La música y la lucha mortal contra el extremismo en Pakistán

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Nota a los lectores: Esta pieza del académico, músico y activista Taimur Rahman fue escrita justo antes del asesinato, ayer miércoles, de una de las figuras más importantes del panorama musical pakistaní, Amjad Sabri. El asesinato, reivindicado por terroristas talibanes, engrosa la lista de iconos culturales que han sido silenciados a tiros en el país asiático y pone de relieve, aún más, la pregunta y opinión y expresada por Rahman:

"¿Qué ocurre cuando uno se opone a un movimiento terrorista violento que opera completamente fuera de cualquier entorno legal y en el contexto de una sociedad sometida a través de la intimidación?"

Cuando obtuve mi licenciatura en una universidad progresista de artes liberales en los Estados Unidos, estaba desbordante de presunciones idealistas sobre el cambio social.

A diferencia de la mayoría de mis compañeros pakistaníes que también fueron a realizar sus estudios en el extranjero y se quedaron en occidente al terminarlos, yo estaba casi desesperado por volver a Pakistán. El mundo tenía que cambiar, y yo quería poner mi granito de arena en esa gran transformación.

Gracias a mis padres, crecí sometido a un régimen continuo de himnos del rock que representaban una continuación del espíritu de los 60: Pink Floyd, Bob Marley, Bruce Springsteen, Tracy Chapman, U2, etc. Y de alguna manera, quería conectarlos con la devocional y emotiva música pakistaní de Pathanay Khan, Nusrat Fateh Ali Khan y Nayyara Noor, entre otros. Pero todo eso vendría después, mucho después.

A los 22 años, era demasiado radical incluso para la música radical. “La música es tan burguesa”, pensaba.

La auténtica política reside en los movimientos de las bases. Y los movimientos de las bases exigen algo menos sutil, menos articulado, y más directo. Así que durante años dejé de escuchar cualquier tipo de música y centré mi activismo en la manera en que el activismo “debería realizarse”. Me concentré en lo que yo pensaba que constituía la “acción directa”, principalmente en cuestiones laborales.

La música subrepticiamente se volvió a introducir en mi vida, pero aún seguía sin considerarla como una vía para el cambio político. Siendo un joven profesor de economía política, a menudo me llevaba la guitarra a clase para entretener, divertir o captar la atención de mis alumnos.

Pakistán había vuelto a caer en una dictadura quasi-militar y eso se convirtió en el centro de toda la política. Pero el alcance y la extensión de mi activismo se limitaba al reducido círculo de personas que me rodeaban.

No obstante, todo eso cambió cuando el Movimiento de los Abogados irrumpió en la política pakistaní en 2006 y la revolución de las redes sociales transformó la manera en que la gente se comunicaba entre sí.

Indignados por la destitución forzada del entonces presidente del Tribunal Supremo, Chaudhry Iftikhar, miles de abogados se echaron a la calle para protestar, galvanizando a todos los partidos políticos de la oposición contra el presidente Pervez Musharraf. Las redes sociales se aseguraron de que el bloqueo informativo impuesto tras declararse el estado de emergencia en noviembre de 2007 no impidiese el flujo de información y el desarrollo del movimiento.

Yo estaba en Londres preparando mi doctorado sobre la estructura de clases en Pakistán y organizando simultáneamente protestas de solidaridad de la diáspora y los estudiantes pakistaníes frente a las oficinas del Alto Comisionado de Pakistán y Downing Street. Sentimos la urgencia de hacer oír nuestras voces de manera más fuerte.

¿Cómo hacer llegar nuestras voces a través de los mares en el contexto de bloqueo informativo, para congregar a la población en la lucha por la causa democrática? Fue entonces cuando, para mí, la música y la política finalmente se unieron.

 

Banda sonora de la unidad

Nuestros eslóganes se convirtieron en canciones y nuestras canciones pasaron a ser los eslóganes del Movimiento de los Abogados. ¿Pero qué nombre podría capturar la esencia de aquello por lo que luchábamos, de cómo nos definíamos? Puesto que el punto focal de mi activismo siempre había sido el sindicalismo (había trabajado con el partido Workers and Peasants Party y con la central sindical All-Pakistan Trade Union Federation), pensé que el nombre de la banda debería reflejar nuestro compromiso con la emancipación de la clase obrera.

Bauticé a mi banda Laal (rojo) que era el color del movimiento sindical desde la huelga de Haymarket en Chicago, en 1886. Con ayuda del cineasta britano-pakistaní Taimur Khan, colgamos en Internet nuestro primer clip musical, que obtendría un gran éxito de manera casi instantánea, y totalmente inesperada.

No sería exagerado decir que la música de Laal se convirtió en la banda sonora del Movimiento de los Abogados que restauraría la democracia en Pakistán. Por otro lado, abrió nuestros ojos al enorme poder que la música puede aportar a la hora de movilizar a los ciudadanos e infundirles un sentimiento de unidad, de sentido, y de energía.

Con la restauración de la democracia electoral en Pakistán, pese a todas sus imperfecciones y prejuicios de clase, volcamos nuestra atención hacia el extremismo religioso. Consideramos que, en esta nueva fase política en Pakistán, el extremismo religioso y el terrorismo se habían convertido en la principal amenaza contra los derechos democráticos de la población en Pakistán.

Dentro de nuestro estilo ya propio, empezamos a sacar vídeos musicales contra el extremismo religioso, como Dehshatgardi Murdabad (Muerte al terrorismo), You Give Me Hope Malala (Me das esperanzas, Malala), Dartay Hai Bandooqon Walay (Los que empuñan las armas tienen miedo) y muchas otras. Al principio, teníamos muy pocos o ningún seguidor. La guerra contra el extremismo se consideraba un “asunto occidental”. También se produjo un cambio en la formación del grupo, que influyó considerablemente en nuestra popularidad. Sentí que, pese a los éxitos cosechados anteriormente, estábamos otra vez empezando de cero.

También estaba la cuestión de los enormes riesgos que corríamos. Una cosa es oponerse a una dictadura militar arropados por un movimiento de cientos de miles de simpatizantes. Aunque no se siga el procedimiento legal y uno termine arrestado, se tiene la seguridad de contar con la enorme solidaridad manifestada por la sociedad.

¿Pero qué ocurre cuando uno se opone a un movimiento terrorista violento que opera completamente fuera de cualquier entorno legal y en el contexto de una sociedad sometida a través de la intimidación?

Además, ni siquiera podíamos contar con el Gobierno electo por el que tanto habíamos luchado. Por ejemplo, en 2011, los canales de televisión se negaron a difundir nuestra canción Jhoot Ka Uncha Sar (La falsedad con la cabeza alta) porque se burlaba de la manera en que las propias autoridades habían apoyado el extremismo religioso.

En junio de 2014, la Autoridad Pakistaní de Telecomunicaciones pidió a Facebook que cerrase nuestra página en esa red social (sería restaurada poco después en respuesta a la protesta generalizada en las redes sociales). En abril de 2015, fui acusado de traición a la patria en un programa de televisión, por haber defendido los derechos humanos del pueblo Baloch. Al mismo tiempo, se lanzaría una campaña concertada en las redes sociales contra Laal calificándonos de anti-islámicos y anti-pakistaníes.

Finalmente, si añadimos esta mezcla tóxica a cerca de una docena de e-mails diarios que nos insultan, hostigan, amenazan e intentan intimidarnos para que abandonemos nuestra causa, empezarán a hacerse una idea del tipo de reto al que nos enfrentamos al plantear la cuestión del extremismo.

A veces la gente se queda totalmente perpleja cuando les digo que nos estamos enfrentando a uno de los movimientos más violentos y mejor entrenados y armados del mundo, sin otra cosa que instrumentos musicales en nuestras manos. Muchos de mis antiguos alumnos, seguidores y compañeros han preferido guardar las distancias al considerar que lo que estamos haciendo es una absoluta locura temeraria. En realidad, han decidido pasar de esta lucha particular.

No obstante, como en cualquier lucha, el resultado nunca está garantizado. A esos detractores les digo que el poder de la música no reside en la propia música, sino en las personas. Y ninguna fuerza, sin importar lo armada o entrenada que esté, puede hacer frente a una sociedad que permanezca unida.

Ahora, tras cerca de una década de lucha que hemos proseguido pese al peligro al que nos exponíamos, estamos encontrando nuevos amigos y compañeros tanto en Pakistán como en el resto del mundo.

Recientemente, la Semana de la Sociedad Civil organizada por CIVICUS en Colombia nos dio la oportunidad de encontrarnos con activistas del mundo entero que han venido enfrentándose al autoritarismo mediante acciones no violentas, y a menudo a través del arte, la literatura, actos de representación y el poder de la pluma.

Sería allí donde Equal Times nos ofreció sus páginas para contar nuestra historia. Una historia que me gustaría concluir diciendo que la música desempeñó un papel importante para deponer la dictadura en Pakistán. Sé que ahora puede tener un papel igualmente importante para derrotar al extremismo religioso y el terrorismo en el mundo.