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Resistir al neoliberalismo: una lección de Uruguay

by Nicolò Giangrande

El balotaje de las elecciones presidenciales del 29 de noviembre de 2009 en Uruguay constituyó un hecho histórico e inimaginable hasta entonces: José “Pepe” Mujica, un ex guerrillero de izquierda radical candidato del Frente Amplio, llegó al poder de forma democrática obteniendo el 52,39 por ciento de los votos, dejando a Alberto Lacalle, candidato del Partido Nacional, en segundo lugar, con el 43,51 por ciento.

Frente a una multitud reunida en la rambla de Montevideo para festejar la victoria electoral, el recién elegido presidente de la República Oriental del Uruguay pronunció palabras de reconciliación a los demás uruguayos ausentes en esa celebración: “Compañeros, recordemos, en una noche de alegría, que hay compatriotas que tienen tristeza y que son hermanos de nuestra sangre, por eso ni vencidos ni vencedores. Apenas elegimos un gobierno que no es dueño de la verdad, que nos precisa a todos.”

El “viejo luchador” Mujica, tal como alguna vez se autodefinió, podría haber tenido deseos de revancha al alcanzar el poder, tras años de encarcelamiento en condiciones infrahumanas y el fracaso de su lucha revolucionaria. Sin embargo, el día que fue electo dio un discurso de alto compromiso político que, sin despojarlo de su tono radical y mediante el uso de un lenguaje sencillo y directo, trató de tender puentes con los otros partidos y militantes que no estaban presentes para celebrar el triunfo electoral.

El profesor Daniel Buquet, del Instituto de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República de Uruguay (UdelaR), entrevistado por Equal Times, nos describió el clima de conflictividad de los años ‘60, cuando Mujica y otros revolucionarios – entre ellos Raúl Sendic – inspirándose en la Revolución Cubana fundaron el Movimiento de Liberación Nacional (MLN), también conocido como Tupamaros.

“Los Tupamaros se originaron a principios de la década de 1960 y realizaron sus acciones más importantes a fines de esa misma década y principios de la siguiente”, dijo Buquet. “En esos años el país venía de un largo período de estancamiento económico que comenzó a mediados de la década de 1950. Las organizaciones sociales se fueron fortaleciendo y unificando, generando una creciente actividad de protesta y movilización”.

La lucha armada y la militancia en los Tupamaros llevaron a Mujica a permanecer en la cárcel durante catorce años como uno de los “nueve rehenes” – aquellos prisioneros que la dictadura militar uruguaya (1973-1985) amenazaba con ejecutar si los guerrilleros libres cometían cualquier tipo de acción en el país.

Cuando en 1985 volvió el sistema democrático a Uruguay, los Tupamaros decidieron abandonar las armas y entrar de forma legal en la arena política, integrándose, unos años más tarde, al Frente Amplio.

Gabriel Bucheli, docente e investigador en Historia del Uruguay en la UdelaR, entrevistado por Equal Times, nos explica que “evidentemente la derrota político-militar de 1972 y el largo período de cárcel y de exilio de la mayor parte de sus militantes sumieron al MLN en una autocrítica profunda”.

Según Bucheli esta autocrítica “nunca fue presentada de manera clara a la opinión pública, pero se evidencia en sus acciones” y, tras “superar algunas rencillas del pasado, el Frente Amplio acepta el ingreso del MLN en 1989.”

 

Los números

El avance y buen estado general de la economía uruguaya están avalados por todos los índices económicos de varios organismos internacionales y regionales: del Fondo Monetario Internacional (FMI) al Banco Mundial, de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) a la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

De hecho, a pesar de los efectos negativos de la crisis internacional y la incertidumbre global, el crecimiento del PBI uruguayo en 2012 fue del 3,9 por ciento, según las perspectivas regionales elaboradas en octubre 2013 por el FMI que prevé también una desaceleración: el 3,5% en 2013 y el 3,3% en 2014.

Asimismo, de acuerdo con datos del Banco Mundial, el PBI per cápita medido en dólares estadounidenses ha trepado desde los 8.996 dólares de 2009 hasta los 14.703 en 2012. Con estas informaciones no sorprende que el Banco Mundial haya clasificado a Uruguay como país de alto ingreso por primera vez en su historia en julio de 2013.

Uruguay es uno de los países latinoamericanos que a la fecha han superado las tasas de empleo anteriores a la crisis, y en donde se ha manifestado un aumento sustancial del salario mínimo real, como subraya el Informe sobre el Trabajo en el Mundo 2013 de la OIT.

Por su parte, el Panorama Social de América Latina 2013 de la CEPAL indica que Uruguay registró en 2012 un índice de personas en situación de pobreza del 5,9 por ciento, con el indicador de indigencia en 1,1 por ciento. Son unos de los promedios más bajos de la región latinoamericana.

Las estadísticas ayudan a entender un determinado contexto económico como si fuera una fotografía, que representa una situación estática. Naturalmente, de esta forma no se logra explicar cómo se ha dado la dinámica de cambio y la naturaleza de las variaciones que permitieron alcanzar dicho panorama.

Los actores públicos encargados de llevar adelante la transformación en Uruguay pusieron en práctica un modelo alternativo de desarrollo, basado en un enfoque incluyente en la implementación de las políticas públicas.

De hecho, el gobierno de Mujica puso un fuerte énfasis desde el comienzo en las políticas sociales como herramientas para hacer frente a la pobreza y a la desigualdad, habilitando programas públicos universales y focalizados en educación, salud, vivienda y trabajo.

Hubo un cambio fundamental también en el patrón del sistema tributario, con la implementación de un esquema más progresivo que el anterior, en donde se intenta que el peso no recaiga solamente en los trabajadores y los jubilados, sino en un reparto más equitativo de las responsabilidades fiscales. Asimismo se prestó particular atención a las políticas salariales, especialmente a través del aumento del salario mínimo.

Daniel Olesker, ministro de Desarrollo Social del gobierno de Mujica, entrevistado por Equal Times afirma que ese cambio se basó en “dejar de lado la concepción de Estado ‘neutro’ y desertor para poner en marcha un Estado activo, que incide en la política, en la economía y en la sociedad”.

“Han sido claves” – sigue Olesker – “la política salarial y las políticas de estimulo a la creación y formalización del empleo” conjuntamente a “una decisión presupuestal de incremento del gasto público social y un cambio en la estructura tributaria con incorporación de impuestos progresivos”.

Lo que define la reforma social del Frente Amplio es “la separación entre la contribución al financiamiento de la política social y el acceso a los bienes y servicios aportados por ésta”.

Para el ministro Olesker la política social “no tiene precio sino valor y, por ende, se accede a los bienes y servicios proporcionados según las necesidades, con independencia de cuánto se aporta al financiamiento, lo que depende del ingreso de los hogares”.

El ministro Olesker, que para definir la presidencia de Mujica pronuncia la palabra “igualdad”, nos explica que las reformas hechas y todas las propuestas que priorizan a los sectores más vulnerables “no salieron de la nada; llegaron como resultado de una acumulación social y organizacional relevante y en ese sentido Uruguay es un ejemplo, por el rol cumplido por el movimiento sindical y estudiantil en la construcción del partido político que llegó al gobierno”.

 

La lección uruguaya

Desde un pequeño país del Cono Sur de América Latina – aplastado por dos gigantes como Brasil y Argentina – nos llega la refutación del mantra económico clásico que reza que “primero viene el crecimiento y después la distribución” logrando, al mismo tiempo, crecimiento y redistribución de recursos.

El laboratorio uruguayo inaugurado por el Frente Amplio es la demostración empírica de que se puede seguir otro camino más justo y democrático, resistiendo la doctrina neoliberal suministrada por las instituciones financieras internacionales basada exclusivamente en el crecimiento a cualquier precio. Es una prueba más de que el tan elogiado “mercado” no es el medio mejor para generar igualdad e inclusión social.

El Uruguay de hoy en día conjuga simultáneamente crecimiento y distribución, progreso en el mercado interno y en las exportaciones, aumento del salario y del nivel de empleo con una inflación que - aunque esté por encima del rango meta establecido por el Banco Central de Uruguay - está bajo control, y, al mismo tiempo, capacidad para crear nuevos espacios de libertad, tolerancia y derechos.

Finalmente, el presidente de Uruguay es la prueba viviente de que se puede llegar al poder con ideas críticas hacia el modelo económico predominante a través del voto popular y democrático, poniendo en marcha un desarrollo sustentable e inclusivo.

Una lección política, económica y social que habría que aprender.

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