Descontento entre la juventud de Hong Kong tras 20 años del retorno a China

Descontento entre la juventud de Hong Kong tras 20 años del retorno a China

The young pro-independence activist Yau Wai-ching in front of the Legislative Council ("Legco", Hong Kong Parliament) with the banner she displayed in the Legco in 2016, on swearing in as an MP. The slogan and adjectives used in reference to China led the High Court of the former British colony to disqualify her from office.

(Ismael Arana)
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Claudia Mo tenía 40 años cuando, en la noche del 30 de junio de 1997 se acostaba con la Union Jack izada en su Hong Kong natal para, horas más tarde, amanecer con la bandera roja de las cinco estrellas ondeando en todo el territorio. “Estábamos ansiosos y aliviados”, relata a Equal Times esta antigua reportera –hoy parlamentaria– al hacer memoria en su oficina. “Después de tanto tiempo siendo una colonia, por fin nos librábamos del mandato de los extranjeros. Ese día comenzó un nuevo capítulo de nuestra historia, incierto pero lleno de esperanza”.

Aquella noche en cuestión, la Corona británica transfirió la soberanía de Hong Kong, hogar de 6,5 millones de personas (hoy superan los 7,3 millones), a Pekín, lo que ponía punto y final a 156 años de “humillación” China –como ellos mismos lo describen– tras su derrota en las Guerras del Opio y la firma de los Tratados Desiguales con las potencias coloniales.

Pero antes de que el Dios salve a la reina sonara por última vez en este enclave, Londres y Pekín acordaron que la ciudad se regiría durante medio siglo por el principio de “un país dos sistemas”.

Por obra y gracia del acuerdo, la Perla de Oriente pasaba a ser una región semiautónoma que mantenía su sistema capitalista, con su propia divisa, sistema legal y fronteras (entre otros), y se blindaban libertades impensables para sus compatriotas chinos. Parte de China, sí, pero con acceso libre a Internet, practicantes de Falun Gong en los parques y economía de mercado.

Colonización silenciosa

En este marco, se reforzó una relación que ya se venía forjando en el terreno económico desde principios de los 80, cuando este territorio se convirtió en la puerta de entrada de las inversiones extranjeras en China.

En sentido inverso, la urbe ha pasado a ser la vía por la que empresas y particulares chinos dan salida a sus recién adquiridas fortunas, ya sea para invertir en terceros países, ir de compras o blanquear unos capitales ganados de manera turbia –y que en Hong Kong se acogen de manera pragmática, como señala el columnista financiero del rotativo hongkonés South China Morning Post, Peter Guy–.

Esto ha enriquecido a muchos hongkoneses, pero no todos están satisfechos con el resultado.

“El dinero rojo se está haciendo con la ciudad, desde casas a empresas o medios de comunicación, toda una estrategia para dominarnos”.

Quien habla es Nathan Law, el parlamentario más joven de la historia de Hong Kong y uno de los líderes de las protestas que en 2014 paralizaron la ciudad durante 79 días para exigir más democracia.

Law también apunta a los mastodónticos planes de integración regional –como el puente marítimo más largo del mundo– como otra forma de control que amenaza la singularidad del territorio. “La conexión entre Hong Kong y China siempre ha existido”, señala este joven de 23 años, admirador confeso de Mandela.

“Aun así, somos diferentes. Hablamos otra lengua (chino cantonés, no mandarín) y tenemos distintos valores y una forma de ver el mundo más libre y cosmopolita. La frontera (física) entre nosotros no sólo separa dos territorios, sino también dos estilos de vida”, asegura.

Su postura es compartida por parte de una sociedad que ve en la chinización del territorio la raíz de todos sus males, entre ellos la pérdida de competitividad frente a otras plazas financieras como Singapur; o el inasumible aumento del precio de la vivienda.

“En el 97 pensábamos que Pekín copiaría nuestro modelo para parecerse a nosotros. Pero ha sucedido lo contrario. Nos están colonizando silenciosamente, y pronto no se distinguirá Hong Kong de cualquier otra ciudad china”, se queja por su parte Mo.

Si en lo económico la relación ha sido fluida, en lo político, estos veinte años han sido tierra abonada para los desencuentros. Pasó en 2003 con el intento de introducir una Ley de Seguridad Nacional (aún pendiente), o en 2012, con el proyecto de reforma educativa nacional, que llevaron a una parte nada despreciable de la población a las calles (medio millón en 2003 y unas 90.000 en 2012).

Pero el culmen llegó en 2014, cuando la negativa de Pekín de permitir el sufragio universal para las elecciones de 2017 al cargo de jefe ejecutivo (máximo representante del territorio) desencadenó la Revolución de los Paraguas, el mayor desafío afrontado por el Partido Comunista (PCCh) desde Tiananmen (1989), si bien lejos de Pekín y en una Región Administrativa Especial.

Las protestas fueron desmanteladas sin que los manifestantes hubiesen logrado arrancar una sola concesión a Pekín, pero la juventud allí reunida se conjuró para que esta acción fuera solo el principio.

Al no encontrar su espacio en el espectro político tradicional, optaron por crear sus propios partidos (más o menos autonomistas). De este modo, en las elecciones de septiembre de 2016, una tercera vía “localista” hizo su entrada en un legislativo a cuyas puertas votantes y electos habían acampado dos años antes.

Expresar la frustración o aceptar el fracaso

Entre los ganadores de los comicios se encontraba Yau Wai-ching, una joven de 26 años del partido Youngspiration.

“Odiamos al PCCh y sus ansias de control. La única solución que nos queda es la independencia”, declaró a este medio. Una opción radical que ha calado entre la juventud (la secunda el 40% de ésta, según sondeos de la Universidad de Hong Kong, HKU) y cuya sola mención pone de los nervios a Pekín.

Durante la jura del cargo, esta joven mostró en la tribuna un cartel que rezaba “Hong Kong no es China”, creando una controversia que empujó al Gobierno central a intervenir con todos sus medios para castigar la afrenta.

Finalmente, Yau y su compañero de partido, Baggio Sixtus Leung, fueron descalificados de su cargo como legisladores en noviembre, algo que ahora podría pasarles a otros miembros del bando localista.

“El ‘un país dos sistemas’ está en la UCI”, asegura al respecto Law, que duda que el sistema “sobreviva otros 20 años”. Su sentir es compartido por muchos ciudadanos, que ven cómo este episodio u otros como la “desaparición forzosa” de cinco libreros de la ciudad (y eventualmente “encontrados” en China, al otro lado de la frontera de Hong Kong), especializados en la venta de volúmenes críticos con el PCCh, erosionan sus derechos y libertades.

Este deterioro de la situación política, sumado a otros factores económicos y sociales, está provocando que cada vez más jóvenes, un 60%, según una encuesta de la HKU, vislumbren su futuro lejos de la ciudad.

“Nunca podré tener una casa decente, votar en unas elecciones libres o despuntar en esta sociedad tan desigual. Hong Kong ya no merece la pena”, resume Jenny Ho.

A sus 25 años, ella espera mudarse a Canadá, uno de los destinos favoritos de esta generación desencantada.

La sensación de impotencia ante el intervencionismo de Pekín también se refleja en ámbitos como el académico, el deportivo o el cultural, siendo fuente de inspiración para muchos artistas locales. “La expresión de la frustración o la aceptación del fracaso, esas son las palabras clave para definir el arte que surgió a raíz del Movimiento de los Paraguas”, relata el pintor Chow Chun-fai, uno de los más críticos.

De ese caldo de cultivo han surgido obras como el filme Diez años, una modesta producción local que durante semanas revolucionó las salas de la ciudad con su inquietante retrato del Hong Kong de 2025, o el proyecto Cuenta atrás 2047, centrado en la fecha que marca la integración plena de Hong Kong en China y que, según su equipo creador (Add Oil Team), “provoca una gran ansiedad entre la población”.

Pero tras 20 años de “un país dos sistemas”, la reciente elección –sin participación ciudadana– de Carrie Lam, jefa del Ejecutivo hongkonés y afín a los intereses de China, y el hecho de que este gigante asiático tenga cada vez mayor peso político y económico a nivel global, indican que Pekín no está dispuesto a ceder un milímetro en sus posturas (también para sincronizar el mensaje con el resto de la nación y sofocar eventuales ansias democráticas o separatistas).

“Bajo ninguna circunstancia (Hong Kong) debe enfrentarse al Gobierno central para lograr un mayor grado de autonomía”, advirtió en mayo Zhang Dejiang, número tres del PCCh. Además, aprovechó para mandar un recado a la juventud: que reconozcan su destino común y rechacen toda opción separatista.

El 1º de julio, día en el que se conmemora el vigésimo aniversario de la retrocesión, el presidente chino, Xi Jinping, en su primera visita oficial a la ciudad, participará entre fortísimas medidas de seguridad en los fastos organizados para la ocasión, un momento que los activistas prodemocráticos no van a desaprovechar para hacerle llegar su descontento, si bien algunos líderes opositores –Joshua Wong y Nathan Law, entre otros– fueron detenidos esta semana por su participación en protestas no autorizadas.

Para esa jornada –diametralmente opuesta tanto en presupuesto como en seguridad a la vivida en 2007, en esta ocasión con Hu Jintao como presidente de China– se ha convocado una manifestación bajo el lema “Un país dos sistemas, una mentira de 20 años. Autogobierno democrático, retomemos Hong Kong”

Y que contrasta con el “Juntos, progreso, oportunidad”, elegido por el Ejecutivo local para celebrar la fecha. El número de asistentes será clave para calibrar el estado de ánimo de los insatisfechos de cara al futuro.

“Pero, pase lo que pase ese día, seguiremos peleando”, advierte Law, consciente de que la población está cansada tras varios meses de movilizaciones y no lograr resultados visibles.

“Tanto en el 97 como ahora, a los hongkoneses se nos ha privado de decidir nuestro futuro. Ha llegado nuestro turno de tomar la palabra”, concluye.

This article has been translated from Spanish.