Envejecer entre amigos para envejecer mejor: cooperativas de mayores

Envejecer entre amigos para envejecer mejor: cooperativas de mayores

Manuel Beltrán and Baudi Lozano met on joining the cooperative and went on to form a couple.

(María José Carmona)

María Luisa y Pepita se intercambian fotografías antiguas. Entre risas y empujones cariñosos, intentan recordar el momento exacto. “Aquí estábamos preparando la comida para un guateque. Tendríamos unos quince años”, apunta Pepita. La foto en blanco y negro les devuelve como un espejo su propia imagen, aunque sesenta años atrás, cuando siendo aún adolescentes compartían fiestas y paseos con los novios respectivos en el madrileño barrio de Moratalaz. “Mira qué jovencitas y qué guapas éramos”, suspira María Luisa. Ahora estas dos amigas tienen 77 años y, después de toda una vida, vuelven a vivir juntas, puerta con puerta, como quizá algún día soñaron las niñas de la foto.

En realidad, ambas comparten la vejez con otros 83 mayores. Viven en un complejo residencial en la localidad de Torremocha del Jarama (Madrid) donde, además de sus apartamentos individuales, tienen amplias salas comunes, jardines, huerto, biblioteca, gimnasio y diferentes aulas en las que se imparten desde clases de pintura a lecciones de chi kung.

No es un geriátrico ni un centro de día al uso. Es otra cosa, un experimento. El sueño de un grupo de personas que un día decidieron que no iban a acabar recluidos en una residencia ni tampoco ser una carga para sus hijos. Ante la falta de alternativas, inventaron la suya propia: envejecer entre amigos. Esta utopía se llama Trabensol (Trabajadores en Solidaridad), una cooperativa de vivienda de mayores diseñada por y para ellos.

“Cuando nuestros padres se hicieron mayores, muchos los llevamos a residencias y nos dimos cuenta de que no estaban tan bien como nos gustaría”, explica Jaime Moreno, marido de María Luisa. “Con el tiempo, empezamos a pensar que nosotros no queríamos acabar así”. Por eso tomaron la iniciativa, decidieron cómo envejecer antes de que otra persona lo hiciese por ellos.

La idea se gestó poco antes del año 2000. “Al principio hablamos de coger un edificio y acondicionarlo, pero después decidimos construirlo desde cero. Vendimos nuestras casas, reunimos todos nuestros ahorros y empezamos a buscar un terreno”, cuenta Jaime. Los inicios fueron lentos y tediosos. “Visitamos más de cien pueblos. En todos nos recibieron con buenas palabras pero no nos daban ninguna facilidad. Era plena época del ‘boom’ inmobiliario y los precios estaban por las nubes”, reconoce Antonio Zugasti, uno de los fundadores.

Tardaron más de trece años hasta ver su nueva casa en pie. Eso sí, la diseñaron todos juntos desde los mismos cimientos. Hoy es un moderno edificio bioclimático de 16.000 metros cuadrados construido a los pies de la sierra Norte madrileña. La propiedad del complejo pertenece a la cooperativa y cada socio disfruta de su apartamento –en total hay 54 viviendas de 50 metros cuadrados cada una– en régimen de cesión de uso.

 
El ejemplo de Dinamarca

Aunque ha tardado en implantarse en España, en realidad este modelo lleva funcionando en países del norte de Europa desde los años 70. Allí se le conoce como senior cohousing, lo que podría traducirse como coviviendas o viviendas colaborativas para personas mayores. La experiencia nació en Dinamarca, si bien pronto se extendió también a Holanda y Alemania.

“Allí establecieron una regla sencilla: una sociedad que aparta a los mayores de la vida activa y de las decisiones comunes es una sociedad enferma”.

“Los daneses ya no saben lo que es una residencia tradicional”, cuenta Miguel Ángel Mira, presidente de la asociación Jubilares. Este colectivo de arquitectos investiga desde hace años alternativas residenciales para la tercera edad y asesora a grupos de mayores que quieran crear su propia cooperativa. “Lo más importante es que haya una comunidad de personas consolidada y con intereses comunes. Después se buscan los terrenos. En países como Dinamarca es más fácil porque tienen menos especulación que España, los suelos allí no son tan caros”, lamenta Miguel Ángel.

Aun así, según la web ecohousing.es, actualmente existen ocho iniciativas de este tipo en Cataluña, Madrid, Castilla y León y Andalucía. Además hay casi una veintena en desarrollo y otros treinta grupos más interesados. Algunos tienen un perfil específico, dirigido por ejemplo solo a mujeres o a comunidades de mayores LGTB. Otros apuestan por integrar a personas de la tercera edad con familias jóvenes en modelos de cohousing multigeneracionales. La fórmula siempre es la misma: vida en comunidad, participación y respeto a la autonomía de cada uno. Como lo define Charles Durret, arquitecto estadounidense y uno de los principales teóricos del cohousing: “es una vuelta a la aldea”.

El envejecimiento de la población es uno de los mayores desafíos de Europa. Sólo en España se duplicará la población de personas de 65 años o más de aquí a 2060, pasando de los actuales 8,5 millones a más a 16 millones. Para entonces se necesitarán alternativas, sobre todo porque las residencias tradicionales no son precisamente la opción más deseada. Según una encuesta del Instituto de Mayores y Servicios Sociales (IMSERSO), el 87% de las personas mayores en España rechaza vivir en un centro geriátrico.

Ahora hace falta que la administración se implique. “Lo que deben hacer es luchar contra la especulación para que se pueda comprar terreno de manera más fácil y barata. Los ayuntamientos tienen que mojarse, hacen falta suelos públicos y más facilidades para este tipo de iniciativas”, insiste el presidente de Jubilares.

 
Conquistar la utopía a los 70

La principal diferencia entre Trabensol y una residencia de ancianos de las de siempre salta a la vista. En sus pasillos no hay enfermeros ni cuidadores, nadie les dice a qué hora deben levantarse o comer, ni en qué invertir su tiempo libre. Son ellos los que toman todas las decisiones en común, se autogestionan y se cuidan unos a otros. Solamente tienen externalizados los servicios de catering, lavandería y limpieza. Así lo eligieron en asamblea.

Hoy, la edad media ronda los 74 años y disfrutan de una vejez activa. “Tenemos talleres de todo: de artesanía, danzas del mundo, ikebana, chi kung…”, cuenta María Luisa Llorena. Las clases las imparten ellos mismos, cada uno aporta a los demás lo que sabe. Por ejemplo, una compañera amante de la egiptología les da conferencias sobre pirámides y faraones, otra aficionada a la medicina tradicional china ofrece sesiones de acupuntura. María Luisa se encarga de coordinar las clases de teatro leído. “Aquí tenemos de todo. Hay profesores de universidad, artesanos, gente de la sanidad. Todos estamos jubilados pero tenemos mucho que aportar”, apunta Jaime Moreno. Él, que fue durante años periodista de Televisión Española, hoy se ocupa de dirigir el video fórum de los domingos.

Al margen de esto, todos forman parte de distintas comisiones de trabajo para hacer más fácil el funcionamiento de la comunidad. Hay una comisión de patrimonio, de comunicación, socio sanitaria y una nueva, la de sostenibilidad, que acaban de crear pensando en el futuro. “Sabemos que nuestra capacidad va a ir mermando, por eso queremos estar preparados para cuando empiece a haber casos de dependencia. La idea es ayudarnos entre todos. Nuestros principios son la solidaridad y la ayuda mutua”, explica Jaime.

Coincide con él, Antonio Zugasti: “los problemas se resuelven mejor cooperando que compitiendo”. Este exmecánico de aviones es de los más mayores, tiene 84 años y no entiende la vejez de otra manera. “Hace poco falleció una hermana mía, pasó sus últimos años en residencias geriátricas normales. A mí me parecía que aquello era un mataviejos. Había tanta pasividad. Cuando les hacen actividades son juegos tontos, como si fuesen niños. La soledad te mata, pero la pasividad también”.

 
Un remedio contra la soledad

El 22% de las personas mayores viven solas. Este hecho afecta sobre todo a las mujeres, cuya cifra triplica a la de los hombres. Siete de cada diez son viudos. Era el caso de Manuel Beltrán. “Cuando falleció mi mujer, me di cuenta de que tenía que dar pasos adelante. Si no, te acabas encarcelando en vida. He visto a otros miembros de mi familia cómo se han dejado ir y es muy triste. Por eso pensé que este proyecto era perfecto para mí”.

Cuando Manuel llegó a Trabensol conoció a Baudi Lozano, una asturiana que con 67 años decidió dejar su vida en Gijón para darse una nueva oportunidad. Hoy comparten casa y una nueva relación. Sí, aquí esas cosas también pasan. “Yo llevaba 20 años sola, estaba acostumbrada a vivir a mi aire, pero ahora estoy encantada de la vida. Esto es como una gran familia”.

Aunque aún no existen estudios que demuestren las consecuencias en la salud de este tipo de proyectos, desde la asociación Jubilares insisten en que estos nuevos modelos de convivencia mejoran la calidad de vida, hace a los mayores más resilientes y reduce su dependencia.

En Trabensol tienen sus propios cálculos. “Estamos haciendo una comparativa estadística entre los índices de mortalidad en España y lo que ocurre aquí dentro. Teniendo en cuenta nuestra edad, por probabilidad, en 2016 tendrían que haber muerto dos personas y media. Pero vamos aguantando”, bromea Jaime. Desde luego, nada les garantiza a estos 85 pioneros la vida eterna pero como explica Antonio, el más veterano: “el paso del tiempo da mucho menos miedo sabiendo que no vas a estar solo”.