interpretación africana de la Biblia y del cristianismo. El aspecto vegano fue introducido por una de las figuras más destacadas de la religión, el predicador Leonard Howell, y se ajusta al concepto de livity o fe viviente, que implica un estilo de vida natural. El alcance del movimiento rastafari es difícil de cuantificar incluso en Jamaica, donde, según un censo de 2010, apenas un 3% de la población se identificaba como rastafari.

Jahlani Niaah, profesor y coordinador de Estudios Rastafaris en la Universidad de las Antillas, lo atribuye a la marginación que sufren los rastafaris en el país. Niaah calcula que la cifra se aproxima más al 8-10% de la población, lo que se traduce en 290.000 personas. El impacto musical y cultural de la religión a nivel mundial también tiene un alcance incalculable, situando esta pequeña isla en el escenario internacional con su enorme influencia cultural. Desde Japón a Nueva Zelanda, y en varios países de África y el Caribe, el estilo de vida rastafari está siendo mantenido por una serie de fieles seguidores.

Es mediodía, y con la música reggae de fondo, David se va animando a medida que la gente que va a almorzar baja a su humilde espacio en Half Way Tree, una concurrida zona de transporte y comercios de la capital. Algunos de los clientes admiten que comen regularmente carne pero que a menudo optan por equilibrar su dieta con comidas veganas que se adaptan a la cocina tradicional jamaicana. Hoy en el menú hay plátano verde y boniato cocido, arroz de calabaza, tofu, menestra de verduras y ackee, con una guarnición de plátano frito.

Aunque el restaurante de David es famoso entre los vecinos, gran parte de su reputación se debe al público internacional, sobre todo en temporada de vacaciones. Pero está convencido de que se está produciendo un cambio.

“Las cosas están realmente cambiando con el tiempo, porque la mayoría de los jamaicanos que ahora mismo están comiendo ital, antes no lo hacían. El porcentaje está aumentando”, dice con cierto orgullo, atribuyéndolo a las enseñanzas rastafaris sobre la conciencia vegana. “Es un proceso lento pero seguro”.

David lamenta el estado actual de la producción de alimentos naturales en el país, y dice que el Gobierno no ha llegado a crear un entorno favorable para los agricultores locales. La agricultura contribuye en un 7,9% al PIB del país, según datos del Banco Mundial. Si bien es un sector que ha venido aumentando de manera constante desde 2010 como resultado de una iniciativa del Gobierno, sigue habiendo inquietudes por la importación desde el extranjero de ganado, semillas y cultivos genéticamente modificados, puesto que actualmente no existe ninguna normativa que lo prohíba.

“Esta bendita isla de Jamaica no se merece que andemos importando zanahorias y patatas irlandesas llenas de productos químicos. Nosotros podemos cultivarlas aquí, en tierra natural”, dice. “Yo creo que esas importaciones están hundiendo a los agricultores de Jamaica”.

Niaah también ha observado un aumento en el número de debates sobre veganismo que se están llevando a cabo en los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales de Jamaica. En el contexto rastafari de la nutrición por medio de la fe viviente, dice, la tendencia a adoptar estilos de vida más saludables a nivel mundial es percibida por los jamaicanos como una alternativa vegana que existe desde hace mucho tiempo.

“Se piensa que ser vegano está tan de moda que resulta costoso. Yo creo que en los ámbitos europeo y norteamericano el veganismo se considera una especie de estilo de vida yuppie, metropolitano y acomodado. El movimiento rastafari presenta el veganismo como algo básico y económico”.

Niaah ha constatado también un creciente número de restaurantes rastafaris por toda la capital y, con ello, más experimentación en la preparación de comida vegana por parte de jóvenes emprendedores a medida que la gastronomía se va convirtiendo en un producto turístico cada vez más importante.

Pero también señala que describir algo como “vegano” no lo convierte automáticamente en “ital”.

“La dieta ital implica una nutrición vegana limpia y no contaminada. Se parte de un enfoque moral y filosófico. Entre otras cosas, está la actitud y mentalidad de las personas que cosechan o cultivan o preparan la comida, es decir su propia espiritualidad, su sentido de precisión a la hora de alcanzar este estilo de vida”.

Morgan considera igualmente que la práctica de cultivar lo que se come ha ido más allá de simplemente poner comida en la mesa.

“Cada persona que se implica en nutrir la vida a partir de la tierra terminará desarrollando un cierto nivel de disciplina, de humildad y de apreciación por la vida”, reflexiona.

“Pasado un tiempo se darán cuenta de que han eliminado muchos de sus comportamientos opresivos porque la naturaleza de la vida se adueña espiritualmente de ellos. Life Yard es la esencia de los jóvenes que empiezan a dedicarse a la agricultura y al cuidado de las plantas. Si podemos cuidar las plantas y la comida, ¿por qué no cuidar a las personas? ¿Por qué no ayudar a mejorar la vida de las personas así como la alimentación?”, pregunta.

“Este lugar es vida”.