El ecosistema de Leuser, paraíso de la biodiversidad, amenazado por el aceite de palma

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Iep Diah aún añora los bosques que solían recubrir las suaves colinas cercanas a su casa en el distrito de Aceh Tamiang, en el norte de la isla indonesia de Sumatra. “Antes había cientos de árboles diferentes aquí”, recuerda esta mujer de 40 años. Hoy, sin embargo, sólo uno se avista en esas mismas lomas: la palma aceitera.

El bosque perdido no es un bosque más. Aceh Tamiang se encuentra en una de las lindes del ecosistema de Leuser, una de las zonas con mayor biodiversidad del mundo y que alberga especies únicas como los orangutanes, el rinoceronte o el elefante de Sumatra.

Los tres están incluidos en la lista de especies en peligro de extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, según sus siglas en inglés), debido a la amenaza que las plantaciones de aceite de palma sobre todo, pero también las de pulpa para papel y la minería, suponen para sus hábitats.

La legislación indonesia protege –al menos sobre el papel– esta selva tropical definiéndola como un “área estratégica nacional por su función de protección medioambiental”, pero las plantaciones de palma siguen arañando hectáreas en la región para alimentar a la poderosa industria del aceite de palma.

Y es que Indonesia produce cerca del 45% del total mundial de este aceite, un aceite fundamental para la industria alimentaria, pero también para la cosmética y, cada vez más, para la energética.

Un informe de la organización medioambiental estadounidense Rainforest Action Network(RAN), publicado en noviembre de 2014, apuntaba directamente a los tres principales compradores de aceite de palma del mundo: Wilmar International, Musim Mas Group y Golden Agri-Resources Ltd como culpables de la destrucción de zonas protegidas dentro del ecosistema de Leuser.

“Muchas de las plantaciones en esta área [Aceh Tamiang] son ilegales. No tienen los permisos necesarios y el espacio está protegido”, dice el biólogo Rudi Putra, uno de los principales activistas medioambientales de la región.

En los años 70, el Gobierno del entonces dictador Suharto estableció la palma como política prioritaria para reducir la elevada pobreza del país y las plantaciones se expandieron rápidamente por las islas de Sumatra y Kalimantan (el nombre que recibe la parte indonesia de Borneo) y, más recientemente, en Papúa, a menudo a expensas de selva virgen como el ecosistema de Leuser.

Así, según un estudio realizado por el Instituto de Tecnología de Zurich (ETH Zurich), al menos el 56% del terreno que ocupa la palma plantada en Indonesia entre 1990 y 2005 había sido antes bosque tropical. En la vecina Malasia, el segundo productor mundial tras Indonesia, la cifra para ese periodo oscila entre un 55 y un 59%.

 
Pérdida de hábitats, de toda vida animal y muertes prematuras

Las grandes palmeras aceiteras cubren hoy unos 11 millones de hectáreas en Indonesia y se han expandido a una media aproximada de 500.000 hectáreas anuales durante la última década.

“Si la deforestación continúa este ritmo, de aquí a 15 años no quedará nada [en el ecosistema de Leuser]”, asegura Panut Hadisiswoyo, fundador de la organización indonesia Orangutan Information Centre (OIC), que trabaja en la conservación de los ecosistemas de este gran primate.

En Borneo, el otro gran refugio de los orangutanes, éstos probablemente se extinguirán antes de 2080, cuando el 80% de su hábitat se haya perdido principalmente por el avance de las plantaciones de aceite de palma, según un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente publicado en julio de 2015.

La mayor parte de los animales que viven en los bosques tropicales indonesios mueren durante ese proceso de pérdida de sus hábitats, explica Ian Singleton, director del centro de rehabilitación para orangutanes Sumatran Orangutan Conservation Programme (SOCP), situado cerca de Medan, la ciudad más grande de la isla de Sumatra.

“Cuando las empresas van a estas zonas, cortan los árboles más grandes. Luego derriban todo, lo queman y matan cualquier ser vivo, incluso las hormigas. La mayoría de los orangutanes mueren en ese proceso también”, asegura el primatólogo. “A menudo me refiero a ellos como los afortunados supervivientes de una ola apocalíptica de destrucción, pero son también refugiados”, continúa Singleton.

Además, los fuegos provocados para acelerar la deforestación han provocado durante los últimos años grandes nubes de humo, que se han desplazado a lo largo de miles de kilómetros, emitiendo grandes cantidades de CO2 a la atmósfera.

En 2008, el Banco Mundial ya situaba en un informe a Indonesia como tercer emisor mundial de gases de efecto invernadero, por detrás de Estados Unidos y Brasil. Y en 2015, según el World Resources Institute, los fuegos fueron tan intensos que excedieron las emisiones diarias que produce todo Estados Unidos. Esos mismos fuegos habrían causado la muerte prematura de más de 100.000 personas, según otro informe de Harvard.

 
Una lucha contra la deforestación

Todo cambió en Aceh Tamiang el penúltimo día del año 2006. La mayoría de los vecinos estaban ya preparados para celebrar la entrada del nuevo año cuando el cielo rompió en una violenta lluvia y el agua comenzó a cubrirlo todo. Durante cinco días varios palmos de agua inundaron el distrito.

“Perdí todo tras la inundación. Lo único que me quedó fue un trozo de tela”, dice entre sollozos Tengku Zainah, una antigua propietaria de una plantación de aceite de palma que fue destruida, junto a su casa, por la fuerza del agua. Nueve de cada diez poblaciones en Aceh Tamiang fueron arrasadas por las inundaciones, según un informe del Banco Mundialque apuntaba a la deforestación, mucha de ella ilegal, como principal causa.

“Claro que fue la tala. El agua traía consigo los maderos recién cortados. Todo empezó ahí”, dice Matsum, un antiguo periodista que ahora trabaja por concienciar a sus vecinos de las consecuencias de la tala ilegal.

“Todos nos dimos cuenta entonces de la relación y nadie más en Tamiang ha vuelto a invadir el bosque”, explica el activista, quien asegura que el aceite de palma les ha traído más problemas con el agua, porque los ríos están contaminados y los acuíferos se están agotando.

“Este año tengo que comprar el agua embotellada. Siempre la sacaba del pozo, pero ahora está seco”, dice Tengku Zainah.

Pero dejar de destruir el bosque no era suficiente. Para asegurarse de que las inundaciones no volvían, era necesario recuperarlo. Con sierra en mano, Rudi Putra y otros ocho “leñadores” empezaron en 2007 a desmantelar plantaciones ilegales.

“Primero hablamos con los propietarios de las plantaciones y les decimos: ‘si no nos entregáis la tierra, tendréis que dársela a la policía’”, explica Rudi Putra, quien ha recuperado con su equipo más de 3.000 hectáreas, aunque su objetivo es llegar a las 100.000. Una vez reclamada la tierra, las palmeras son derribadas y se deja que la vegetación vuelva a crecer.

Pero la deforestación es un enemigo que avanza rápidamente. HAKA, la organización que dirige Rudi Putra, ha denunciado que entre enero y junio de este año se han destruido más de 4.000 hectáreas protegidas dentro del ecosistema de Leuser.

El Gobierno de Aceh ha presentado además un plan de desarrollo que, según conservacionistas como los de HAKA, destruiría hasta la mitad del ecosistema de Leuser.

“La selva lo es todo, es nuestro futuro”, dice Rudi Putra. Sin árboles, no hay agua. Y sin agua, no hay vida”.

This article has been translated from Spanish.