Tala ilegal: zarpazos a una de las mayores superficies boscosas del mundo

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El Gran Chaco Americano es un enorme ecosistema de Suramérica que se extiende entre Argentina, Paraguay, Bolivia y una pequeña porción de Brasil.

Después de la Cuenca Amazónica es la región boscosa más extensa del continente, y cuenta con grandes reservas de agua, energéticas y de tierras cultivables, y con una gran diversidad de pueblos indígenas, entre ellos, los ayoreo totobiegosode, el único grupo de nativos que permanece en aislamiento voluntario en América, fuera de la Amazonía.

El presente y futuro del Chaco se debate entre el avance de la explotación extractiva para producir ganado extensivo y madera, o la conservación de sus recursos naturales y la forma de vida ancestral de sus pueblos.

La organización medioambiental WWF considera al Gran Chaco un ecosistema de importancia mundial para la mitigación de los efectos del cambio climático. La actual tasa de deforestación sitúa a Paraguay como el sexto país del mundo con mayor reducción de bosques, con la pérdida de unas 325.000 hectáreas anuales, según la Agencia de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

 

El bosque de los totobiegosode desaparece ante sus ojos

Porai Picanerai se sujeta el sombrero con las dos manos mientras exclama palabras en ayoreo, su idioma natal. Acaba de bajar de la camioneta junto a otros compañeros con los que patrulla sus tierras, rifle en mano, para intentar evitar que empleados de estancias ganaderas cercanas entren a talar sin permiso.

Casi nunca llegan a tiempo.

Picanerai es el cacique de la comunidad ayoreo de Chaidí, situada a unos 500 kilómetros de la capital de Paraguay, Asunción. Es el asentamiento donde se refugian sus familiares, los que, como le pasó a él en 1987, se han visto obligados a abandonar su aislamiento por la destrucción del entorno.

Una gigantesca zanja de unos 20 metros de ancho por seis kilómetros de largo había sido abierta esa semana. Palos santos, lapachos, palos borrachos y algarrobos, todos árboles considerados maderas preciosas, fueron arrasados de la reserva titulada a nombre del pueblo originario ayoreo totobiegosode.

Máquinas topadoras, que según los indígenas son de grandes latifundistas vecinos que explotan la tierra para el ganado, habían arrancado de raíz buena parte de la vegetación de la zona.

Un reguero de huellas de grandes mamíferos como el yaguareté, el tapir o el tatú bola mostraban el camino por el que huyeron la mayoría de los animales ante el ruido de los tractores y las motosierras.

Si se observa un mapa de la zona a vista de satélite, los territorios ancestrales ayoreo –ubicados entre los 3,4 millones de hectáreas del parque nacional Kaa Iya de Bolivia y el millón de hectáreas del Parque Nacional Defensores del Chaco de Paraguay– son los únicos remanentes vírgenes que se observan a primera vista. Para entender la importancia que el Estado paraguayo da a esos reductos naturales quizá baste con saber que el parque Defensores del Chaco solo tiene un guardabosque.

Los consensos básicos de las Naciones Unidas disponen que los ayoreo totobiegosode, y cualquier pueblo originario en situación de aislamiento voluntario, deben poder conservar sus territorios ancestrales y su vida tradicional si ese es su deseo. Pero las amenazas a su forma de vida han avanzado mucho más que la prevalencia de sus derechos en estas últimas dos décadas y “ningún Gobierno ha tomado acciones definitivas para salvaguardar el territorio, la cultura y el medio ambiente”, según denuncia a Equal Times Tagüide Picanerai, hijo del cacique de Chaidí.

“Es tan fuerte la discriminación hacia los indígenas en Paraguay que a pocos les importa lo que les suceda a los ayoreo”, explica el joven Picanerai, único totobiegosode que estudia en la universidad en la capital paraguaya. Tagüide es estudiante de Educación en la Universidad Nacional (UNA) y vive en Asunción, pero proviene de Chaidí, donde reside el centenar de personas que han abandonado el bosque más recientemente.

En la comunidad viven en casetas de madera por familias y tratan de llevar una vida lo más parecida a la que tenían en el bosque, pero con desarrollo de servicios comunales como una escuela, ganadería y agricultura a pequeña escala.

 

¿Quiénes son los ayoreo totobiegosode?

Los totobiegosode conocieron nuestra sociedad a partir de 1979, cuando la "Misión Nuevas Tribus", un grupo evangélico estadounidense, entró en su territorio para "evangelizarlos" y trasladarlos como mano de obra semiesclava a estancias ganaderas, lamenta Picanerai, que habla ayoreo, español y guaraní, idioma indígena que es oficial en Paraguay.

Uno de los muchos ayoreo que fueron obligados a salir del bosque fue el propio Porai Picanerai, quien dijo que los misioneros le forzaron a dejar su hábitat y forma de vida en 1986 junto a otros familiares.

Porai relata cómo Nuevas Tribus les obligó a vivir en una reducción llamada Campo Loro, donde muchos morían por la falta de anticuerpos para las enfermedades de la sociedad envolvente y donde debían dedicarse a trabajos semiforzados.

En aquel entonces, los misioneros provocaron un enfrentamiento que tuvo como resultado la muerte de al menos cuatro indígenas y la salida del bosque de otros 40, según las ONG locales Iniciativa Amotocodie y Gente, Ambiente y Territorio (GAT).

Desde entonces, cada vez más totobiegosode han ido saliendo del bosque, bien en enfrentamientos violentos o bien cuando ya no tenían más lugar a donde ir. Ese fue el caso de Ingoi Etacori de 40 años y de Carateba Picanere, de 70, que salieron de la selva en 2004 al quedar solos al borde de una carretera abierta por dueños de estancias cercanas.

Etacori aún tiene las marcas en la cabeza del pelo trenzado que acostumbraba a llevar, como manda la cultura de su pueblo. Su padre y sus tres hermanos siguen en el bosque, relató a Equal Times mientras sostenía varios pequeños loros verdes en la mano, apostado en el marco de la puerta de su caseta de madera.

“Tenemos títulos, pero nos alambran el territorio, colocan sus vallados en medio de nuestras tierras donde viven nuestros hermanos aislados que huyen al ver y oír la actividad de las máquinas”, asegura Ñacoe Etacoro, madre de Tagüide.

 

Los nuevos dueños del Chaco paraguayo

Al menos tres empresas terratenientes poseen los títulos de propiedad de buena parte de los casi 2,8 millones de hectáreas que, según los antropólogos, alguna vez integraron el territorio de los distintos grupos ayoreo, que vivían entre el sur de Bolivia y la región chaqueña de Paraguay. Son las compañías Yaguareté Porá, de Brasil; Carlos Casado, participada mayoritariamente por el Grupo inmobiliario San José, de capital español; y la paraguaya Itapotí.

El Grupo San José es dueño de los títulos de propiedad de 254.000 hectáreas del Chaco paraguayo y presume de ello en su página web: “San José cuenta entre sus activos más importantes con 254.000 hectáreas” en Paraguay, país que considera con un “marco social e institucional estable, con un gran potencial de desarrollo económico y situado estratégicamente, puesto que limita con Brasil, Argentina y Bolivia”.

Mientras las organizaciones locales como GAT, Tierraviva, Inicaitiva Amotocoide y organismos e instituciones internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, Amnistía Internacional y Survival ponen el grito en el cielo por el indiscriminado otorgamiento de las licencias ambientales por parte de las autoridades paraguayas, la empresa Carlos Casado S.A. asegura que no comete ningún delito, que su compañía “siempre se ha desempeñado dentro del marco de los requerimientos legales”.

Solo en el mes de marzo del 2016 se detectaron cambios en la cubierta natural en el Gran Chaco Americano en una superficie de 36.513 hectáreas. El mes anterior habían desaparecido 21.105 hectáreas de bosque, según el último informe de Guyra Paraguay, una organización sin ánimo de lucro que vigila el cambio de uso de los suelos chaqueños.

Según sus cálculos, entre la tala furtiva y la legal, unas 1.259 hectáreas de árboles desaparecen cada día. A modo de comparación, las 36.513 hectáreas equivaldrían a un área de más de 3,2 veces la ciudad de Asunción y a más de 1,8 veces la ciudad de Buenos Aires.

Paraguay registró el mayor porcentaje de deforestación con un 49% de las áreas de desmonte ese mes, seguido por Argentina con un 28% y Bolivia, con un 23%. En el caso específico de Paraguay, el promedio de deforestación aproximado es de 574 ha/día; el de Argentina de 333 ha/día y el de Bolivia de 271 ha/día. Solo el pasado mes de marzo Guyra detectó cerca de 6.400 focos de calor (o incendios) en la zona de Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay.