1945 y 2014: Diferentes batallas de igual magnitud

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Tras el Día D y la Operación Overlord en la costa de Normandía, los líderes mundiales se encontraron ante unos desafíos que debieron parecerles insuperables: reconstruir regiones devastadas por la guerra, lograr mantener la paz que tanto había costado conseguir, y poner en marcha el crecimiento económico.

En 1945 los líderes no se amedrentaron ante tan titánicas tareas, sino que, blandiendo el mantra “nunca más”, emprendieron resueltamente acciones transformadoras, estableciendo medidas, estructuras y leyes internacionales, como la Carta de las Naciones Unidas, las instituciones de Bretton Woods, el Plan Marshall, y sentando las bases para la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

En el siglo XXI nos enfrentamos a desafíos de magnitud similar.

Las repercusiones del calentamiento global ya se están haciendo sentir, y la injusticia radica en que los más afectados por el cambio climático son los menos responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero: los pobres, los vulnerables y los marginados de todo el mundo.

Para expresarlo con toda claridad, el mundo físico se enfrenta a una catástrofe potencial debido al cambio climático, y se nos está acabando el tiempo para tomar las medidas correctivas necesarias.

Necesitamos llevar a cabo, con rapidez y equidad, la transición a un mundo neutro en emisiones de carbono. Para eludir un cambio climático peligroso y garantizar la justicia climática tenemos que priorizar la eliminación progresiva de los combustibles fósiles.

Es la única manera de evitar las consecuencias de un mundo que está a una temperatura entre 3 y 4ºC por encima del nivel de la era preindustrial.

Estas consecuencias incluyen perturbaciones meteorológicas más extremas, un aumento de la inseguridad alimentaria, la propagación de enfermedades, niveles superiores de pobreza y mayor inestabilidad.

Sencillamente, no podremos tener un futuro pacífico, próspero e integrador si no actuamos como una comunidad global para prevenir un cambio climático peligroso.

 

Hay que cambiar para garantizar la supervivencia de nuestros hijos

El modelo económico actual no está capacitado para prevenir este desastre.

Tenemos que cambiar nuestros sistemas económicos – el modo de producir energía, el modo de utilizar la tierra y otros recursos naturales, el modo de transportar personas y bienes y el modo de vivir, alimentarnos y trabajar – para asegurarnos de que nuestros hijos y nietos puedan sobrevivir.

Son las cuestiones de máxima prioridad que deben figurar en la agenda de cualquier debate sobre la economía del futuro.

En 2006, el Informe Stern sobre la Economía del Cambio Climático demostró que los beneficios de unas medidas enérgicas e inmediatas con respecto al cambio climático son considerablemente superiores a los costes que conllevan. Por desgracia, el mundo no ha adoptado todavía la enérgica acción colectiva que el informe aconsejaba y, conforme va pasando el tiempo, las repercusiones se intensifican y se han perdido ya muchas vidas y medios de subsistencia.

La transición económica necesaria no tiene que imponer límites al crecimiento, sino que puede actuar más bien como catalizador de unos beneficios a corto y largo plazo que sean sostenibles y que se compartan de manera justa entre los pueblos y los países del planeta.

Muchos inversores y dirigentes empresariales ya han entendido que las nuevas inversiones en energías limpias generarán múltiples beneficios, produciendo un rendimiento significativo en forma de reducción de los costes de los carburantes y creación de empleo.

Un estudio realizado por la Confederación Sindical Internacional (CSI) demuestra que la inversión en la economía verde puede crear 48 millones de empleos en 12 países mediante una revolución industrial centrada en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Tenemos que cambiar nuestros hábitos de consumo y producción, a fin de favorecer la sostenibilidad, minimizando la generación de residuos y el uso de recursos naturales y materiales tóxicos.

Esto no implica necesariamente consumir menos ni comprometer la calidad de vida. Significa consumir estando mejor informados, de manera más eficaz y con menos riesgos para nuestra salud y nuestro medio ambiente.

Sobre todo tenemos que asegurarnos de que los cambios que introduzcamos en nuestros sistemas económicos y que la transición que emprendamos hacia un mundo neutro en emisiones de carbono sean equitativos, teniendo presentes los diferentes niveles de desarrollo de todos los países.

El cambio climático es un problema global que requiere una respuesta global

Una transición equitativa requerirá inicialmente concesiones a los países menos desarrollados para que no tengan que avanzar tan rápido. En cambio, las economías más desarrolladas tendrán que actuar con mayor rapidez.

Si bien la magnitud del desafío requiere un liderazgo equivalente al demostrado en los años de la posguerra, la estructura del poder ha cambiado. Los Gobiernos siguen siendo los actores clave en los procesos políticos globales, pero no son los únicos titulares de poder.

El poder del sector corporativo ha aumentado drásticamente a lo largo de las últimas décadas. Una serie de destacados actores del sector corporativo promueven los combustibles fósiles, y algunos han llegado incluso a corromper la ciencia para negar la magnitud de la catástrofe potencial. Las corporaciones deben ser parte de las soluciones climáticas en asociación con los Gobiernos y ciudadanos de todo el mundo. La voluntad política es clave para catalizar esta asociación y llevar a cabo una acción global fundamentada en la solidaridad.

 

Hacia un acuerdo jurídicamente vinculante

Los años 2014 y 2015 resultan significativos porque serán los años en que los líderes mundiales negocien una agenda para el desarrollo después de 2015 y un nuevo acuerdo climático jurídicamente vinculante.

Estos procesos prepararán el terreno para el desarrollo global de las próximas tres o cuatro décadas. Se trata de una oportunidad única que lleva consigo una responsabilidad considerable. Los líderes deben emular hoy la convicción y resolución de los líderes de la posguerra, y articular una nueva visión de desarrollo sostenible, estableciendo políticas y leyes que garanticen la transformación requerida.

Las empresas necesitan certidumbre política para acelerar la transición al uso de energías renovables, a una mayor eficiencia energética y a los nuevos puestos los puestos de trabajo que generará la innovación a todos los niveles.

El acceso a las energías renovables implicará grandes beneficios para los nada menos que 1.300 millones de las personas más pobres del mundo que carecen por completo de electricidad, y para los 2.600 millones que siguen cocinando con carbón, madera o biomasa, con los pésimos efectos que eso tiene para su salud.

En lugar de temer este cambio transformador, deberíamos entender que los resultados pueden ser inmensamente positivos y que pueden contribuir a la protección de los derechos humanos, al desarrollo sostenible y a una mayor igualdad.

Los supervivientes del Tifón Haiyan y del Huracán Sandy, de las recurrentes sequías que se han venido produciendo en el Cuerno de África y de las subidas del nivel del mar en las Islas del Pacífico, conocen perfectamente la realidad del cambio climático.

Pero hay muchas personas que no han experimentado estas repercusiones y que, si bien en el momento de las catástrofes sienten empatía por los afectados, no han sufrido ese tipo de experiencias que desencadenan cambios económicos y sociales significativos.

Tenemos ante nosotros el desafío de vincular los hechos científicos y los impactos climáticos proyectados con la experiencia vivida por las personas más vulnerables al cambio climático, para catalizar la misma voluntad política que se gestó en los años de la posguerra. Pero esta vez tiene que ser una voluntad política forjada por una amplia alianza que abarque a Gobiernos, organizaciones multinacionales, empresas y sociedad civil.

En el replanteamiento de la economía del futuro, ha llegado el momento de comprometerse con un mundo libre de emisiones de carbono y, a partir de ahí, trabajar hacia atrás, identificando y tomando las medidas que es preciso adoptar para trazar una vía justa hacia ese mundo neutro en emisiones de carbono.

Me gustaría concluir con las palabras proféticas de la Premio Nobel Wangari Maathai:

“En el curso de la historia, llega un momento en que la humanidad está llamada a adoptar un nuevo nivel de conciencia y a alcanzar un nivel moral más elevado.”

¡Ese momento ha llegado!

 

Este texto fue extraído de un discurso de Mary Robinson en un panel en el Foro por la Libertad y la Solidaridad que se celebró en Caen, Francia, el 5 de junio de 2014.