Ahora que una invasión terrestre completa se cierne sobre Rafah, un enfermero de Gaza relata cómo su familia sobrevive a la devastación

Ahora que una invasión terrestre completa se cierne sobre Rafah, un enfermero de Gaza relata cómo su familia sobrevive a la devastación

A man pulls water containers as he walks past destroyed buildings in the central Gazan city of Khan Yunis on 5 May 2024. Since the Hamas attacks on Israel on 7 October 2023, over 34,000 people have been killed in Gaza, and on the eve of a potential full-scale invasion of the former ‘safe zone’ and southern city of Rafah, many more thousands of people are likely to die.

(AFP)
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[Nota de la redacción: Tras los ataques de Hamás del 7 de octubre, en los que murieron más de 1.100 israelíes, el ejército israelí ordenó a los palestinos que vivían en las zonas norte y central de Gaza que huyeran hacia el sur para ponerse a salvo. En los siete meses transcurridos desde entonces, más de 34.000 palestinos (de los cuales más de 14.500 son niños) han muerto a causa de la respuesta militar israelí. Actualmente se estima que 1,4 millones de los 2,3 millones de personas que viven en Gaza han buscado refugio, en condiciones deplorables y bajo los continuos bombardeos israelíes, en la ciudad meridional de Rafah. Como la frontera con Egipto (la única vía que queda para el envío de ayuda humanitaria, combustible y evacuaciones médicas) está prácticamente cerrada desde el 7 de mayo, y a medida que los tanques israelíes se concentran antes de una invasión militar a gran escala de la última “zona segura” que queda en Gaza, la población se enfrenta a una “catástrofe humanitaria”, según ha declarado el secretario general de la ONU António Guterres. En este contexto, Muayed Alqirem, enfermero y paramédico de 23 años, relata aquí la terrible experiencia que él y su familia han vivido al intentar sobrevivir en Gaza durante los últimos siete meses.]

La noche del 7 de octubre [nota de la redacción: Hamás lanzó su ataque por la mañana, y la respuesta militar de Israel fue prácticamente inmediata], mis padres, mi hermana, su marido, sus dos hijos y yo recibimos una orden de evacuación por parte del ejército israelí para que abandonáramos nuestra casa en las Torres Al-Maqousi, en el norte de Gaza. Aquella noche, mientras las bombas caían a nuestro alrededor, la mayoría de nuestros vecinos huyeron; nosotros fuimos una de las pocas familias que se quedaron. Pero cuando los bombardeos reventaran las ventanas de nuestra casa, supimos que teníamos que marcharnos. Para sobrevivir, tuvimos que caminar durante cuatro horas en medio de un caos total, hasta el campo de refugiados de Al-Shati, en la ciudad de Gaza, a unos cuatro kilómetros de distancia. Solo nos llevamos lo esencial, pensando que no estaríamos mucho tiempo fuera.

Nos quedamos con unos familiares en Al-Shati, pero la situación era igual de aterradora, así que a finales de octubre nos volvimos a desplazar, esta vez a la ciudad meridional de Khan Yunis, por la ruta de Wadi Gaza, donde teníamos otro apartamento. Allí recibimos la desgarradora noticia de que nuestra casa había sido bombardeada. Aquel apartamento nos había costado 80.000 dólares; ni siquiera habíamos terminado de pagarlo.

Mi vida antes de la guerra parece un cuento de hadas. En 2021 terminé mis estudios de enfermería en la Universidad de Al-Esraa, y estaba formándome y haciendo un voluntariado en el hospital infantil de Rantisi, al norte de Gaza. También trabajaba como entrenador personal y nutricionista en un gimnasio, que era como mi segunda casa. A mi madre le encantaba verme con mi uniforme azul y mi bata blanca. Todos los días desayunábamos avena, huevos y fruta, y acto seguido me iba al gimnasio. Hoy vivimos a base de conservas, he perdido mucho peso.

Por aquella época soñaba con seguir estudiando y poder comprarme algún día un coche. Ahora sueño con poder dormir bien, tener una comida al día y que mi familia esté a salvo.

La vida en Khan Yunis era una montaña rusa de momentos de calma repentinamente interrumpidos por escaladas de violencia. No nos quedaba casi nada y estábamos rodeados de escombros de edificios bombardeados. Encontrar agua era una lucha constante, a veces imposible durante días. Un solo vaso de agua podía costar hasta 30 dólares. La comida era igual de escasa, y no podíamos contar con los envíos de ayuda. Por encima de nosotros los cuadricópteros zumbaban constantemente, lanzando bombas que esparcían metralla entre los que solo intentábamos encontrar un lugar seguro donde refugiarnos.

Horror en Khan Younis

Durante ese tiempo trabajé con la Media Luna Roja Palestina y vi cosas que no se pueden describir con palabras. Recuerdo que un viernes de noviembre bombardearon a un grupo de diez personas en un cruce cercano a nuestra sede, en el distrito de Al-Amal de Khan Yunis. Yo había llegado por casualidad minutos antes del atentado, así que corrí al lugar. Lo que vi fue un horror total. Ayudé a quien pude, pero terminé recogiendo trozos de cadáveres y enterrándolos.

Cuando se produjo la invasión terrestre de Jan Yunis, en torno al 18 de enero, yo estaba trabajando en un hospital de campaña de International Medical Corps en Rafah, por lo que estuve separado de mi familia durante casi un mes. Aquello fue un infierno para todos nosotros. En Khan Younis los bombardeos eran implacables y golpeaban con especial dureza las zonas central y este. Mi familia estaba atrapada en la zona oeste, justo al lado del edificio de la Media Luna Roja. Entonces, un día, toda la zona quedó completamente aislada. Nadie podía salir de manera segura, pero el ejército advirtió a la gente que evacuara. Algunos intentaron escapar por callejones, esquivando balas y bombas. Fue un milagro que alguien saliera vivo. En medio de aquello perdimos a mi primo y, pocos días después, el hijo de mi otra tía murió por disparos en un fuego cruzado. Sus cuerpos quedaron yaciendo allí porque nadie podía llegar hasta ellos para darles un entierro digno.

Además del peligro mortal de las bombas y el fuego cruzado, los francotiradores eran implacables y abatían a cualquiera, como cuando cargaron contra nuestro vecino en el interior de su propia casa. Tras ocho interminables días de asedio llegó otra orden del ejército israelí de evacuar la “zona segura”. Solo quedaba mi familia y otra familia más. Asustados por lo que pudiera pasar si se quedaban, agarraron cuatro cosas y salieron corriendo hacia el único refugio que se les ocurrió: el edificio de la Media Luna Roja Palestina, a unos 300 metros de distancia. Esa breve carrera hasta el edificio fue una pesadilla. Había cadáveres por todas partes, y gatos hurgando entre los restos.

Asediados

Refugiados en el edificio de la Media Luna Roja Palestina, mi familia y miles de personas más estaban asediadas por todos los flancos por tanques y soldados israelíes. El edificio supuestamente solo podía albergar aproximadamente a 2.000 personas, pero estaba abarrotado con cerca de 8.000 personas desplazadas, hacinadas en unas condiciones desesperadas. Salir a buscar comida o incluso acercarse a una ventana era arriesgarse a ser alcanzado por los disparos de los francotiradores.

Las cosas fueron de mal en peor cuando, al octavo día, se produjo un corte de electricidad y se acabó el agua. El ejército advirtió por megafonía que quedarse allí significaba morir de hambre o de sed. Eso asustó a todos lo suficiente como para tomar la difícil decisión de marcharse, aunque no tenían adónde ir, ni tampoco sabían lo que les esperaba afuera.

Al salir del edificio vieron vehículos del ejército y soldados por todas partes. Se dirigieron a la zona de Al-Hallabat en grupos de cinco, moviéndose con cautela. Fueron momentos muy tensos: se efectuaron detenciones aleatorias y algunas personas fueron interrogadas, obligadas a desnudarse e incluso detenidas. A mi hermanastro Moataz se lo llevaron pero, por suerte, lo soltaron poco después. Tres de mis primos no tuvieron tanta suerte: dos fueron liberados al cabo de un mes, pero el tercero sigue desaparecido, no sabemos dónde está ni qué le ha pasado.

Con miedo y pánico –me contó mi familia después– se abrieron paso por la zona devastada de Al-Hallabat. Las calles estaban cubiertas de aguas residuales y sembradas de cadáveres en descomposición. Cargaron con lo que pudieron, avanzando por terreno accidentado. Ese día se dirigieron a Al-Mawasi, un lúgubre descampado de la costa sin ningún tipo de servicio. La noche fue aún más dolorosa cuando se enteraron de que nuestra casa de Khan Younis también había sido destruida por un ataque aéreo.

Reencontrados en Rafah, pero ¿dónde estar a salvo?

Finalmente, a mediados de febrero me reuní con mi familia en Rafah. Seguimos allí desde entonces, preparándonos para otra invasión terrestre, atrapados en medio de una crisis con otro millón y medio de desplazados. Debido a la destrucción de las infraestructuras y a la contaminación, se están propagando enfermedades por todas partes. Las raras ocasiones en que se puede encontrar comida en buen estado, es totalmente inasequible.

Gaza se ha convertido en un lugar inhabitable, y reconstruirla podría llevar años, si es que eso llega a suceder. Puede que tengamos que desplazarnos otra vez, pero ¿adónde? Mi familia ha sufrido muchísimo. Con la pérdida de nuestras casas hemos perdido también nuestros recuerdos y años de duro trabajo. La vida que conocíamos aquí ha desaparecido por completo. El futuro no nos depara más que miedo e incertidumbre.

En ningún momento quisimos marcharnos de Gaza. Solo soñábamos con una vida tranquila aquí. Pero ahora la realidad nos obliga a buscar asilo en otro sitio. E incluso eso se ha convertido en un sueño lejano, puesto que cruzar la frontera de Rafah a Egipto cuesta 7.000 dólares por persona. Nuestra familia de siete miembros no se lo puede permitir.

Un familiar que vive en Estados Unidos me ha ayudado a abrir una página de GoFundMe con la esperanza de poder recaudar suficiente dinero para cubrir nuestros gastos de viaje y empezar una nueva vida en algún lugar seguro. He visto horrores que no puedo describir. Lo que he compartido aquí no es más que la punta del iceberg.

Este testimonio en primera persona fue redactado en colaboración con Egab.