Lo que queda del sueño de los israelíes afectados por la pobreza y la carestía de la vida

Lo que queda del sueño de los israelíes afectados por la pobreza y la carestía de la vida

An Israeli man salvages the fruit discarded by traders at the Shuk HaCarmel food market in Tel Aviv on 22 June 2018.

(Johanna Geron)

Banderas azules y blancas con la estrella de David ondean por todas partes. En cada tienda, en cada barandilla, en las entradas de las escuelas, en los retrovisores de los coches. Este aniversario es especial. Setenta años, la edad de un abuelo al que amamos o de una abuela a la que nos cuesta ir a visitar. Setenta velas en el pastel del Estado hebreo que deja a algunos con un amargo sabor a injusticia, a promesas rotas y a esperanzas de un mayor bienestar.

El 14 de mayo de 1948, Israel declaró su independencia basada en dos grandes pilares: el sionismo y un cierto ideal socialista. Unos decenios más tarde, algunos sectores de la población, que viven por debajo del umbral de la pobreza, se sienten decepcionados por el aumento de las desigualdades económicas.

"Era como estar en un centro recreativo todo el tiempo", recuerda Michal. "Jugábamos afuera, despreocupados, sin peligro alguno. ¡Era estupendo!". Cuando habla de Be’eri, su kibutz, un pueblo colectivista de influencia socialista, típico de los principios del movimiento sionista, a esta mujer de 34 años, que hoy vive en Tel Aviv se le ilumina la cara. De su infancia allí, cerca de la frontera de Gaza, sólo guarda recuerdos felices, en un entorno protegido, donde las realidades económicas, como el dinero o las compras, no tenían cabida. Vivía, con amigos y animales, una vida marcada por canciones sionistas y actividades estivales. "Fue hace mucho", recuerda, "antes de que la economía cambiara y los sueños socialistas se esfumaran”. Ese era el sueño israelí de la época, vivir juntos donde cada uno contribuía según sus necesidades, pero sobre todo según sus capacidades.

Del sueño a la lucha

Michal recuerda su primer año en Tel Aviv, "una pesadilla": "Me vi obligada a tener un presupuesto, a pagar cosas, a aprender todas esas cosas normales que hasta entonces ignoraba”. Sin embargo, 12 años después, no desea volver al kibutz porque "ya no es lo mismo, la gente es casi pobre", lamenta. El sistema ya no es viable económicamente. Sus padres se mudaron hace poco a otro kibutz más pequeño, al norte de Israel. La llegada masiva de los sefardíes y el liberalismo económico derrotarán al socialismo instituido por los ashkenazis. Hoy en día, sólo unas 125.000 personas en 250 kibutz, es decir, el 3% de la población israelí, continúan o, mejor dicho, resisten, en esta forma de vida.

Este liberalismo económico tiene en el Estado de Israel un garante firme, pues interviene lo menos posible y reduce los impuestos de los más ricos. En 70 años, el país ha logrado muy buenos resultados económicos: un 4% de desempleo, un PIB per cápita cercano al de España o Italia, un fuerte crecimiento y grandes reservas de divisas. Sin embargo, Israel es el país de la OCDE con la tasa de pobreza más elevada: alrededor del 20% de la población vive por debajo del umbral de la pobreza. Sólo México supera al Estado hebreo en número de familias pobres.

Las familias árabes y judías ultraortodoxas, que constituyen el 20% y el 9% de la población respectivamente, son las primeras afectadas por esta pobreza. "El desempeño económico de Israel tiene un precio social.

El nivel de vida ha aumentado, pero las divisiones sociales se han acentuado", explica Jacques Bendelac, economista residente en Jerusalén y autor del libro Israël, mode d’emploi (Israel, manual de uso). "La gente que no pudo seguir el ritmo, se quedó atrás", espeta sin miramientos.

Entre los más vulnerables se encuentran los supervivientes de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial, que representan unas 200.000 personas, una cuarta parte de las cuales vive por debajo del umbral de la pobreza, según cifras de la Fundación para la Memoria de la Shoah. El subsidio mensual de 2.200 shekels (612 USD, 525 euros) que les concede el Gobierno, apenas les da para sobrevivir.

En diciembre de 2017, los discapacitados se manifestaron en la carretera de Ayalón para hacer valer sus derechos. "Hasta ahora, las personas con discapacidad han recibido una media de 2.342 shekels (651 USD)", dice Hanan Tal, director de Nekhe, lo hetzi ben adam (Discapacitado, no medio ser humano), una organización que defiende los derechos de las personas con discapacidad en Israel. Hay 250.000 israelíes que se consideran gravemente discapacitados y sólo el 7% puede acceder a un empleo. Una cifra abrumadora que sitúa al país a la cola de los países desarrollados.

Hace cuatro meses, el Knesset accedió por fin a aumentar las prestaciones y asignó un subsidio de 4.000 shekels por persona de aquí a 2020. "Es un problema global. Los gastos de una persona discapacitada son enormes. Para tener una vida decente, toda la familia se ve obligada a endeudarse y a vivir a crédito", recuerda. Una victoria que Hanan Tal ve con optimismo, pero consciente de que la lucha que les queda por delante.

Cuando la realidad golpea de lleno

¿Quién se ha empobrecido en Israel? Para Jacques Bendelac, no cabe la menor duda: "La clase media. Con un salario medio, no se puede mantener a una familia y el factor sintomático es la comida”. En Israel, la alimentación es un sector muy protegido y poco competitivo, cuyos precios nunca bajan, más bien al contrario.

Yehonathan Yovel tiene 26 años y desde hace dos años y medio se reúne con un grupo de personas todos los viernes, a las 4 de la tarde, a la entrada del mercado HaCarmel en Tel Aviv. ¿Su objetivo? Recoger los artículos no vendidos del día que serán desechados antes de que comience el Shabbat. Una acción ecológica contra el despilfarro, pero también un acto político y económico llamado Yesh Lanou Okhel (Tenemos comida). "No sólo las personas mayores o los filipinos [inmigrantes] no pueden permitirse alimentarse adecuadamente con la ayuda que reciben", explica Yehonatan. "Vemos a jóvenes israelíes, a veces recién llegados, incluso turistas".

Con el tiempo, ha llegado a establecer acuerdos informales con comerciantes del mercado. Reúne comida y todos pueden venir y servirse. Esta tendencia llamada freeganismo permite a los israelíes ahorrar varios cientos de shekels al mes y alimentar a toda una familia durante días, incluso semanas.

"El verdadero problema es que cuando vienes de vacaciones, no te das cuenta de la carestía de la vida. Ni siquiera haces la conversión en euros", explica Hannah [nombre ficticio]. Ella y su esposo hicieron su Aliyah [inmigración a Israel] cuando su hija tenía dos años. Solían venir de visita varias veces al año sin tener que controlar sus gastos. Pero la realidad de la expatriación les golpeó de lleno.

"Vinimos con nuestros ahorros y rápidamente nos desilusionamos. Terminamos en un apartamento con goteras y hongos en el techo, pagando un alquiler tres veces más caro que en París", recuerda, un año después de regresar a Francia. Tuvo que empezar a "controlar todos los gastos".

Para la "comida inasequible", encontró una solución: salir de Tel Aviv e ir en coche a comprar en Rami Levy, una cadena de grandes superficies de venta al por mayor y de descuento. "Comíamos como estudiantes, a pesar de que tenemos trabajos decentes", explica. "Nuestro sueño se estaba convirtiendo en una pesadilla, además de sentirnos diferentes al resto de los franceses".

El sueño era construir a largo plazo, integrarse, hablar el idioma, invertir para su hija. "Muchos franceses vienen porque creen que es lo correcto para un judío. Pero viven como en París, gastando mucho dinero. No son israelíes en absoluto y perdonan todo a Israel, incluido el costo de la vida. Porque ser el pueblo elegido tiene un precio", dice Hannah, para quien la fe en el sionismo no fue suficiente para decidirse a arruinarse de por vida. El golpe de gracia se produjo cuando la hija de Hannah tuvo que recibir sesiones de fisioterapia, dos veces por semana, que costaban 250 shekels por sesión. Entonces se dio cuenta de que el kuppat olim israelí, es un remedo de seguridad social que solo le reembolsa una sesión al mes. Cansada de batallar, la familia regresó a Francia después algo menos de dos años en la "Tierra Prometida".

No sólo los franceses abandonan el Estado hebreo. "Alrededor del 10% de los israelíes viven en el extranjero. Económicamente, es una cifra bastante alta y un poco preocupante", confirma Jacques Bendelac. Resulta obvio que la razón principal de esta migración israelí es la búsqueda de un trabajo mejor pagado, con una remuneración que le permita pagar una vivienda adecuada.

A pesar de todo, Jacques Bendelac es optimista. Desde la "revuelta de las tiendas" en 2011, cuando los israelíes acamparon en las calles para exigir viviendas más asequibles, el Gobierno ha "tomado consciencia de verdad", dice. El mascarón de proa de esa movilización, Dafni Leef, de 25 años de edad, logró reunir a 300.000 habitantes de Tel Aviv, que acamparon en las calles para reclamar una reducción del precio de la vivienda.

El Gobierno de Netanyahu reaccionó de inmediato. El 26 de julio de 2011, el primer ministro anunció medidas para la construcción de 50.000 nuevas viviendas, la mitad de las cuales se alquilarían al 30% del precio actual. Además, nombró una comisión de expertos que publicó el Informe Trajtenberg, que lleva el nombre del profesor de economía que la preside.

El informe define tres ejes principales de actuación: la ayuda inmediata a las familias con menores, cambios en la política fiscal y en concreto en el impuesto sobre la renta, una bajada de los precios inmobiliarios y la construcción de viviendas de alquiler barato. Siete años después, los resultados son mixtos.

De las 63 recomendaciones que contenía el informe, 27 se aplicaron, 25 se aplicaron parcialmente y 11 nunca se llegaron a aplicar.

Tanto los partidos políticos israelíes de derechas como de izquierdas tienen que abordar la cuestión económica. Después de 2011, Yaïr Lapid, fundador del partido político centrista y laico Yesh Atid (Hay un futuro), con 11 escaños en la Knesset, surfeó la ola. La lucha contra la pobreza, la reducción del coste de la vida y la vivienda es uno de los siete puntos más valorados de su programa. En su campaña intenta acercarse a las clases medias. "La clase media se ha convertido en la gallina de los huevos de oro del primer ministro Benjamin Netanyahu", afirmó en enero de 2013, en una reunión política sobre la cuestión económica.

"La economía israelí posee unas bases adecuadas para seguir creciendo en los próximos años. Pero si la política económica y social no cambia, el país dejará atrás a más israelíes que no han tenido los medios ni la oportunidad de encontrar su lugar en esta sociedad”. En Israel, todo el mundo parece estar esperando un gesto histórico del primer ministro Benjamin Netanyahu. Pero éste se hace esperar.

This story has been translated from French.